«Asfalto» y «La marea de Noirmoutier» de Luis Chaves

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Un espejo retrovisor y una carretera, una metáfora de una vida recorrida y la evocación de ese pasado, un pasado dibujado sobre un asfalto que lo contiene todo, de punta a punta y que el escritor costarricense Luis Chaves utiliza para construir una breve historia, que bien podría ser una novela o un gran poema.

Asfalto -publicada originalmente en 2006- es la primera de dos pequeñas novelas reunidas en este volumen. Una narración poética que traza la historia de una pareja sin nombre, él y ella o el piloto y el copiloto, cuyo viaje se extiende por la carretera desde la noche al día. Un viaje que parte en medio de un silencio que anticipa una separación, dos personas que comparten un espacio pero lentamente comienzan a prescindir uno de otro, «cada uno en su propia película», como señala la voz de un narrador que observa a la pareja como si fuera un pasajero más.

Sobre el asfalto van quedando los hitos de un viaje que parece no tener prisa, consciente de lo inevitable, una recolección de recuerdos que van reconstruyendo la vida pasada, una «fotografía de tiempos mejores», un tiempo perdido, un «juego de artificio que se desvanece».

Chaves construye su propuesta narrativa con un lenguaje de gran profundidad poética, describe lo puramente esencial a través de pequeños capítulos que bien podrían ser descripciones de postales o fotografías, polaroids que capturan brevemente el espacio en que se mueven los personajes, hoteles, bares, gasolineras, pensiones, el interior del auto,  un espacio de soledad y tristeza que se respira en la nostalgia de los recuerdos, que cruza distintos paisajes que van del calor al frío, como si el solo viaje fuera un resumen de toda una existencia, la que de extremo a extremo está dividida bajo una línea invisible que separa el pasado del presente y el presente del futuro.

Un diario escrito por ella brinda unas pocas luces acerca de sus pensamientos, divagaciones acerca del pasado, en cambio, él parece hacer el ejercicio de reconstrucción mientras va al volante o se pone en frente de la barra de un bar. Son dos mundos internos en permanente revisión, que al tocarse parecieran repelerse, no encajar. Ella es una mujer que él «ya no conoce», que «duerme para poder estar sola».

La compañía de Dani, un joven que recogen en la carretera viene a romper por un rato la incercia del silencio, aporta algo de esperanza, una tensión que podría provocar alguna reacción, pero no, la estadía es corta, no hay emociones, solo la contemplación de un destino trazado, como las líneas del asfalto. Pronto el viaje retoma su curso hacia lo inexorable.

No hay grandes conversaciones, quizá el humo del cigarro sea lo más recurrente que llegan a compartir, un par de agresiones verbales vienen a confirmar que existen pequeños e imperdonables resentimientos que afloran en medio de una banda sonora permanente, que mezcla distintos estilos musicales, e incluso los ruidos del ambiente que a ratos rompen la monotonía.

Y al final, como un pasado que tiende a repetirse, de la pareja que viaja por kilómetros hasta la playa, la que parece disolverse en el mar, no queda nada, sólo el recuerdo, desparece como los trenes en un país que avanza hacia el futuro, como el asfalto que se pierde en la lejanía.

Mientras tanto, en otro lado del mundo, emerge un nuevo relato, separado en el libro por unas páginas negras igual que al comienzo. Otra historia se descuelga de la noche, esta vez en un aeropuerto, donde un hombre que ha viajado desde París, se instala en Nantes, también en busca del pasado perdido, donde en algún punto ha quedado suspendida la relación con su hija, a la que no ha visto durante varios años, pero a la que escribe con cierta esperanza de poder restablecer la relación. Ese es el argumento que abre la narración de La marea de Noirmoutier.

El hombre, Oscar, que ha decidido venir a pasar un descanso laboral en aquel lugar, escribe una y otra vez sin respuesta a una hija, Inés,  que se mantiene en un silencio permanente. A diferencia del relato anterior, aquí todo es expuesto, cada sentimiento, sensación, emoción es expresada a través de las cartas y los recuerdos del padre. Los espacios son íntimos, y van desde la lectura al cuarto donde reside temporalmente.

Oscar recorre las calles de la ciudad pero también de su pasado, deambula de un lado a otro reconectándose con una historia que nace con sus antepasados en este rincón del mundo y cruza el mar hasta su lugar de origen, desde donde regresa una noche  para cerrar un ciclo y al que retornará finalmente, como la metáfora de la marea que va y viene una y otra vez, que tal como anota hacia el final del relato, en ese ir y venir va develando cosas ocultas, pequeños tesoros, verdades que afloran y que reconstruyen su pasado y configuran su futuro.

La prosa de Luis Chaves, limpia y precisa, conecta dos relatos que parecen tener poco en común —salvo la experiencia del desplazamiento, del migrante que recorre el mundo de un extremo al otro, ya sea cruzando el mar o el puente que une el continente con una isla, o un país que se recorre vértebra a vértebra— dos mitades que se unen elegantemente en esta edición de gran valor estético, un libro de breve extensión pero de gran profundidad, sin duda un tremendo acierto en el catálogo de Los Libros de la Mujer Rota.

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