Aproximaciones a «Escatología», poemas para todos los tiempos

Por Micaela Paredes

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Antes de abrir Escatología, primer poemario publicado de Vladimir Boroa, expectativas equívocas puede suscitar el subtítulo Poemas para un holocausto nuclear, que, de buenas a primeras, me sugiere dos escenarios posibles: o nos transporta a un universo distópico, catastrófico, tras el fin del mundo globalizado y tecnócrata que constituye nuestro presente, o desde dicho presente se ofrece como proyección fatalista de lo que le depara a la humanidad en un sombrío futuro cercano. Ambas posibilidades no sitúan, aún, en un tiempo delimitado, aunque sea en sus postrimerías. Pero poco de eso, o tan sólo en apariencia, nos ofrecen los poemas. Y es que a pesar de que el mismo «autor» nos da coordenadas, claves de lectura en una nota aclaratoria final, en la que confiesa que «todas estas pequeñas cavilaciones están contextualizadas en un futuro gris como respuesta a un presente confuso y a un pasado caótico», la impresión que se va gestando y haciendo consistente con el paso de las páginas y secciones es que los asuntos sobre los que discurren los poemas, los ejes articuladores del universo poético de Boroa, no responden a eventualidades temporales —pasadas, presentes o futuras— ni a un contexto histórico específico, sino que se nutren de una dimensión arquetípica. No nos hablan de lo que podría ser, sino de lo que es y ha sido siempre, de los grandes temas que han preocupado y ocupado al ser humano dentro y fuera de la literatura: la implacabilidad del paso del tiempo, la angustia por la muerte, el amor y el desamor; la dolorosa consciencia de la finitud. En este sentido, la realidad cercana al desastre nuclear que anuncia el subtítulo y que tiene lugar sólo en la tercera y última sección del libro, es un pretexto, la demarcación de un escenario que sirve como punto de partida para versar reflexivamente sobre cuestionamientos existenciales presentes en todo tiempo —y, por tanto, intemporales.

Puse entre comillas al autor de la nota aclaratoria que cierra el conjunto porque no deja de ser una posibilidad que la voz que se dirige a los lectores al final del libro siga siendo parte de la realidad poética, una extensión del hablante, y no la persona de carne y hueso que escribió los poemas.  Además, de entrada, en la solapa nos encontramos con una nota biográfica bastante inusual, que en vez de atenerse a los datos básicos de un currículum vitae, en un tono muy literario dibuja los contornos de una personalidad, la de Vladimir Boroa, que no sé si denominar seudónimo o heterónimo (y prefiero no averiguarlo, para tener la posibilidad de plantear esta lectura). Afirmaciones rotundas como «nunca ha sido tomado en serio por el mundo literario» no dejan de sugerir cierta distancia irónica, al igual que el «exagerado aire de escritor» que se asume hacia el final.

La apuesta poética de Boroa se sitúa en las antípodas de lo que solemos encontrar en el panorama actual de la poesía chilena. La opción por el verso medido y la rima como herramientas formales, el cultivo del soneto y estructuras estróficas regulares, dan cuenta del trabajo consciente con la materia verbal, que se asume nutrida, mediada y dialogante con toda la tradición de la poesía escrita en español. El universo de Escatología también está poblado de diálogos con las tradiciones grecolatina y judeocristiana mediante la utilización de motivos y referentes mitológicos y bíblicos que han configurado el imaginario occidental (también hay referencias al hinduismo, pero en menor grado), así como a través del rescate y elaboración de tópicos literarios, que son asumidos sin velos en el título de varios poemas —«Tempus fugit», «¿Ubi sunt?», «Memento mori».

Y es que este libro y el proyecto poético que se aboca a construir —porque hay una evidente intención de constituirse como propuesta, y no como un simple puñado de poemas— lleva implícita la diferencia que existe entre lo novedoso y lo original. Esto último, que es por lo que Boroa apuesta, en vez de plantearse como algo nuevo —dentro del juego de oposiciones que necesita un término contrario: lo viejo— y sustancialmente distinto del pasado que lo antecede, se asume como una manifestación que bebiendo del origen lo recrea y reelabora, con el sello propio que le otorga la individualidad creadora.

La elección del concepto que da nombre al libro no deja de ser ambigua. Una explicación detallada —y no sé hasta qué punto imprescindible— del término y su etimología aparece en el aclaratorio final. Pero más allá de que entendamos el término en su sentido teológico o en el secular que nos propone Boroa, el supuesto Final que se anuncia es más aparente que definitivo, y de ello da cuenta uno de los epígrafes que abre el libro, «Ciudades sin labios, olvidadas, nos veremos de nuevo (1) bajo el grito de los ángeles» (de Javier Hernando y Krishna Goineau, integrantes de Xeerox), como también algunos pasajes que instalan la posibilidad de un acontecer, de un tiempo habitable después del Final: «Permaneceremos aquí, bailando, / cuando todas las cosas hayan muerto».

El universo poético de Escatología, aunque se anuncia como circunscrito a un horizonte específico, más que ser un conjunto de poemas para un posible holocausto nuclear, es un abanico de experiencias humanas atravesadas por un pathos trágico, por la conciencia de un fatum, que trasciende lo coyuntural y se constituye como propio de la existencia, aquí o allá, antes o después. Cada nacimiento —de un individuo, de un pueblo, de una civilización— lleva implícita su muerte desde el principio: «Se urdieron los sepulcros sobre aquel primer día / cuando en nuestras miradas brilló la luz primera». Lo que nos espera en el futuro como aldea global, parecen decirnos los poemas de Escatología, no es distinto de lo que ya ha acontecido innumerables veces: seremos una babilonia más dentro del ciclo de engendramiento, desarrollo, decadencia y muerte que retorna eternamente.

Micaela Paredes.

(1) El destacado es mío.

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