Alejandro Rozas: «También me advirtieron que tenía que tener cuero de chancho en esta escena literaria. Que era sin llorar»

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Desde chico a Alejandro le llamó la atención escritores como Edgar Allan Poe o al anti poeta Nicanor Parra. Comenzó en el mundo poético con la participación de “Mal de Ojo” y ha seguido incursionando a lo largo de su vida en el mundo de las letras. Te invitamos a leer la entrevista.

-Cuéntanos un poco sobre ti

-Soy un padre de familia, de un origen algo más que humilde, que ahora trabaja en Diseño y en paralelo tiene un oficio, algo parecido a una carrera literaria muy poco ambiciosa pero que jamás abandona porque le ha permitido explorar en el arte de una forma intuitiva y le ha traído muchas satisfacciones. Como conocer gente, ganarse un fondo, hacer talleres literarios para niños o sin ir más lejos, esta misma entrevista.

-¿Desde cuándo te ha interesado escribir?

-Cuando chico mi abuela me regaló Narraciones extraordinarias de Poe, una de esas ediciones que venían con el diario, y eso hizo que de inmediato me interesara en la figura del personaje mentalmente atormentado. Me interesó ese como delirio. A veces en vez de salir a jugar con los niños del pasaje prefería quedarme en la casa, para poder conocer el «espectro» de mi propia locura. Empecé a escribir un diario y algunos relatos sueltos que mis profes de lenguaje celebraban mucho en la escuela. Ya harto más grande vi la película Eclipse Total y aluciné con la figura de Rimbaud y luego cuando leí por primera vez poemas de Nicanor Parra me puse a escribir lo que entonces consideraba poemas y artefactos poéticos, a los que, por supuesto, hoy quisiera que nadie logre acceder.

-¿Cómo fue participar en Mal de ojo? ¿De qué se trataba?

-Antes de cumplir los treinta, autoedité un poemario y al tenerlo bajo el brazo sentía el llamado urgente a ir más allá, a mostrar lo que hacía. Mal de ojo fue mi primera incursión en ese mundillo de lo poético. Era un grupo de jóvenes diletantes respecto al arte, como buscando algo en común. Yo en esa fecha estaba muy perdido y participaba más como un outsider. Iba de vez en cuando.  Estoy seguro que algunos ni siquiera se acuerdan de mi presencia. Pero iba porque se hacían correcciones a los textos del otro y yo llevaba mis poemas y aprendí varias cosas de manera ultra informal. Había performance, alcohol, sertralinas en los días de semana y mucho ego artístico en el aire. Vinieron las primeras lecturas en público. Después seguí por mi cuenta y bueno, Mal de Ojo devino en varias cosas bacanes como la editorial Ajíaco. En ese grupo conocí a Emersson Pérez, con quién hablé re poco en esa etapa pero que, por esas cosas de la vida, al final terminaría siendo mi editor. Así que creo para mí igual fue importante.

-¿Cómo fue para ti haber publicado por primera vez?

-Recuerdo que hice unas copias de mi primera novela para que la leyeran los amigos y conocidos. Una de ellas llegó a manos del Emersson que en ese tiempo estaba armando Los Perros Románticos. A él y al Octavio les gustó, y me contactaron. Me ofrecieron publicar y celebraron aspectos de la obra que nadie había notado hasta el momento. Me dijeron que el concepto estaba dentro de lo que ellos buscaban publicar. Que mi trabajo era único, y era bueno. Eso fue una de las primeras alegrías que me dio este oficio de escribir. También me advirtieron que tenía que tener cuero de chancho en esta escena literaria. Que era sin llorar y me preparara. Pero han sido muchas más las sorpresas agradables. Ver la novela en librerías. Recuerdo que una vez que tomé el metro con la Sol, mi pareja, y nos encontramos con una niña leyendo El otoño de las ansias, con el sticker del bibliometro en el lomo. No sé si me sorprendí o me puse nervioso o las dos cosas. La Sol me dijo que la saludara y me presentara como el autor. Le dije tai loca, la tomé del brazo y nos sentamos lejos de ella, pero lo suficientemente cerca para tomarle una foto. Entonces muy disimuladamente apunté el celular y justo cuando voy a disparar ella, sin soltar el libro, comenzó hurguetearse la nariz con el dedo. Y la foto quedó así. Le dije a la Sol: esos son mis lectores. Gente que ama sacarse los loros.

-Cuéntanos un poco sobre las participaciones en antologías

-Los chicos de Santiago Ander me ofrecieron participar en Todo se derrumbó con un cuento que trata, paradójicamente, sobre un escritor que se queda fuera de una antología y se topa con unas chicas con poderes mentales, onda scanners, pero no lo nota producto de su frustración. Ver la antología impresa y aparecer ahí, por primera vez, fue hermoso. Hubo varios eventos. Para el lanzamiento en Horcón Letras en la Arena 2019 nos invitó Felipe Ibarra. Viajamos junto a Luis Hachim y Ricardo Elías me dio alojamiento a pesar de que no entendió nada de lo que expuse en esa charla. Aparecimos en la revista oficial del evento y durante los siguientes meses fui mencionado junto a escritoras como Caro Brown y Coni Ternicier. Todo eso para mí fue un aprendizaje, muy reconfortante. Este año el Emilio de Santiago Ander me volvió a invitar para la versión digital de Santiago en el ojo, con un cuento híper cuma y violento sobre un escritor tratando de escapar de una casa de narcos chilenos, que según dijo, les había gustado mucho. Para lanzar esa edición se hizo un live de instagram y ahí conocí a la Cote Encina que escribe increíble.

-¿Nos podrías contar sobre la novela El otoño de las ansias? ¿Cómo fue el proceso creativo del libro?

Esto empezó con varios relatos sueltos, sobre episodios que sucedieron en diferentes períodos de mi vida. Eran mis primeros intentos de narrativa, buscando un estilo particular siempre. Y justamente estaba sin trabajo, sin una buena comunicación con mi pareja y algo desesperado. Entonces mi gran amigo el pintor Boris Correa, que está radicado en España, me dijo que había un hilo muy atractivo en esos relatos. Los fui desarrollando y de a poco empezaron a tomar forma de concepto. A eso le agregué el ejercicio de crear un alter ego y dejarlo que tome vuelo y se distancie de la lánguida identidad de uno. Siento que el gran logro de ese libro fue darse cuenta que detrás de esa ansiedad que sentía, operaba una especie de entidad. Un demonio, como los de Bergman o Lynch, que no me dejaba actuar. Y todos estos relatos tenían en común la presencia de estos distintos demonios asociados a fragmentos random de mi infancia y juventud. Algunos tenían rostro o se manifestaban de distintas formas. Se logra así levantar un personaje que vuelve a estar bajo el asedio de estos fantasmas. Eso genera el ambiente general del relato. Hay elementos cargados de simbolismo, de mística, con rasgos casi sobrenaturales. La mayoría de las veces este enigma es visto desde la perspectiva de los personajes.

Lo divertido es que para la portada Boris me cedió un fragmento de una de sus pinturas donde aparecía un fantasma, un hombre moribundo y un ave. Y ese cruce de una historia urbana, íntima, periférica, como quieran llamarle, asociada casi a lo barroco, causó insólitas reacciones. Anita Barra de la librería Que leo Tobalaba me dijo una vez que le pareció un arte demasiado oscuro para una historia de amor y a la Paty Espinoza el concepto le pareció cursi. Pero como toda propuesta diferente, era un riesgo que había que correr.

-En Chile, ¿se lee?

-Hoy se lee caleta de posts, mensajes de texto, whatsaps. Pero siento que muchas veces se guarda esa distancia con la cultura y tiene que ver con la misma gente involucrada en generar esa cultura. Muchos lectores potenciales, chatos de ver que la televisión no evoluciona, de seguir viendo por años a los mismos rostros golpistas haciéndose los graciosos y a actores cuicos tratando de hablar como gente común y series repitiendo temáticas, reforzando estereotipos, podrían mudarse a la lectura, pero simplemente desconfían de ella. No del libro en sí, sino que se encuentran con grupos instalados en una superioridad moral o intelectual que es asquerosilla. Por culpa de gente como Cristián Warnken muchos asumen que los libros son una lata. No todos estudiaron literatura o filosofía o arte, pero se espera eso y se crean a veces estas tipologías. Cada autor, cada estilo va generando pequeñas tribus, y entre estos grupos finalmente se replican los mismos vicios que vemos en la sociedad. Incluso he visto que grupos asociados al feminismo dividen caleta el público entre mujeres y hombres cuando pienso que debiera ser todo lo contrario. Hay mucho que aprender y todo por dialogar. En general creo que la escena literaria es muy pequeña, pero podría ampliarse si usamos este arte literario como herramienta social más que como un sello de exclusividad.

-Si tuvieras la oportunidad de tomar algo con algún escritor, ¿con quién sería?

-He tenido la suerte de compartir con gente cuya obra admiro, como Rodrigo Torres, Mónica Drouilly o Nicolás Campos. Incluso conocí a Lemebel trabajando en la editorial Lom. De los muertos me encantaría conversar con María Luisa Bombal. Y por supuesto quisiera conocer a Bolaño. Si pudiera le daría un gran abrazo. Cuánto adoro a ese hombre. También me gustaría conocer a Juan Andrés Ferreira, el autor de Mil de fiebre. Si lo lees como que intuyes que lo que sea que hagas, va a terminar siendo divertido.

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