Bukowski. La enfermedad de escribir y Compendium tomo 2.

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¿Se puede condenar a Bukowski? ¿Se puede dejar de leer a un autor por las temáticas con las que trabaja? ¿Podemos censurar una ficción? Sin lugar a dudas la literatura del escritor norteamericano es misógina. Negarlo es necedad, es caer en una discusión a todas luces absurda, sin embargo, desde este lugar nos negamos a creer que la literatura sea un pedestal moral, no es un lugar de corrección política para levantar cierta clase de discursos, más bien es una trinchera para crear sin ningún tipo de restricciones ni control. Hace poco leí en un artículo que en Estados Unidos apareció un grupo que pretende censurar discursos literarios. Lo que buscan es un introducir el conservadurismo en el arte, una especie de policía del lenguaje que busca clausurar cualquier forma que resulte inadecuada para sus delicados criterios. A todas luces, una tontera. La literatura se debe escribir sin miedo, huyendo de todos los discursos políticamente correctos que pretenden moralizar.

La editorial Anagrama está reeditando la obra del poeta maldito. En distintos tomos de la colección Compendium, se pone a disposición de los lectores del mundo hispanohablante gran parte de su narrativa. En el tomo número II, llamado Chinaski, hallamos Hollywood y La senda del perdedor, dos libros fundamentales para comprender el universo del autor norteamericano.

En Hollywood, Bukowski es invitado a ver el proceso de filmación de una película basada en uno de sus libros y de la cual escribió el guion. Lo que parecía un ejercicio de mera solemnidad, que incluía presentaciones de directores y actrices (el mundillo del arte que Chinaski siempre denostó), termina siendo una borrachera sin precedentes en la que se pierden todo tipo de protocolos y formas. La distorsión de las noches en vela y las altas dosis de whisky, traen diálogos memorables en torno al despertarse más allá del mediodía (como una receta para un mejor envejecimiento, recita el protagonista en diversas oportunidades); además de mostrar (y enrostrar) la obscenidad del dinero (hablamos de una novela pornográfica) en donde lo burdo de la exhibición material muestra siempre la frivolidad que atraviesa esos lugares.

La senda del perdedor, segunda novela del Compendium, es una de las grandes obras de Bukowski. Es un contexto diametralmente opuesto al de Hollywood, Chinasky no tiene fama ni dinero, tampoco reconocimiento literario ni social. Acá es un niño salvajemente golpeado por un padre alcohólico que solo piensa en sobrevivir. Es azotado por una infancia feroz en donde la violencia es cotidiana, mostrándonos las marcas que tiene en el cuerpo (moretones y cortes en cara y brazos) como un infierno que nunca deja de sucederse. Sin embargo, más allá de toda esta brutalidad (narrada sin pudor ni censuras, exponiéndose ante los lectores las vísceras de un maltrato infantil para el que no existían políticas estatales), lo que el autor narra es el fracaso del sueño americano.

Al fin y al cabo, eso es Bukowski y su literatura. La narración-documental de la realidad gringa que no se muestra, aquella que está lejana a los avisos publicitarios, que no conoce de luces, proscenios y artilugios.

En forma paralela a Compendium, Anagrama acaba de publicar las cartas de Bukowski. Las misivas, compiladas bajo el título La enfermedad de escribir, siguen perpetuando el mito del autor norteamericano, pero esta vez no desde su trinchera como prosista o poeta, más bien, por su condición de lector, pensador y ensayista. Las cartas están dirigidas a editores y escritores como John Martin y Henry Miller, y no poseen el foco jocoso de sus otras producciones, más bien entran en juego las formas en que se presenta el universo literario con todos sus códigos y condicionantes.

Las cartas comienzan en 1945 y terminan en 1993 (un año antes de su muerte), por lo mismo, abarcan los distintos períodos por los que transitó Bukowski. Si hay algo que une a todos ellos, es la opinión confrontacional que no teme a la Generación Beat ni a otras autoridades del estatus quo. Además, pese a las caricaturas que le fueron endilgadas (“Era un borracho que de vez en cuando escribía”), Bukowski fue un lector agudo. Toda su batería teórica le permitió proponer un discurso con respecto a la hegemonía literaria de su época, erigiéndose como un todo al que no le faltaba absolutamente nada.

 

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