Viernes, Febrero 23, 2024
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Chile en la Feria del Libro de Buenos Aires

lector chile filba 2016 ricardo elias

La Feria del libro de Buenos Aires es una de las más grandes de Latinoamérica y una de las más prestigiosas. Aparte de su amplia oferta literaria, que es muy amplia, lo que más llama la atención es la enorme cantidad de gente que la visita, porque se genera algo que pareciera cada vez más escaso: el público busca el qué leer por sobre lo que hay que leer. Es decir, sí, se vende mucho libro de ranking, como en todas partes, pero además se mueve muchísimo libro nuevo, mucho autor inédito y títulos menos conocidos.

En mi caso fui invitado por la COOP, la Cooperativa de editores independientes de Buenos Aires, a una charla sobre cuentos que tuve el honor de compartir con dos escritores argentinos: Alejandra Zina y Patricio Eleisegui (ella editada por Paisanita editores y él por Alto Pogo) y, como tenía entrada gratis, me la pasé yendo varios días.

Me acerqué al stand de Chile sin mucho entusiasmo al principio. Quedaba en el pabellón amarillo. Era amplio, iluminado y lo primero que se veía era una imagen enorme de Gonzalo Rojas en el frontis (este año se celebran 100 años del nacimiento del fallecido poeta). Los muchachos que atendían eran amenos y se preocupaban de que todo funcionara de la mejor forma. Había libros de casi todas las editoriales, dependientes, independientes, chicas, medianas, etc., y aunque las repisas exhibían buenos títulos, no había un solo libro del poeta celebrado, situación que comenzó a parecerme interesante. Así que tomé asiento en una de las sillas a hacer como que leía.

Otro que se echó en falta fue el libro Tordo de Diego Alfaro, poeta chileno radicado en Buenos Aires y ganador del Premio de poesía de la Municipalidad de Santiago el año pasado. Dos personas preguntaron por él mientras yo estaba ahí. Presencié también el momento en que un argentino, un muchacho joven, se acercó buscando algo de Jorge Teillier y la ausencia absoluta de su nombre en el stand. Con el pecho infladísimo a esas alturas, cada vez más orgulloso de que se estuviera logrando exportar con tal sutileza nuestra más bella idiosincrasia, recordé que, entre todos los papeles y porquerías que llevaba en mi mochila, llevaba también El árbol de la memoria, editado por Lom en uno de esos pequeños libros de la colección Ciudadano o algo así. Era un regalo para un poeta amigo con el que los contratiempos no habían permitido juntarnos ese día. Motivado por el raro encuentro y esas ridículas escenas que las películas gringas nos han metido en el subconsciente, busqué al muchacho por los pasillos y decidí regalárselo. Me lo agradeció muchísimo y noté su emoción genuina. Había puesto todas sus fichas en el stand de Chile, lógico, dónde más, y ya había perdido toda esperanza de llevarse un libro de Teillier.

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Uno de esos días, mirando la hojita del programa me encontré con un «Homenaje a Manuel Rojas» al que decidí asistir únicamente porque se trataba de algo realizado por compatriotas. La actividad estaba organizada por el Consejo de la Cultura de Chile a través de sus agregados culturales en Buenos Aires, pero no estaba avisada en ninguna parte. Preguntando por aquí y por allá supe que se llevaría a cabo en la sala Alfonsina Storni del pabellón blanco. ¿Pabellón blanco? pregunté, pero si hace una semana que estoy viniendo y no he visto más que los pabellones verde, azul, amarillo, rojo y ocre. Los guardias me indicaron una salida. Crucé la puerta. El ruido de la gente, los altavoces y música de la feria quedó atrás. Atravesé un salón silencioso y enorme donde aparte de no haber nadie daba la impresión de ser un lugar anexo al recinto ferial. Caminé por un pasillo, llegué a otro enorme salón y alguien me indicó que había que subir la escalera. Subí. Avancé por otro pasillo desolado hasta que vi el nombre de la sala al fondo. A cada rato me preguntaba si es que no estaba equivocado. Corroboraba mirando la hojita y todo parecía indicar que el asunto era ahí. Ingresé tímidamente. La sala era cómoda, amplia, elegante. La presentación había comenzado hace algunos minutos y casi todas las sillas estaban vacías. Había 8 pelagatos contando a la niña que sacaba fotos y a un tipo que al verme entrar aprovechó de salir. Sin duda era linda la sala que los encargados de cultura eligieron para la presentación, silenciosa, tranquila, retirada de la feria. Tan retirada que estoy seguro que nadie sabe que existe. Fue imposible no preguntarse si es que la gente que organiza este tipo de encuentros quiere realmente que funcionen o les bastan las fotos que publican en la web al día siguiente, para que no quede duda de las actividades culturales que se hacen.

La Feria del libro de Buenos Aires comenzó el 21 de abril. Los primeros días de feria, esos días donde se realizan las jornadas profesionales, se juntan editores de todo el mundo y se llevan a cabo las ventas reales, el stand de Chile no vendió un solo libro debido a un permiso comercial que no estuvo listo hasta varios días después. Empapado ya de una emoción patriota que ni los terremotos, la cueca ni el mote con huesillos me habían logrado generar nunca, tuve la oportunidad de presenciar el episodio más memorable del evento: como este año se celebra el centenario del nacimiento de Gonzalo Rojas y un lustro ya de su muerte, se han organizado varias actividades en su honor. Por supuesto, la Feria del libro de Buenos Aires fue el lugar obligado para un homenaje preparado por la cancillería. Pues bien, el día antes del acto, una reconocida personalidad de la embajada de Chile se acercó al stand para preguntar si el poeta iba a asistir. Simplemente hermoso.

 

Colaboración especial de Ricardo Elías, escritor

Autor de Cielo fosco, Ed. Librosdementira

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