Domingo, Febrero 25, 2024
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Crítica a «Monchi Mesa» de Marina Closs

Por Juan José Jordán

 

Marina Closs es una escritora argentina que cuenta con una nutrida obra publicada en distintas editoriales.

La novela que nos ocupa está construida en base a tres monólogos interconectados; Monchi Mesa, cuidador de un aserradero, las mellizas, Jessica y Cynthia, que hablan como si fueran una misma persona y Jorge, el descendiente de colonos que le dará un giro dramático a su vida al asesinar a un sereno.

Monchi ha tenido varios trabajos, ocupaciones solitarias en donde ha debido domesticar el aburrimiento. Antes era sereno en un aserradero hasta que don Soto, su patrón, le informó que habían asesinado al nochero que cuidaba al lado. Tiene miedo que el bandido vuelva a liquidarlo, además que no le parece bien la idea de arriesgarse por algo de otro. Pero Don Soto es un tipo dominante y lo convence fácilmente. Pasan unos días y está claro que no se repondrá fácilmente, está afectado. Le cambian el trabajo a cuidar camiones en un galpón cerca de la casa del patrón en el pueblo. Monchi lleva una vida un poco a la deriva. Nada logra remecerlo profundamente, ni siquiera que su mujer lo haya dejado para instalar una barbería. ¿Qué busca? Pareciera que nada aparte de la tranquilidad de estar sentado en una silla de plástico con la radio prendida, pensando en el miedo que sentiría si sonara la alarma del camión Escania, el más moderno.

Jessica y Cinthia se aburren. Jorge, el hijo de Mariela, la nueva empleada, les regala un grillo y lo cuidan casi como si en ello se les fuera la vida. Su mamá no las entiende, no soporta que hayan adquirido la costumbre de dormir desnudas y pasearse sin ropa por la casa. En vez de encararlas directamente, delega y las manda a hablar con el psicólogo del pueblo. No les pasa nada serio y la terapia termina siendo un espacio para perderse en el terreno de la abstracción. Luego de la primera sesión el profesional le dice a su madre que sigan yendo una vez a la semana, pero que es mejor que duerman en piezas separadas para que no se den ánimos en sus travesuras. En ese sentido, el contraste que hay entre esta vida letárgica y lo que les cuenta Mariela sobre la infancia de su hijo es evidente:

«—Cállense la boca. ¡Qué su mamá no las escuche! Él es así porque viene de la chacra. Allá, si un nene no va a la escuela, trabaja. No puede jugar ni hablar. Siempre tiene algo que hacer: cosechar alguna cosa. Si no cosecha, tiene que empezar a plantar o aprender a preparar el terreno.».

No hay tiempo para perderse en disquisiciones interminables sobre qué puede representar el grillo o qué quieren expresar al andar desnudas. Más cercanía con lo concreto.

Los personajes definen su personalidad en cosas, pero aunque parezcan muy seguros, es posible que después de un tiempo cambien y esos objetos no les digan nada. Como Monchi, que parte diciendo que para una persona de bien es fundamental poseer un caballo (llegando a referirse a Pecoso como «la alegría de ser yo mismo»), pero cuando llega al galpón de los camiones y se empieza a ir en colectivo no le ve sentido a la posesión del animal; las mellizas con el grillo, que se preocupan por cuidarlo y alimentarlo, pero cuando muere tampoco es algo del otro mundo y Jorge, que cuando se apropia del rifle de su casa se convierte mentalmente en un asesino. Es todo un poco superficial y sin sentido y ese juego está bien hecho. Queda flotando la pregunta sobre la identidad, ¿Qué es lo que nos hace ser lo que somos?, ¿es sensato definirnos en base a cosas externas? Preguntas que afortunadamente quedan sin respuesta y el lector puede intentar seguir pensando solo.

Para Jorge la riqueza de la familia de las mellizas es una bofetada constante. Él es un «hijo de lobo», (nombre que su abuela le cuenta reciben en Ucrania las personas de las que se desconoce quién es su padre), que ha tenido que saber crecer sin madre porque se fue muy joven a trabajar al pueblo, siempre con la carencia como presencia omnisciente. Para los adinerados es de Perogrullo que sus hijas contarán con todas las comodidades y por supuesto, con una empleada con quienes podrán hablar cuando estén aburridas. Se genera un distanciamiento insalvable, como habitantes de planetas distintos. Cuando Jorge va a ver a su madre a su trabajo es testigo de esta realidad paralela:

«(…) Conozco la casa de los ricos, con patios al fondo y canillas que parece que gotean oro. Por eso yo conozco las servilletas y cómo se doblan, las heladeras que son más altas que una persona. Conozco el color plateado y el color dorado de los cubiertos.».

La relación que genera con las mellizas es un espacio que funciona como una burbuja fuera de la realidad en donde los personajes no están tan determinados por su procedencia.

No fue buena idea titular la novela con el nombre de uno de los personajes; se trata de tres testimonios que explican el hecho desde sus particulares puntos de vista. Monchi tiene importancia, pero circunstancial. Su testimonio es el que quedó más convincente y donde se logró un retrato más fluido con el habla de los personajes, pero esto no quiere decir que los demás dependan de él ni que sean prescindibles.

Una novela con una prosa pausada que se lee escuchando el silencio de la noche, a ratos con ecos del retrato de la provincia que hace Selva Almada, en donde el lector se sorprenderá con algunas líneas que son como resonancia de algo misterioso. ((…)«el sueño me cayó como una memoria. Me hizo un precipicio. Dos horas, y fue como si me desmayase»). No se trata de un relato para lanzarse a una lectura voraz, en parte también por la forma en que está presentada la narración a nivel de diagramación, en donde abundan grandes espacios entre los párrafos que inducen a una lectura pausada. Frases cortas de prosa clara, pero es probable que el lector sienta que hay gato encerrado en esos párrafos y trate de encontrar algo también en lo no dicho.

 

Ficha técnica

Título: Monchi Mesa
Autor: Marina Closs
Novela, 2023
176 pgs
ISBN 9789569450952
Editorial: Laurel

 

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