Defensa

Necios, maliciosos al pedirme por muerta,
Muerta se hará entonces conmigo la esencia de la verdad,
De seres sin igual he nacido.
Ante ustedes sólo la defensa de mi crear asumo.
Con vos queda la fatua necedad de dar por verdadera
La presunción de mi culpa que tomáis por hecho.
La poesía altanera grita su exculpación:
¡No soy remedo de otra lengua,
Sólo la de mi yo creador!
Soplo al oído del que siente
Y ve con ojo de cíclope
Otros mundos que no veis vos,
Que esta será mi sentencia:
Que antes de negar mí arte,
Venga a mí el cadalso
y antes de detener la pluma
Que mueve mi sentir,
Vengan todos contra mí.
Pues antes de callar... prefiero… La Hoguera.

 

(de Cadalso, 2da. Ed. Nevenka Astudillo, Piélago 2019)

lector constanza anabalon caja de resonancia

 

por Miguel Villalobos Martínez

 

Lo recuerdo muy bien. Cuando era niño, mi madre trabajó varios años en una clínica que no era como las otras: dentro, atendían a ancianos y ancianas que padecían alzheimer. En más de una ocasión tuve la oportunidad de recorrer sus pasillos y andar entre aquellas personas que solían moverse erráticamente o hablar incoherencias, aparentemente en “otro lugar”, casi siempre ajenos a su entorno inmediato. No lo sabía en ese entonces, pero ahora que ha pasado mucho tiempo empiezo a comprender lo absolutamente terrible de la situación.

Pensar, por ejemplo, que las experiencias guardadas en nuestros recuerdos comiencen a desvanecerse de un momento a otro; o que, de forma inexorable y paulatina, todo lo que ha perdurado en la memoria -y que de alguna manera constituye lo que somos- se desintegre hasta convertirse en nada es algo imposible de procesar sin dolor. Y es curioso, porque mientras vivimos muchas veces deseamos no recordar, cubrir con ese manto que llamamos “olvido” todo aquello que a veces nos desagrada, que nos duele o que nos atemoriza. ¿Qué sucede, sin embargo, cuando ese olvido es involuntario?, ¿habrá acaso algo más triste, más trágico que olvidar lo que no se quiere olvidar? Pues ese parece ser el verdadero problema, sobre todo si consideramos que el ser y su memoria son una sola cosa; y que la destrucción de uno implica necesariamente la del otro.

Caja de Resonancia de Constanza Anabalón (editado por Libros La Calabaza del Diablo el año 2016) ilustra muy bien este dilema. Dividida en tres partes, la novela incluye variedad de recursos técnicos y estilísticos que permiten a la autora construir un discurso que trata principalmente sobre la memoria. Y aunque lo hace desde el espectro archiconocido de la narrativa autoficcional, logra utilizar dicha forma como una herramienta que permite acceder genuinamente a la historia que se cuenta, sin que el ego produzca desbalances. En otras palabras, consigue que el “yo” sea el medio -y no la excusa- para acceder a los recuerdos. En las siguientes líneas, revisaremos aquellos aspectos que comprueban lo anterior, explorando de paso los diferentes ecos de vida que, como testimonios, resuenan al interior de esta caja.

lector chiloe

 

Colaboración de Matías Paredes Zúñiga

 

Introducción

Poco exhaustivo ha sido el estudio dedicado a la literatura desde Chiloé, que más allá de algunas antologías que recogen el valor de su poesía (más apreciada que su narrativa, fuera de Francisco Coloane) no se halla con facilidad un estudio volcado a una obra o autor en particular, como lo fuera excepcionalmente, por ejemplo, la obra de Coloane, que primero tuvo que alabar la crítica francesa para que pudiese repercutir fuera de la frontera chilena, en Europa, o en el caso mínimo de la poesía de Antonio Bórquez Solar, merecidamente vilipendiada en la extraña cabida que Raúl Silva Castro le dio en su repaso de la poesía chilena (Retratos literarios, 1932), donde si algo he de traer a cuento sobre el retrato que de este primer poeta insular se hace, que Mario Contreras pone en su primera página cronológica de literatura chilota (100 años de literatura en Chiloé, 2014) y además pondera, para nuestro lamento por su verdad, como el fundador de la literatura chilota, si algo he de recordar entonces de aquel poeta es su calidad de pedregoso, de lo más pedregoso que ha producido Chile, un triste remedo de Rubén Darío en sus tantos años de mal cantor, y años tales que no pudieron enseñarle algo más que versar ruidosamente.

lector jardin cuento

 

El Jardín

 

Quizás fue hace un año que dejé de frecuentar el lugar, convencido de que no me hacía bien. Suelo mirarlo ahora desde mi ventana o desde el reflejo de la televisión apagada de mi habitación, sin ánimo de ver de frente, a aquello que tanto he intentado olvidar. Recojo unos bocetos que tiré sin cuidado, al ver su cíclica imperfección. Dibujé sobre ellos y los volví a tirar.

Con unos libros en manos y un abrigo para enfrentar el frío, salí al jardín y me paré frente a su tumba. De a poco abrí la tapa para cerciorarme de que aún estuviese ahí. Intacta, como siempre, permanecía quien hace ya tanto, diseñé para olvidar. Pretenderé que es mi hija hasta el final de los tiempos y solo el día de mi muerte confesaré su verdad. Que como creación del hombre fue más hermosa que toda criatura nacida de dios y que como copia de La Creación murió de forma prematura, sin virgen que le llore ni madre que la espere en el más allá. Desdichada criatura, qué habrás hecho para merecer tal final.

 

 

(De Floresta, libro de cuentos de de Ítalo Araya Astudillo editado por Piélago)

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