«21 días», un cuento de Jorge Fernández Canales

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Al contar una historia, todo se sincroniza para que los eventos transcurran de manera perfecta y las acciones funcionen como un engranaje capaz de sortear cualquier contratiempo que el mundo real, de modo soberbio, dispone. Este relato, sin embargo, tiene una alta dosis de reveses y doblegarlos será una empresa cuesta arriba donde yo soy Sísifo y la gran roca que empujo se dibuja como la angustia que siento.

No fue el día en que me iba cuando me pude despedir. Luego de un par de semanas hospitalizada en la capital la devolvieron a su Santa Cruz amado. Yo seguí sus pasos pues no quería dejar de verla mientras aún tuviese oportunidad. Estaba despierta y sus ojos me miraban fijamente. Recuerdo que sostuve con delicadeza sus manos entre las mías y que ella me las apretó con fuerza. Fue su respuesta voluntaria. Prometimos no derramar lágrimas en su presencia, pero ese brillo físico que se percibe en los ojos antes de llorar me dejó en evidencia. Sabía claramente la razón antes de siquiera abrir la boca para comenzar mi discurso banal.

Había enfermado un par de semanas antes. Pronóstico no tan reservado decían indistintamente los médicos. Tiene casi noventa años y una operación a estas alturas de su vida sería tan riesgosa como inservible. El ánimo se hacía añicos cuando no solo se habló de los accidentes cardiovasculares que se repitieron, sino también del tumor que se alojaba en su riñón y que, más temprano que tarde, se nos informó que era maligno. Nunca he sabido por qué se les atribuyen esos adjetivos dicotómicos a los tumores: benignos y malignos. Para mí, todos son malos y por eso se deben extirpar. Lo cierto es que hay unos mucho peores que los otros, pero no debiese existir categoría positiva para algo que se aloja en nuestro cuerpo sin permiso ni consentimiento. A estas alturas del partido, para mi abuela, cualquiera de estas intromisiones era maligna así es que la cháchara de la bondad tumoral no existió como previa a la debacle de toda esperanza.

El viaje estaba planeado desde hace mucho tiempo y en él habían comprometidas otras personas más por lo que la simple idea de abortar misión era un cuchillo filoso que raspaba mi rostro salpicado de angustia. No sabría decir si estaba siendo inconsciente y desalmado. Nadie me lo dijo de frente por lo menos, aunque estoy seguro de que muchos lo pensaron. Incluso ustedes lo piensan ahora mismo.

Fue ese día en que me apretó las manos con fuerza cuando, entre susurros, le conté la historia que había escuchado hace un tiempo atrás sobre los 21 días. Creo que le dije que fue una filósofa por ahí por los setentas quien lo planteó por primera vez, aunque, para ser sincero, dudo mucho que algo con tan poca utilidad para la situación en la que me encontraba haya salido de mi boca. Tal vez sí. La verdad ya perdí esa partida. La cosa es que le expliqué que, si una persona realiza algo, lo que sea, por 21 días continuados, eso, lo que sea, se interioriza en el cuerpo y se transforma en algo habitual. Así fue como le pedí a mi abuela casi nonagenaria que se aferrará a su extinta vida para poder limpiar mi sucia alma de la culpa que me pesaba por dejar a mi familia sufriendo mientras yo estaba en el polo opuesto, literal y figurativamente.

No se hace necesario hablar del viaje ni de sus vaivenes porque la protagonista de la historia es mi abuela y no yo. Lo cierto es que la matriarca del clan paterno aguantó con hidalguía los días que duró mi ausencia. Egoísta e insensible fueron dos de los adjetivos más suaves que me dije durante ese tiempo y que me sigo repitiendo hasta el cansancio mientras miro unas piedras místicas en el macetero de mi terraza que traje para entregárselas y nunca lo hice. Debía sentirme bien. Es cierto. La teoría dio resultados benignos y mi abuela me esperaba pacientemente derrotada.

Alcancé a estar con ella una vez más, pues fue el universo el que se encargó de arrojar por la borda mis ideas superfluas y paliativas. De pronto, la vida se vistió de etiqueta y nos arrojó sin cintas ni papel de regalo una pandemia desenvuelta.

Y allá está mi abuela y acá estoy yo, a unos doscientos kilómetros de distancia tras meses sin verla. Ya no le pido que se aferre a la vida, ya no me da miedo no volverla a ver. Las condiciones se invirtieron y la acción de cada monótono día es protegerla desde la distancia diciéndole entre sueños que no tome en cuenta ninguna teoría barata y que puede descansar cuando ella lo estime conveniente.

 

Jorge Fernández Canales, profesor y escritor. Ha publicado los libros de cuentos Derramental (2015) y Arritmia Crónica (2019), ambos en la línea del Género Negro.

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