Por Miguel A. Hernández Zambrano

 

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Pensemos en un cajón en el que por algún tiempo vamos acumulando distintos objetos: un par de bolígrafos, un pequeño cuaderno de notas, un viejo cargador de teléfono que no sabemos bien si aún sirve, boletas del súper sostenidas por un clip (tampoco sabemos muy bien para qué), las llaves, una billetera, un número de teléfono que hay que marcar algún día, pastillas, etc. ¿Cuánto podemos saber de una persona a partir de este conjunto? No mucho, quizás. De todas formas, no es para crear sentido que almacenamos cosas en la gaveta del velador.

Pensemos ahora en la construcción de unas ruinas y en la paradoja que esto entraña. Justamente esto es lo que sucede en Escombrario: nace como la construcción de unas ruinas. O escombros. Pero lo que al mismo tiempo lo aleja de otro tipo de ruinas es el gesto que construye, que no es otro que un gesto de curaduría, y como tal, uno que va en pos del sentido [1]No es casual que el conjunto venga contenido en una caja; después de todo, a esto apunta cualquier intento de «hacer sentido», a contener las múltiples direcciones que operan en un lenguaje. Y si hay un discurso consciente de esto, es el poético, que suele andar por los bordes del sentido, como tantas veces se ha dicho ya.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando pensamos una vida en función de una biografía? Suele ocurrir que se nos impone al instante una narración, pero una que requiere un orden, una cronología y, por sobre todas las cosas, un sentido y una dirección claros. Pero muy bien sabemos que si hay algo no suele ser lineal es la vida. ¿Cómo se da cuenta entonces de una ruta caótica? Anne Carson escribió Nox, Sophie Calle trabajó en Cuídese mucho, etc. Distintas maneras de lidiar con «pedacitos de vida», como los llamó Héctor Hernández. Y ninguna de ellas es lineal, como tampoco lo es Escombrario, ensamblaje textual al que se entra y se sale por cualquier parte.

Si hablamos de «pedacitos de vida”, no podemos obviar las veces que estos escombros nos lo recuerdan a medida que avanzamos en —digamos— la lectura: «Hay fragmentos por blogger, facebook, twitter y los extintos fotolog y messenger. Hoy escribo en instagram. Ya no sé cómo agrupar los recuerdos»; los recuerdos «Son como escritura no ligada, hecha de letras aisladas incapaces de soldarse entre ellas” (en Cuaderno de Berlín), o “Puede verse como [sic] un universo se convirtió en un montón de escombros» (en Escombrario). El proyecto poético —no ya los poemas— nosenfrenta a una serie de highlights o flashes en su intento de dejar algo dicho, por eso el afán de juntar, de agrupar y, sobre todo, de contener. De alguna manera asistimos a un discurso que intenta hallarse a sí mismo.

Recordemos: estamos en presencia de escombros. Hay partes sueltas que parecen no tener una función clara, fragmentos que no terminan de decir o nombrar algo. Pero recordemos también que las ruinas dan cuenta de una pérdida, y ante estalas reacciones suelen ser contundentes: depresión, enfermedad o simplemente muchas preguntas. Y es que cuando vemos alterado el orden simbólico necesitamos restituirlo de alguna manera porque esa ausencia nos arroja directamente al absurdo: una casa, una habitación, una cama, una avenida o una canción pierde el referente que lo sustentaba y deja un vacío que demanda ser cubierto. Por eso las mentiras funcionan, porque ofrecen una lógica que organiza una determinada realidad. Sin embargo, algo sin sentido es intolerable. Así leemos en medio de los escombros: «Uno de los grandesesfuerzos de la vida cotidiana exige mantener ciertos niveles de tolerancia frente a las cosas».

El sujeto de estos textos deambula entre escombros en un intento por tolerar la pérdida de sentido de una historia, para resignificarla. Por eso construye estas ruinas: necesita acotar y poner orden en medio del caos. Una vez que logre administrar los escombros, solo entonces, será el «ministro» de su propio dolor, pues podrá decir por qué o para qué, tendrá relación con otros hechos, derivará en otros sucesos, etc. Es decir, podrá contar una historia nuevamente lineal.

El proyecto poético que nos convoca nos interpela como testigos o acompañantes en esta búsqueda que, como vemos, hace equilibrio entre el sentido y el sinsentido, entre distintos lenguajes [2] y entre diferentes formas, ya que no podría hacerse de otra manera si, con lo que contamos, es solo con una caja de escombros.

 

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* Construir las ruinas es una versión de un texto leído en la presentación de Escombrario, de Nicolás López-Pérez.

[1] Que el ejercicio de curaduría no nos engañe. Por más que lo intentemos, el lenguaje tiende al desborde, de modo que cualquier acotamiento que se ejerza tendrá sus filtraciones.

[2] Incluido en texto en alfabeto braille.

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Miguel A. Hernández Zambrano (Maracaibo, 1983). Poeta venezolano. Licenciado en Letras (Zulia) y magíster en escritura creativa (Nueva York). Ha publicado la plaquette Cotidiano (2010), Un decir errado () y ¡Oh, loremipsum! (2013). Recibió una mención especial en el Concurso de Poesía Delia Rengifo (Caracas, 2011) y ganó el Concurso de la Casa de las Letras Andrés Bello (Caracas, 2013). Reside en Santiago de Chile.

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Del libro Cotillón en el capitalismo tardío de Joaquín Escobar (Narrativa Punto Aparte)



1

Cuando entré a estudiar Veterinaria, el profesor de Biofísica me preguntó de qué colegio venía. La pregunta me descolocó, pero traté de no hacerlo evidente. “Estudié en el Colegio Latinoamericano de Integración”, respondí. Me observó con ojos penetrantes durante un minuto, después le dijo al curso: “Ese es el colegio donde estudian los hijos de los comunistas con plata”. La afirmación me sorprendió, pero no me molestó. A pesar de que en el Latino siempre lo negamos, era cierto, no había necesidad de mentirse: éramos los hijos de los comunistas con plata.

 

2

Entré al Latino en tercero básico. Venía del norte, después de haber vivido varios años con mi familia en el campamento minero de El Salvador. Llegamos a Santiago en el ‘94. Eran los años de Gorosito, de Acosta, de Charly Vásquez. Eran los años de la teleserie Rompecorazón. Eran los años de los Thundercats. Eran los años en que los milicos amenazaban con volver a tomarse el país.

 

3

Todo éramos hijos de exiliados y de abuelos desaparecidos. Lo que parecía un lugar de resguardo ante el mundo, terminó siendo, con el paso de los años, una burbuja que nos explotó en la cara. Después de salir del colegio nos dimos cuenta de que la Guerra Fría había acabado y que al pueblo chileno le importaban más los partidos de Colo Colo que la lucha de clases.

 

4

Aunque hablar de lucha de clases es bastante exagerado. En el Latino éramos pendejos progres que posábamos con la polera del Che. Todos sabíamos quién era Rosa Luxemburgo, pero a los pobres solo los conocíamos por fotos. Éramos peladores y envidiosos: como en cualquier otro colegio. Éramos crueles y clasistas: como en cualquier otro colegio. La profesora de Castellano, la Charol Aguirre, siempre nos decía: “Ustedes tienen consciencia social pero son unos burgueses, y los burgueses con consciencia social viven en contradicción toda su vida”.

 

5

En el Latino se lucraba, sin asco, con la dialéctica marxista. Después de la dictadura, entendieron el negocio: hicieron un souvenir de la revolución. Se llenaron de cotillón con el educar con valores, pero en la práctica nunca vi nada de eso. Había conmemoraciones para el once, se recordaba a Guerrero, Natino y Parada, se resaltaba el sentir latinoamericano. Pero al final día lo único que nos quedaba era el abajismo de la paloma en el pecho.

 

6

En cuarto medio me llamó por teléfono la Tamara Vultz para contarme que la Tati Jaque estaba embarazada de un cuma que tocaba el bombo en la barra del Wanderers. “Lo encuentro último de picante, pobre familia. Para conquistarla le regalaba chocolates Trencito, ¡qué detalle tan clase media! A propósito, huachito, ¿a qué hora llegai a la velatón?”.

 

7

La selección de fútbol del colegio no era una selección, era un equipo de fútbol sin filtro: el que quería, participaba. Aun así jugábamos bien; con más mañas que estado físico, fueron más las veces que ganamos que las que perdimos. Practicábamos en unas canchas que quedaban cerca del metro Príncipe de Gales. Llegábamos volados y con hambre. El DT, un hombre con un notable parecido a Roberto Sedinho, nos puteaba y nos gritaba que éramos unos irresponsables, pero después iba al quiosco y nos traía jugos Kapo y chocolates Hobbie. Éramos un equipo ordenado, un símil de las selecciones de Europa del este durante la Unión Soviética. Armado de atrás para adelante con una columna vertebral bien clara. Sin grandes figuras y más bien pragmático. Nuestro clásico rival era el colegio Francisco de Miranda. Nos teníamos bronca. Nosotros los considerábamos parte de una izquierda light sin historia, ellos nos veían como unos pendejos marxistas pasados a caca. Nosotros los acusábamos de amarillos, ellos nos denigraban por no hacer una lectura actual de El capital. Los que pasaban del Latino al Francisco de Miranda eran considerados unos traidores. Aún recuerdo una mocha descomunal que se armó después de que nos ganaran una definición a penales. Terminamos todos machucados y en la comisaría, pero aun así repartimos golpes como locos: me sentí un Muhammad Ali de Kinder Sorpresa.

 

8

En un acto de conmemoración del Caso Degollados, ocurrió algo especial. Hacia el final de la ceremonia, luego de las canciones y los discursos, el director del colegio subió al escenario y sin solemnidad alguna dijo: “Comunidad latina, me acaban de llamar de la Escuela de Carabineros. Quieren jugar un partido de fútbol contra nosotros”. La gente estalló en gritos. Imaginábamos el Inglaterra-Argentina del ‘86. Se desató una marea de ansiedad. Nos preparamos durante dos semanas. Echaron al Roberto Sedinho en miniatura, contrataron a un director técnico joven, con estudios en el INAF, y entrenamos pelotas paradas y jugadas ensayadas. Incluso el profesor de Filosofía se internó como un espía en los entrenamientos de los aspirantes a carabineros. Nos dijo que sus laterales eran rápidos, que antes de cada entrenamiento cantaban el himno con la estrofa de los valientes soldados, que el 9 se había tatuado en su muslo derecho a Jaime Guzmán. Esas dos semanas no consumimos frituras ni drogas; tampoco asistimos a clases: los profesores preferían que nos enfocáramos en el partido. El viejo de Física nos dijo: “Me cago en los amperes y en los protones… tienen que ganar el domingo”.

 

9

Ese día todo el colegio nos acompañó hasta la Escuela de Carabineros. Arrendaron buses que salieron desde Los Leones y que, como barras bravas, se tomaron las calles de Santiago. Llevaban banderas gigantes con los colores del Latino. A las canciones de La Mosca les cambiaron las letras. Picaron diarios y revistas. Sabían que no se jugaba solamente un partido de fútbol. Cuando llegamos a la escuela nos revisaron de arriba hasta abajo. Los pacos de la entrada anunciaban por woki toki: “Llegaron los terroristas; en verdad, los hijos de los terroristas; en verdad, los terroristas bonsái”. Entramos concentrados, estábamos en campo enemigo y esto era una guerra. La Charol Aguirre entró al camarín y nos arengó. No habló de laterales volantes ni de pelotas paradas, no habló de marcas ni de esquemas; esa tarde de invierno habló de tener canilleras en el alma.

 

10

Cuando entramos a la cancha, nuestros compañeros tiraron humo naranjo y azul. Nos vitoreaban, nos aplaudían, se emocionaban: saltaban por el Latino. “Me siento como Claudio Paul Caniggia”, dijo el Panda Labarca cuando saludamos a la hinchada. Los pacos también tenían una gran barra. Llenaron su sector de banderas chilenas y hacían chistes crueles sobre los desaparecidos. Le robaron a nuestra hinchada un lienzo con la cara de Manuel Guerrero, lo pusieron al revés y después le prendieron fuego.

El partido no comenzó bien. A los tres minutos nos hicieron un gol de cabeza. El Chino Jerez perdió una marca y el 9 de ellos nos clavó el primero. Lo gritó hacia donde estaba nuestra hinchada; se levantó el short y mostró el tatuaje de Guzmán con la cara llena de risa. Fueron minutos de terror. No podíamos pararnos cómodamente en la cancha, todo era desorden, nada de lo que habíamos planificado estaba resultando. En media hora no habíamos pasado la mitad de la cancha y ellos habían pegado dos pelotas contra el travesaño.

En una jugada intrascendente, nuestro arquero se lesionó. Mientras los paramédicos lo estudiaban, el DT nos daba instrucciones tácticas, repasaba conceptos, hablaba de adelantar las líneas. Antes de volver a la cancha, el director me agarró del brazo y nos gritó: “Jueguen por la historia, pendejos hijos de puta”. Un golero pavo y recién ingresado se comió el segundo. La hinchada ya no cantaba, la Tati Jaque lloraba, jugábamos pensando en cualquier cosa. Cerca del final del primer tiempo nos cobraron un penal a favor. Me hicieron una falta fuera del área y caí dentro de forma teatral; fui un James Dean vestido de wing derecho. Los hijos de los pacos reclamaron airadamente al árbitro, se le fueron encima y el juez mostró varias amarillas. Ante una silbatina infernal, el Polanco se paró frente a la pelota y con elegancia definió al costado izquierdo del arquero.

Se acabó el primer tiempo, nos fuimos 2 a 1 abajo. En el camarín nos mirábamos sin decirnos nada. Nos puteábamos en silencio. El DT hablaba pero nuestra bronca impedía ponerle atención. Tomamos agua y volvimos a la cancha. Nuestros compañeros nos animaban. Seguían gritando, creían posible la remontada. Salimos a buscar el partido. El DT sacó a un volante de corte y puso a un delantero. Tuvimos varias chances, pero no lográbamos concretar. El tiempo pasaba y la desesperación cundía. Me expulsaron por escupir a un rival luego de que me dijera: “Vamos a traer los perros pa’ ir a buscar los huesos”. 
Vi el final del partido sentado en la banca con una angustia que me carcomía. Cuando dieron los minutos de descuento, tirábamos la pelota por inercia al área, centros a la olla buscando un cuevazo. Fue dentro de esa monotonía que el Tunga Petersen se dejó caer cerca del área arguyendo un codazo. El árbitro cobró falta: tiro libre directo, nuestra última chance. El Panda Labarca se paró frente a la pelota ante una silbatina grosera. A través de la reja, un octogenario le gritaba: “¡Comunista cafiche, maricón con sida!”. El Panda la clavó en el ángulo y sacó de su entrepierna una máscara del Hombre Araña, se la puso de un tirón y se subió a la reja. Hubo una invasión a la cancha y el árbitro terminó el partido. Había una alegría genuina: estábamos bastante lejos de la épica forzada. Cuando me acerqué a Labarca para felicitarlo, le di un beso en una mejilla que exudaba un putrefacto olor a congrio.

 

11

Fuimos a celebrar a mi casa el empate. Compramos trago y carne, hicimos una jarana mítica. El Pichi Argandoña bajaba botellas de vino Vértigo sin importarle que al otro día tuviéramos colegio. Cerca de las cuatro de la mañana, cuando mi mamá se fue a dormir, llamamos a unas prostitutas de Relax Chile. Llegaron tres pelirrojas vestidas de policía. Se besaban y tocaban mientras nosotros ardíamos de calentura. Nos dijeron que éramos muy cabros chicos para penetrarlas, pero que podíamos hacernos una paja grupal viéndolas bailar. Estábamos felices. Era un cuento de hadas marxista y nosotros lo vivimos para celebrarlo.

 

12

Con el paso de los años el proyecto político del Latino fracasó. Se fue a pique: quebró. Un desastre administrativo y profesores aburguesados mandaron todo a la mierda. Necesitaban plata y aceptaron a cualquier persona, sin filtros: lo importante era que pagaran la mensualidad. Entraron estudiantes apolíticos y de extrema derecha. Los primeros estaban todo el día masturbándose con mangas de las Sailor Moon; los segundos aseguraban haber meado la tumba del Gato Alquinta. No les creímos y nos desafiaron a que los acompañáramos. Con Javier Kruchosky, un amigo al que apodaban el Mano de Piedra por su adicción a la manfinfla,  llegamos hasta el cementerio. Los vimos mearse en la tumba de Alquinta, los vimos defecar en el Patio 29, vestidos con el buzo azul del Latino. Esa noche fuimos testigos del fin de la transición democrática.

 

13

Un día el director del colegio nos dijo que le escribieron de la Escuela de Carabineros para jugar otro partido. Habían pasado dos años del mítico cotejo y ya nadie se acordaba. No nos preparamos. No nos cuidamos. No hubo buses. No hubo hinchas. No hubo papeles en el viento. Llegamos a jugar justo once, ni siquiera teníamos banca. Llegamos atrasados y marihuaneados. Lo perdimos 5 a 0 y no nos importó. No trancamos. No metimos. No la mojamos. Ya no la llevábamos adentro. Estábamos más preocupados de las minitas, de las piscolas y de las canciones de Lito Díaz. Esa fue la noche en que un Latino agonizante terminó de morir.  

 

14

Ante la decadencia del Latino, un grupo importante de profesores e inversionistas decidió hacer otro colegio. Lo llamaron Latino Cordillera, quedaba en Peñalolén. Arrastraron a muchos estudiantes del sector y se alejaron del proyecto original. “No queremos una izquierda tan resentida”, comentaban en sus reuniones. Ellos querían granjas educativas, clases de yoga y videos de Naomi Klein. Pensaban que ser de izquierda era tener un criadero de conejos. Creyeron que una reinvención socialdemócrata era la mejor alternativa. Para las protestas del 2011 les prohibieron a los estudiantes tomarse el colegio. Los pocos que intentaron movilizarse por la educación fueron reprimidos. A muchos los pusieron condicional, a otros los expulsaron. El director, que fue baleado por la DINA en un allanamiento, llamaba por teléfono a los pacos para que desalojaran a los insurrectos. Con el tiempo llegaron venezolanos antichavistas. Mentían descaradamente. Decían que en su país no había democracia ni libertad de expresión. La izquierda posmoderna del Latino Cordillera les prestaba espalda.

 

15

Una mañana les bastó a las retroexcavadoras demoler el Latino. Dejaron un hoyo en el suelo y se fueron. Al final de la jornada, los estudiantes más antiguos rodeamos el cráter; algunos buscábamos columpios donde solo había oscuridad. No quiero exagerar, y muchos de los que estuvieron ahí seguro lo van a negar, pero desde el fondo de la tierra  escuchamos voces que nos llamaban, que nos invitan a saltar. Algunos años después, el hoyo lo taparon con un edificio, un monstruo de Paz Froimovich tiene vida en esa esquina. Anoche, melancólico y borracho, pasé por afuera. Me quedé mirando fijamente a la bestia, en los pocos balcones que estaban con luces se escuchaban risas. Escudriñé el suelo buscando alguna huella, agucé el oído para volver a escuchar las voces. Después de esa noche no volví más. Alguien me dijo que pusieron una placa recordatoria, pero yo no volví nunca más, me quedé con los fantasmas que noche tras noche son el paisaje de mis pesadillas. 

 

 Por Francisca Gaete T.

                                                                       

 

Periodista, escritora y también editora de Ediciones del Gato, Lilian Flores Guerra (1974) ha mostrado una sencillez a la hora de escribir, con una sutileza al contar sus historias que conectan con diversos aspectos a partir a la hora deescribir y publicar libros infantiles, juveniles e históricas, como son Las aventuras de Amanda y el Gato Pirata a El Botón de Bronce. Integrante de Auch!, quisimos saber más sobre ella y de sus ideas, de su editorial, su futuro entre otras cosas.

 

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 Foto: Ediciones del Gato

 

Cuéntanos de ti

Nací en 1974 en Santiago, hija del medio y única mujer de un padre ferroviario y ex futbolista, y una madre modista con múltiples talentos. Desde niña me gustó mucho la lectura, en especial los libros de aventuras en otros tiempos y geografías. Después de pasar por varias escuelas con número estudié en el Liceo 1 de niñas y luego Periodismo en la Universidad de Santiago. He publicado hasta ahora cuatro libros, la saga infanto juvenil “Las Aventuras de Amanda y el Gato del Pirata I y II” (2013 y 2016, ganadoras de un Fondo del Libro y del Premio Municipal de Literatura Santiago 2017), la novela histórica “Capello” (2018) y el cuento infantil con ilustraciones “El Botón de Bronce” (2019, ganador de un Fondo del Libro). En 2016 creé Ediciones del Gato, y hasta ahora hemos publicado una docena de libros de autoras como Lila Calderón y Valeria Varas, entre otres.

 

¿Cómo llegaste al mundo de la literatura?

Mi llegada al mundo de la literatura fue totalmente intencional, aunque me demoré un poco. Desde la adolescencia escribía y leía mucho, y a los 14 años decidí que quería estudiar periodismo para tener más herramientas de investigación y redacción con ese fin. Si bien me mantuve escribiendo, me dediqué a trabajar en comunicaciones corporativas, pero en 2010 más menos dije «ya, basta» y me animé a compilar en formato digital poemas y cuentos que había estado compartiendo en grupos y redes sociales. En 2012 obtuve un Fondo del Libro con mi primera novela, y desde entonces me volqué por completo a la creación literaria y publicación en formato impreso. Pese a la demora, creo que ese tiempo en el mundo laboral ligado al marketing y las comunicaciones me dio ciertas habilidades que han sido súper útiles para el duro camino de la edición independiente, así que no lo lamento.

 

¿Cómo ha sido escribir historias tan diversas como relatos históricos, juveniles o infantiles?

Es parte de lo bello de poder dedicarte a una actividad creativa. Anteriormente no se me habría ocurrido que en algún momento iba a escribir para lectores infantiles, pero en mi caso son las historias y sus personajes los que determinan el lenguaje y el lector al que van dirigidas, así que fue un desafío entretenidísimo. Si bien Las Aventuras de Amanda y el Gato del Pirata son infanto juveniles y Capello es una novela adulta, comparten el hecho de que toda o parte de la narración transcurre en otros tiempos y tuve que hacer harta investigación para que todos los datos fuesen absolutamente reales.

 

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Fotos: Ediciones del Gato

 

 

Tú último libro, El Botón de Bronce, ¿en qué te inspiraste?

Hay dos factores principales que le dieron vida. Por una parte, cuando era niña vi una película de animación basada en la historia El Famoso Cohete, de Oscar Wilde. A grandes rasgos cuenta cómo un fuego artificial se cae de la carreta que lo transporta a una fiesta donde lo van a lanzar, y cuando por equis motivo se enciende y al fin tiene su momento de gloria nadie lo ve porque es de día. Cuando vi esa película encontré terrible que el pobre cohete, que lo pasó pésimo, no tuviera una redención final, una oportunidad para aprender de sus errores y solo le cayera el castigo por haber sido tan engreído, y nunca me abandonó esa sensación de que la vida era injusta. Por otro lado, desde chica tuve una relación muy cercana con la ropa de segunda mano, ya que en mi infancia fue la manera que tuvo mi mamá de proveerse de materiales para hacerme vestidos bonitos, y hasta tuve un emprendimiento hace unos años de una tienda de ropa reciclada. Por ahí, entre una cosa y otra, se me juntaron ambos mundos y salió El Botón de Bronce, que es la historia de un vestido muy bonito y creído que está convencido de que lo van a comprar apenas lo vean, y que al perder uno de sus botones es degradado a saldo.

 

Tú eres miembro de Auch!, ¿ha sido importante para ti ser parte? ¿Cómo ves este movimiento?

No es exageración decir que me cambió harto la vida como escritora y editora desde que comencé a ser parte de Auch! El trabajo de escritora es una actividad bastante solitaria y son pocas las instancias en las que una puede crear algo colectivo. Parte de lo hermoso de integrar este grupo es el poder reconocer a otras artistas con sus propias individualidades, pero a la vez darse cuenta de que son muchas más las cosas que nos unen. Hay cariño genuino que parte de ese reconocimiento, y también no es menor el hecho de que compartimos de manera súper transversal escritoras primerizas con consagradas en un plano de igualdad y colaboración. Es súper potente y esperanzadora esta forma de relacionarnos, y creo que desde ahí es que el colectivo es un aporte muy necesario para la construcción de esta nueva sociedad que necesitamos con urgencia.

 

¿Cómo vez el estallido social? ¿Podrías escribir sobre lo que ha pasado?

Nací y crecí en dictadura. Pese a que en mi familia o entorno cercano no hubo víctimas de violaciones a los derechos humanos puedo recordar con mucha nitidez la tristeza y la opresión de un sistema que manejaba por el miedo a las personas, las carencias en todo plano y la represión de las protestas. El triunfo del No y la vuelta a la democracia los viví desde la pubertad, y fue la otra cara de la medalla, con la esperanza de construir una mejor sociedad para todes. He sido no solo testigo, sino que he sentido en carne propia los 30 años de abusos de un sistema que se hizo para que uno nunca pudiera surgir, y reconociendo mis propios privilegios, como haber alcanzado a estudiar sin quedar endeudada para toda la vida, no puedo sino adherir a este movimiento y aportar para la construcción de una sociedad más justa e inclusiva.

Sobre escribir, creo que necesitaré la mirada en retrospectiva para comprender con mayor profundidad el impacto de este momento. Igualmente hay pequeñas cosas, unos cuentos y poemas, que van saliendo en el camino, pero no me he puesto como meta aún escribir sobre este proceso. Lo estoy viviendo primero.

 

¿Qué se viene para este año?

Estoy trabajando en la publicación de dos libros. Uno es mi primer poemario, con el que obtuve un nuevo Fondo del Libro, y el otro es una colección de cuentos que toma algunos de los relatos que reuní años atrás en una versión digital, ahora reeditados y complementados con otros escritos más recientes. Una vez pasada esta emergencia deberían entrar a imprenta, y de acuerdo a como se vayan dando las cosas veré los lanzamientos. Lo más probable es que en agosto estén comenzando a circular.

Aparte de esto, pretendo terminar de escribir una nueva novela histórica. Aunque no es la continuación de Capellode sí transcurre en el mismo universo,pero en una época más cercana. Es un libro que ha demandado mucha investigación y espero tenerlo listo antes de fin de año.

 

Por Francisca Gaete T.

 

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Foto: Lorena Palavecino

 

El escritor es también abogado y máster en creación literaria de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona, España. Sin embargo, su pasión y vocación literaria lo llevó a escribir sin dejar pasar oportunidad alguna. Ha publicado varios libros, situándonos en el último que fue Subversivos y que está inspirado en la época de principios del siglo XX, estando en medio del movimiento social de masas del que eran parte los anarquistas y los obreros estudiantes. Te invitamos a leer la entrevista que le hicimos a Nicolás Vidal.

 

Primero una breve descripción de ti.

 

Escribo regularmente desde el último año de la universidad, ahí descubrí mi vocación literaria y desde ese momento no paré más. Después, estudié un máster en creación literaria que me ayudó bastante para encontrar una voz y tener más consciencia de mi escritura. He publicado cuatro libros, tres novelas y un conjunto de crónicas. A fines del año pasado publiqué una novela histórica ambientada en los años 20 llamada Subversivos

 

¿Qué es lo que te apasiona?

 

La literatura, tanto desde el punto de vista del lector como del autor. Creo que ambas cosas van juntas y se complementan. En mi caso, la vocación literaria es muy fuerte y, si fuera por mí, estaría en eso todo el día, pero obviamente hay que pagar cuentas y mantenerse, por lo que tengo que trabajar en otra cosa. 

 

¿En qué te inspiras a la hora de escribir?

 

La verdad, me resulta difícil hablar de inspiración. En mi caso, prefiero hablar de trabajo. No creo en la inspiración como algo que le llega a uno de arriba en un momento, algo que uno tiene que esperar. Veo a la escritura como un trabajo donde uno tiene que concentrarse al máximo y dedicarle muchísimas horas, ya sea leyendo, preparándose, pensando en lo que se escribe, y por último ya escribiendo frente al computador. Son procesos muy largos donde la constancia es por lejos lo más importante. 

Evidentemente, esto aplica sólo en mi experiencia, porque es muy válido que otros escritores lo miren desde un punto de vista distinto. Por ejemplo, imagino que quien escribe poesía podría estar más determinado por la inspiración. 

 

¿Cuál es la importancia de la lectura para ti?

 

Para mí, es esencial. Leer es una etapa indispensable dentro del proceso de creación, te entrega una cantidad infinita de herramientas para usar en tu escritura. Cuando uno lee, va acumulando imágenes, escenas, puntos de vista, formas de narrar, y lo hace de manera inconsciente, como una lava que va creciendo y acumulándose, y que te va a servir más adelante cuando tengas que enfrentarte al desafío de escribir.  No es que uno lea para buscar referentes o modelos de escritura, sino que cada lectura puede ir aportándote un poco, aunque uno no se dé cuenta. Incluso hay libros malos que pueden aportar algo. 

 

lector nicolas vidal subversivos portada

 

¿Cómo ha sido el recibimiento de Subversivos?

 

El libro salió en una época delirante. Se publicó en el mes de noviembre, cuando recién había comenzado el estallido social. Por una extraña coincidencia, Subversivos habla de los movimientos sociales en Chile hace justo cien años, que terminaron también en un proceso constituyente en el año 1925, entonces, el paralelismo es impresionante. De hecho, hubo varios que creyeron, viendo el nombre, que era un libro que se había escrito en dos semanas y publicado rápidamente para aprovechar el estallido, cuando en realidad es fruto de 13 años de investigación y escritura. Y eso mismo, el hecho de haberse publicado en ese momento hizo que tuviera menos difusión, tal como pasó con todo lo que se publicó en esos días.

Pero la verdad no me puedo quejar porque ha tenido muy buena recepción de los lectores, que la han ido recomendando en el «boca a boca». Eso me tiene muy contento. Y ahora, continuando con esta época delirante, teníamos planificado hacer un lanzamiento la semana pasada en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, pero llegó la pandemia y tuvimos que suspenderlo incluso antes de anunciarlo. O sea, en resumen, el libro salió en una época muy turbulenta, pero aun así ha logrado llegar a los lectores. 

 

¿Cuál es el sello que te identifica a la hora de escribir?

 

En general, me gusta una historia bien narrada, tratando de jugar con imágenes potentes y con un ritmo que logre mantener la atención del lector. En los contenidos, me interesa mucho hablar de política y de historia, pero no desde un punto de vista pedagógico o académico, sino cómo esos hechos influyen y repercuten en la historia personal de los personajes, en su vida íntima. En muchos aspectos, mi literatura se ubica dentro de esa dualidad. 

 

Para el futuro, ¿se viene algo nuevo?

 

Sí, estoy escribiendo una nueva novela que se publicará, probablemente, el primer semestre del próximo año, también por la Editorial Sudamericana, aunque con esta contingencia tan loca cualquier fecha que uno dé está sujeta a cambios y confirmaciones. 

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