Cuento: «Todos sabíamos quién era Rosa Luxemburgo, pero a los pobres solo los conocíamos por fotos».

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Del libro Cotillón en el capitalismo tardío de Joaquín Escobar (Narrativa Punto Aparte)



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Cuando entré a estudiar Veterinaria, el profesor de Biofísica me preguntó de qué colegio venía. La pregunta me descolocó, pero traté de no hacerlo evidente. “Estudié en el Colegio Latinoamericano de Integración”, respondí. Me observó con ojos penetrantes durante un minuto, después le dijo al curso: “Ese es el colegio donde estudian los hijos de los comunistas con plata”. La afirmación me sorprendió, pero no me molestó. A pesar de que en el Latino siempre lo negamos, era cierto, no había necesidad de mentirse: éramos los hijos de los comunistas con plata.

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Entré al Latino en tercero básico. Venía del norte, después de haber vivido varios años con mi familia en el campamento minero de El Salvador. Llegamos a Santiago en el ‘94. Eran los años de Gorosito, de Acosta, de Charly Vásquez. Eran los años de la teleserie Rompecorazón. Eran los años de los Thundercats. Eran los años en que los milicos amenazaban con volver a tomarse el país.

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Todo éramos hijos de exiliados y de abuelos desaparecidos. Lo que parecía un lugar de resguardo ante el mundo, terminó siendo, con el paso de los años, una burbuja que nos explotó en la cara. Después de salir del colegio nos dimos cuenta de que la Guerra Fría había acabado y que al pueblo chileno le importaban más los partidos de Colo Colo que la lucha de clases.

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Aunque hablar de lucha de clases es bastante exagerado. En el Latino éramos pendejos progres que posábamos con la polera del Che. Todos sabíamos quién era Rosa Luxemburgo, pero a los pobres solo los conocíamos por fotos. Éramos peladores y envidiosos: como en cualquier otro colegio. Éramos crueles y clasistas: como en cualquier otro colegio. La profesora de Castellano, la Charol Aguirre, siempre nos decía: “Ustedes tienen consciencia social pero son unos burgueses, y los burgueses con consciencia social viven en contradicción toda su vida”.

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En el Latino se lucraba, sin asco, con la dialéctica marxista. Después de la dictadura, entendieron el negocio: hicieron un souvenir de la revolución. Se llenaron de cotillón con el educar con valores, pero en la práctica nunca vi nada de eso. Había conmemoraciones para el once, se recordaba a Guerrero, Natino y Parada, se resaltaba el sentir latinoamericano. Pero al final día lo único que nos quedaba era el abajismo de la paloma en el pecho.

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En cuarto medio me llamó por teléfono la Tamara Vultz para contarme que la Tati Jaque estaba embarazada de un cuma que tocaba el bombo en la barra del Wanderers. “Lo encuentro último de picante, pobre familia. Para conquistarla le regalaba chocolates Trencito, ¡qué detalle tan clase media! A propósito, huachito, ¿a qué hora llegai a la velatón?”.

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La selección de fútbol del colegio no era una selección, era un equipo de fútbol sin filtro: el que quería, participaba. Aun así jugábamos bien; con más mañas que estado físico, fueron más las veces que ganamos que las que perdimos. Practicábamos en unas canchas que quedaban cerca del metro Príncipe de Gales. Llegábamos volados y con hambre. El DT, un hombre con un notable parecido a Roberto Sedinho, nos puteaba y nos gritaba que éramos unos irresponsables, pero después iba al quiosco y nos traía jugos Kapo y chocolates Hobbie. Éramos un equipo ordenado, un símil de las selecciones de Europa del este durante la Unión Soviética. Armado de atrás para adelante con una columna vertebral bien clara. Sin grandes figuras y más bien pragmático. Nuestro clásico rival era el colegio Francisco de Miranda. Nos teníamos bronca. Nosotros los considerábamos parte de una izquierda light sin historia, ellos nos veían como unos pendejos marxistas pasados a caca. Nosotros los acusábamos de amarillos, ellos nos denigraban por no hacer una lectura actual de El capital. Los que pasaban del Latino al Francisco de Miranda eran considerados unos traidores. Aún recuerdo una mocha descomunal que se armó después de que nos ganaran una definición a penales. Terminamos todos machucados y en la comisaría, pero aun así repartimos golpes como locos: me sentí un Muhammad Ali de Kinder Sorpresa.

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En un acto de conmemoración del Caso Degollados, ocurrió algo especial. Hacia el final de la ceremonia, luego de las canciones y los discursos, el director del colegio subió al escenario y sin solemnidad alguna dijo: “Comunidad latina, me acaban de llamar de la Escuela de Carabineros. Quieren jugar un partido de fútbol contra nosotros”. La gente estalló en gritos. Imaginábamos el Inglaterra-Argentina del ‘86. Se desató una marea de ansiedad. Nos preparamos durante dos semanas. Echaron al Roberto Sedinho en miniatura, contrataron a un director técnico joven, con estudios en el INAF, y entrenamos pelotas paradas y jugadas ensayadas. Incluso el profesor de Filosofía se internó como un espía en los entrenamientos de los aspirantes a carabineros. Nos dijo que sus laterales eran rápidos, que antes de cada entrenamiento cantaban el himno con la estrofa de los valientes soldados, que el 9 se había tatuado en su muslo derecho a Jaime Guzmán. Esas dos semanas no consumimos frituras ni drogas; tampoco asistimos a clases: los profesores preferían que nos enfocáramos en el partido. El viejo de Física nos dijo: “Me cago en los amperes y en los protones… tienen que ganar el domingo”.

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Ese día todo el colegio nos acompañó hasta la Escuela de Carabineros. Arrendaron buses que salieron desde Los Leones y que, como barras bravas, se tomaron las calles de Santiago. Llevaban banderas gigantes con los colores del Latino. A las canciones de La Mosca les cambiaron las letras. Picaron diarios y revistas. Sabían que no se jugaba solamente un partido de fútbol. Cuando llegamos a la escuela nos revisaron de arriba hasta abajo. Los pacos de la entrada anunciaban por woki toki: “Llegaron los terroristas; en verdad, los hijos de los terroristas; en verdad, los terroristas bonsái”. Entramos concentrados, estábamos en campo enemigo y esto era una guerra. La Charol Aguirre entró al camarín y nos arengó. No habló de laterales volantes ni de pelotas paradas, no habló de marcas ni de esquemas; esa tarde de invierno habló de tener canilleras en el alma.

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Cuando entramos a la cancha, nuestros compañeros tiraron humo naranjo y azul. Nos vitoreaban, nos aplaudían, se emocionaban: saltaban por el Latino. “Me siento como Claudio Paul Caniggia”, dijo el Panda Labarca cuando saludamos a la hinchada. Los pacos también tenían una gran barra. Llenaron su sector de banderas chilenas y hacían chistes crueles sobre los desaparecidos. Le robaron a nuestra hinchada un lienzo con la cara de Manuel Guerrero, lo pusieron al revés y después le prendieron fuego.

El partido no comenzó bien. A los tres minutos nos hicieron un gol de cabeza. El Chino Jerez perdió una marca y el 9 de ellos nos clavó el primero. Lo gritó hacia donde estaba nuestra hinchada; se levantó el short y mostró el tatuaje de Guzmán con la cara llena de risa. Fueron minutos de terror. No podíamos pararnos cómodamente en la cancha, todo era desorden, nada de lo que habíamos planificado estaba resultando. En media hora no habíamos pasado la mitad de la cancha y ellos habían pegado dos pelotas contra el travesaño.

En una jugada intrascendente, nuestro arquero se lesionó. Mientras los paramédicos lo estudiaban, el DT nos daba instrucciones tácticas, repasaba conceptos, hablaba de adelantar las líneas. Antes de volver a la cancha, el director me agarró del brazo y nos gritó: “Jueguen por la historia, pendejos hijos de puta”. Un golero pavo y recién ingresado se comió el segundo. La hinchada ya no cantaba, la Tati Jaque lloraba, jugábamos pensando en cualquier cosa. Cerca del final del primer tiempo nos cobraron un penal a favor. Me hicieron una falta fuera del área y caí dentro de forma teatral; fui un James Dean vestido de wing derecho. Los hijos de los pacos reclamaron airadamente al árbitro, se le fueron encima y el juez mostró varias amarillas. Ante una silbatina infernal, el Polanco se paró frente a la pelota y con elegancia definió al costado izquierdo del arquero.

Se acabó el primer tiempo, nos fuimos 2 a 1 abajo. En el camarín nos mirábamos sin decirnos nada. Nos puteábamos en silencio. El DT hablaba pero nuestra bronca impedía ponerle atención. Tomamos agua y volvimos a la cancha. Nuestros compañeros nos animaban. Seguían gritando, creían posible la remontada. Salimos a buscar el partido. El DT sacó a un volante de corte y puso a un delantero. Tuvimos varias chances, pero no lográbamos concretar. El tiempo pasaba y la desesperación cundía. Me expulsaron por escupir a un rival luego de que me dijera: “Vamos a traer los perros pa’ ir a buscar los huesos”. 
Vi el final del partido sentado en la banca con una angustia que me carcomía. Cuando dieron los minutos de descuento, tirábamos la pelota por inercia al área, centros a la olla buscando un cuevazo. Fue dentro de esa monotonía que el Tunga Petersen se dejó caer cerca del área arguyendo un codazo. El árbitro cobró falta: tiro libre directo, nuestra última chance. El Panda Labarca se paró frente a la pelota ante una silbatina grosera. A través de la reja, un octogenario le gritaba: “¡Comunista cafiche, maricón con sida!”. El Panda la clavó en el ángulo y sacó de su entrepierna una máscara del Hombre Araña, se la puso de un tirón y se subió a la reja. Hubo una invasión a la cancha y el árbitro terminó el partido. Había una alegría genuina: estábamos bastante lejos de la épica forzada. Cuando me acerqué a Labarca para felicitarlo, le di un beso en una mejilla que exudaba un putrefacto olor a congrio.

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Fuimos a celebrar a mi casa el empate. Compramos trago y carne, hicimos una jarana mítica. El Pichi Argandoña bajaba botellas de vino Vértigo sin importarle que al otro día tuviéramos colegio. Cerca de las cuatro de la mañana, cuando mi mamá se fue a dormir, llamamos a unas prostitutas de Relax Chile. Llegaron tres pelirrojas vestidas de policía. Se besaban y tocaban mientras nosotros ardíamos de calentura. Nos dijeron que éramos muy cabros chicos para penetrarlas, pero que podíamos hacernos una paja grupal viéndolas bailar. Estábamos felices. Era un cuento de hadas marxista y nosotros lo vivimos para celebrarlo.

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Con el paso de los años el proyecto político del Latino fracasó. Se fue a pique: quebró. Un desastre administrativo y profesores aburguesados mandaron todo a la mierda. Necesitaban plata y aceptaron a cualquier persona, sin filtros: lo importante era que pagaran la mensualidad. Entraron estudiantes apolíticos y de extrema derecha. Los primeros estaban todo el día masturbándose con mangas de las Sailor Moon; los segundos aseguraban haber meado la tumba del Gato Alquinta. No les creímos y nos desafiaron a que los acompañáramos. Con Javier Kruchosky, un amigo al que apodaban el Mano de Piedra por su adicción a la manfinfla,  llegamos hasta el cementerio. Los vimos mearse en la tumba de Alquinta, los vimos defecar en el Patio 29, vestidos con el buzo azul del Latino. Esa noche fuimos testigos del fin de la transición democrática.

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Un día el director del colegio nos dijo que le escribieron de la Escuela de Carabineros para jugar otro partido. Habían pasado dos años del mítico cotejo y ya nadie se acordaba. No nos preparamos. No nos cuidamos. No hubo buses. No hubo hinchas. No hubo papeles en el viento. Llegamos a jugar justo once, ni siquiera teníamos banca. Llegamos atrasados y marihuaneados. Lo perdimos 5 a 0 y no nos importó. No trancamos. No metimos. No la mojamos. Ya no la llevábamos adentro. Estábamos más preocupados de las minitas, de las piscolas y de las canciones de Lito Díaz. Esa fue la noche en que un Latino agonizante terminó de morir.  

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Ante la decadencia del Latino, un grupo importante de profesores e inversionistas decidió hacer otro colegio. Lo llamaron Latino Cordillera, quedaba en Peñalolén. Arrastraron a muchos estudiantes del sector y se alejaron del proyecto original. “No queremos una izquierda tan resentida”, comentaban en sus reuniones. Ellos querían granjas educativas, clases de yoga y videos de Naomi Klein. Pensaban que ser de izquierda era tener un criadero de conejos. Creyeron que una reinvención socialdemócrata era la mejor alternativa. Para las protestas del 2011 les prohibieron a los estudiantes tomarse el colegio. Los pocos que intentaron movilizarse por la educación fueron reprimidos. A muchos los pusieron condicional, a otros los expulsaron. El director, que fue baleado por la DINA en un allanamiento, llamaba por teléfono a los pacos para que desalojaran a los insurrectos. Con el tiempo llegaron venezolanos antichavistas. Mentían descaradamente. Decían que en su país no había democracia ni libertad de expresión. La izquierda posmoderna del Latino Cordillera les prestaba espalda.

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Una mañana les bastó a las retroexcavadoras demoler el Latino. Dejaron un hoyo en el suelo y se fueron. Al final de la jornada, los estudiantes más antiguos rodeamos el cráter; algunos buscábamos columpios donde solo había oscuridad. No quiero exagerar, y muchos de los que estuvieron ahí seguro lo van a negar, pero desde el fondo de la tierra  escuchamos voces que nos llamaban, que nos invitan a saltar. Algunos años después, el hoyo lo taparon con un edificio, un monstruo de Paz Froimovich tiene vida en esa esquina. Anoche, melancólico y borracho, pasé por afuera. Me quedé mirando fijamente a la bestia, en los pocos balcones que estaban con luces se escuchaban risas. Escudriñé el suelo buscando alguna huella, agucé el oído para volver a escuchar las voces. Después de esa noche no volví más. Alguien me dijo que pusieron una placa recordatoria, pero yo no volví nunca más, me quedé con los fantasmas que noche tras noche son el paisaje de mis pesadillas. 

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