Daniel Viscarra: «Quién sabe si uno se encuentra o se desencuentra con la poesía al final»
Desde chico, Daniel Viscarra demostró con creces un singular y profundo amor hacia la naturaleza. En La muerte del Shōgun, editado bajo el sello de Provincianos editoriales, libro lleno de poesía y e imágenes preciosas, lo demuestra. Según Daniel, «siempre he sentido un profundo amor por las imágenes» y se nota una próspera admiración en las palabras y conceptos. Te invitamos a leer la entrevista.
Daniel, cuéntanos de ti.
Me llamo Daniel Viscarra Aranda. Soy una persona que ha vivido toda su vida en la comuna de Talagante, proveniente de familias que migraron desde el sur hasta este lugar: mis abuelos paternos desde Retiro, mi abuela materna desde Puerto Varas, y mi abuelo materno siempre radicado en Lo Chacón, El Monte, en un terreno que le cedieron sus hermanos. Todos se fueron a Santiago para buscar otra vida diferente a la del campo. En cambio mi abuelo, con ese Maripangue que le dejó mi bisabuela y que se transmitió a mí solo a través de la sangre, no pudo separarse de su vínculo con la tierra y se quedó. Tuvieron siete hijos con mi abuela y los criaron trabajando la misma tierra donde vivían. De niño corría por esa casa llena de plantas o salía con los perros a caminar por la inmensidad de las chacras. El viento traía conversaciones lejanas, el agua siempre se escuchaba correr por las acequias. De ahí mis pulmones: el aire, la respiración y la voz, que me llevaron a tomar una decisión similar a la de mi abuelo. Me quedé en Talagante y viajé a Santiago solo para estudiar osadamente Literatura, más tarde convertirme en profesor y, por otro lado, dedicarme a escribir, a pintar y a trabajar por el fomento de la lectoescritura en la zona desde la gestión cultural, como si me empujara un hilo de sangre similar al de mi abuelo.
¿Cómo llegaste a Provincianos Editores? ¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar con ellos?
Llegué a la editorial años antes de que se formara. Conocí a Nicolás Meneses en un viaje de avión hacia Arica allá por el 2017, a propósito del Premio Roberto Bolaño. Íbamos sentados en los últimos asientos y de pronto nos pusimos a conversar. Cuando supimos que ambos éramos de periferia, él de Buin y yo de Talagante, de inmediato nos hicimos amigos. En ese concurso obtuve una mención honrosa que me ayudó a agarrar más confianza con mis poemas. Después del viaje, me atreví a armar algo un poco más extenso que la postulación que había hecho y se lo envié a algunas personas. Obviamente, también a Nicolás, quien conocía a un editor que hace poco le había preguntado si conocía algo nuevo. Ese editor era Andrés Urzúa de la Sotta, que entonces trabajaba en Pez Espiral. Nos juntamos un día en Estación Central, y entre shops y papas fritas me hizo saber que le había gustado mucho lo que leyó, que quería publicarlo. Yo, con una madeja de agradecimiento, sorpresa e inseguridad en el corazón, le dije que gracias, pero que quería seguir escribiendo, que lo que había compartido era apenas un prototipo de algo que no tenía idea hacia dónde iba.
Desde ese entonces pasaron seis años en los que me sentí siempre acompañado y apoyado por ese editor tan generoso que es Andrés. Por supuesto, pasaron muchas cosas en el camino: el manuscrito creció, por ahí obtuvo algunos fondos, Andrés y Nicolás formaron Provincianos Editores y, por supuesto, yo me quedé con ellos a pesar de las tentativas de otras dos editoriales; estuve en el taller de la Fundación Neruda con Jaime Quezada, Malú Urriola y Francisco Martinovich, y en un taller de Julieta Marchant con otros poetas latinoamericanos; logré terminar el manuscrito luego de una revisión exhaustiva, casi obsesa, de todos los poemas una y otra vez; Andrés decidió dar un paso al costado en la edición para invitar a Lucas Costa, con quien intuía una mayor afinidad estética; y, finalmente, durante el proceso de edición, en el 2023 el manuscrito ganó el Premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, siendo este un hito que me dejó con una sensación muy extraña: se venía un libro que ya había tenido muchas miradas y mis nervios aumentaban mucho más porque sentía —y aún siento— que nunca terminaría de procesar lo que estaba pasando, lo que estaba haciendo. Sin embargo, ahí ha estado siempre Andrés, trabajando de manera sumamente profesional, asertiva y respetuosa en torno a esta obra, y me siento muy satisfecho y afortunado con el resultado de un proceso que, más que venir de una idea predefinida y ejecutable, provino de una intuición sostenida escribiéndose en un tiempo y en un espacio fluctuantes, algo raro para lo que se suele acostumbrar en el panorama reciente, pero coherente cuando pienso su lugar de origen: ese pulmón, esa maquia, la Provincia de Talagante, la periferia, un lugar que geopolíticamente ha sido relegado al margen bajo la metáfora de la ciudad-dormitorio, aunque con tradición de ser tierra de incas y de hechicería, según dicen, la tierra de Catalina de los Ríos y Lisperguer, «La Quintrala», y la de José Santos González Vera, y que por lo mismo tal vez tiene mucha cosa contenida por decir. Andrés vio algo en ello y lo apoyó sin importar el riesgo, y para mí fue una de las mejores experiencias editoriales que creo alguien podría llegar a tener, sobre todo desde lo humano, y seguramente nunca lo olvide.
¿Nos puedes contar sobre cómo llegaste a escribir este libro?
Antes de conocer a Nicolás, recuerdo alguna vez haber visto la película Ikiru (‘Vivir’) de Kurosawa por la noche. Después de la película tuve un sueño que nunca recordé; pero sí que recuerdo haber despertado llorando, muy afligido, sin entender nada. Una emoción enorme venía de las profundidades del sueño, se alargaba en un estado hipnogógico y luego se mantenía totalmente inaccesible para mí en ese momento. Entonces me aventuré a escribir un poema sobre eso utilizando como referencia la película, sinécdoque de Kurosawa y Japón. Takashi Shimura era el actor principal, uno de los predilectos del cineasta, a quien le dediqué el primero de los tres «cenotafios» en el libro, poemas de tono elegíaco dirigidos a un otro que ya no está, combinado con el imaginario de otros sueños que sí recordaba y del espacio semirural de los potreros a los que iba a jugar, a explorar o a correr: del olor a perro muerto, del sonido de los autos por la autopista, de la exuberante frondosidad de las plantas. Supongo que el sueño tenía que ver con la muerte, como la película, que trataba sobre un hombre con cáncer que, al saber que moriría pronto, comenzaba a vivir de forma más espontánea su vida.
Me gustó el resultado de esos poemas y también les gustó a las primeras personas que lo escucharon en las lecturas de Poesía y Periferia, un colectivo de poetas que fundamos en Talagante, así que continué haciendo cosas similares a través de un trabajo de referentes que, gracias principalmente a internet, me permitió expandirme a nombres como Ichiro Kojima, Fusako Shigenobu, Yakumo Koizumi, Katsuhira Hokusai, Junichiro Tanizaki, Tsukioka Yoshitoshi, etc., ampliando cada vez más el registro hacia la écfrasis, la descripción, la documentación y, sobre todo, la intuición de un complejo de poemas reunidos sin una idea predeterminada y clara de libro. Más bien, como hablamos alguna vez con Andrés, se trataba de una especie de mapa, un libro que intenta ser una geografía y una estructura coral de voces, historias y miradas. Una geoescritura con intermitencias de lo japonés y una necroescritura de lo transgeneracional a lo Cristina Rivera Garza. Por eso el marco de tiempo que decidimos agregar bajo el título en las primeras páginas, «2017–2024», porque se pensó como organismo vivo, poemas sujetos a una referencialidad que exceden.
¿Cuál fue tu fuente de inspiración y de creación?
Creo que en parte respondo más arriba, pero si hubo una fuente, aunque no de «inspiración» como comúnmente se suele referir a esa palabra, diría que fue la experiencia del viaje, principalmente la interurbana, entre Talagante y Santiago. Creo que la mayoría de estos poemas fueron escritos o comenzados —ese primer impulso escritural— en una micro, fuera de mi casa. La confrontación con el afuera y la posibilidad de contar con un celular donde apuntar sin tanto trajín lo que se me viniese al cuerpo en el momento fueron una especie de fuente. Escribir cuando los primeros rayos de luz atravesaban las ventanas empañadas de las micros llenas de trabajadores y estudiantes viajando a Santiago, escribir sentado y escribir de pie, escribir para no sentir el peso de estar en un lugar atestado de gente, escribir cuando a un desconocido le lanceaban el celular, escribir en las filas, escribir para digerir la incomodidad y la rabia, escribir en los tiempos muertos o cuando, por fin, todo en la noche se silencia. Eso y la comprensión de la idea del poema como un espacio para pensar por otros medios, menos apresado por la lógica y el lenguaje instrumental, por la linealidad, fueron parte de la mezcolanza ecléctica de ingredientes para esa fuente. De ahí que intentara registrar el movimiento, las chacras y los descampados del valle poco a poco llenándose de concreto, las conversaciones casuales de la gente, la emoción contenida en sus miradas. Casi siempre el primer impulso desde un afuera, para luego pulir desde un adentro.
Sobre las ilustraciones, ¿cómo llegaste a definir qué poner en La muerte de shōgun?
Siempre he sentido un profundo amor por las imágenes. Podía pasar horas buscándolas y rebuscándolas en internet. De ahí también que me llamara la atención una cultura que tanto impactó e impacta en las personas a través de tradiciones potentes como el ukiyo-e, el manga y el animé. La mayoría de estas imágenes provienen de ahí, siguiendo esa misma línea, aunque también hay otras excepciones como el dibujo del Cordero Vegetal de Tartaria, una pintura de Emil Nolde y otra pintura de mi propia autoría binarizadas, el dibujo de un sacro, el qilin chino, e incluso el diagrama del fenómeno de la advección de contorno. En fin, el mismo criterio estructural intuitivo que mencioné antes, pero también aquellas imágenes con la fuerza suficiente para suscitar una escritura ecfrástica. Me pasó algo similar con la portada cuando conocí la obra de la artista chilena Andrea Wolf. Supe inmediatamente que debía ser la imagen de la portada, y más aún cuando supe su origen: una ilustración botánica manipulada con un algoritmo de reordenamiento de píxeles. Costó, pero gracias a una amiga que me ayudó a acercarme a ella en una exposición que hizo se logró. Andrés también estuvo de acuerdo desde un principio con la imagen. Nombramos deterioro, contaminación, la naturaleza crítica y alterada por la intermedialidad. Aproximaciones al concepto de «identidades proxys» que mencionó Juan Manuel Silva durante la presentación del libro en Talagante.
Pregunta capciosa, ¿tú encontraste a la poesía o la poesía te encontró a ti?
Quién sabe si uno se encuentra o se desencuentra con la poesía al final. En mi visión, ambos caminos son posibles, y uno más peligroso que el otro. Personalmente me inclino hacia el desencuentro de esa poesía como forma heredada por una cultura colonizadora que cristalizó en nuestros colegios en todo su arcaísmo, su descontextualización con esa vida que se cuela por los sentidos día a día. Busco, más bien, otro tipo de sustratos, más locales y presentes, o «más breves y primarios», como diría ese poema hermoso de Susana Thénon que me sirve de antena: el ül, la cadencia de la calle, la mentalidad de las arañas o el musgo, la capacidad versificadora de las cosas, la historia o la palabra que salió de la boca de algún familiar o de algún desconocido para luego texturizarse en escritura, el sedimento emocional, lo que se escriben la tierra y el agua mutuamente, su constante ideofugalidad. Decimos «poesía» para referirnos a la potencia creativa de la lengua, a un flujo que de parar se estanca y se pudre. Entonces ese «encuentro» con un nombre, esa conceptualización, me suena a detención, a un lugar peligroso, y prefiero ver la escritura desligada de géneros y preceptos que no posean un asidero estético y ético, como una búsqueda permanente de resonancias a medida que avanza el tiempo, sumida y a la vez explotando su anclaje referencial, siempre desmarcándose.
¿Por qué quisiste abordar este tema?
No creo que en el libro haya un tema singular. Hay una especie de mapa personal de obsesiones, lugares recurrentes, geográficamente diversos, arbóreos y accidentados. Pero lo sé: sin duda la muerte es lo que más salta a la vista, ya sea desde el título o desde mi trabajo pictórico, y no sé con tanta claridad de dónde viene específicamente. Desde niño me he sentido asaltado por la sensación de que la muerte me circunda y me sobrepasa. Mis dos abuelos murieron cuando yo era muy niño y sus muertes causaron mucho revuelo en ambas familias: velorios, gente que decía ser pariente y que jamás había visto, mis papás quebrándose, yo yéndome a la casa de unos tíos que conocí en el velorio para airear a mis papás, los rezos constantes, los funerales, los llantos, la rotura ceremonial de la normalidad, tantas cosas que no entendí y que supongo absorbí sin mucha mediación. Con el tiempo eso mismo fue adosándose de las muertes de otras especies que fueron significativas para mí: los pajaritos que me encontraba heridos en la calle y que intentaba rescatar, mis gatos, mis conejos, pollos, mi perra y sus cachorros. Quizás por el impacto que generaron en mí la muerte de mis dos abuelos, recuerdo haberles hecho un montón de funerales a mis mascotas junto a mis amigos, con ese clima entre solemne y liberador que siempre sentí en ese tipo de instancias: despedíamos con respeto a un ser querido, pero también el corazón se aliviaba al desatar su emoción. Crecí y se murieron mis abuelas, algunos tíos, personas lejanas pero con quienes alguna vez cruzamos palabras. También crecí sabiendo que tuve dos hermanos nonatos y que no podría volver a tener otro nunca más, esas tumbas imaginarias y vacías. Internet hizo el resto: momias Chinchorro, los Sokushinbutsu, los funerales celestes, el proyecto NUKEMAP para simular el radio de una bomba donde sea, o la página web Oshima Teru para saber cuántas personas murieron antes de arrendar o comprar una casa en Japón.
El sedimento de todas esas experiencias en torno a la muerte comenzó a brotar desde una napa profunda y a tomar cada vez mayor forma, primero en la escritura y luego en la pintura. Pero no la muerte por la muerte, sino más bien la muerte como una forma de marcar los límites de la vida o de decir la vida es esto, este soplo, el núcleo, y quiero amarla y defenderla hasta donde me dé el cuerpo. De ahí el amor, la ternura, la humildad, la ecocrítica y la desantropologización, la denuncia, la composición coral, la obsesión por lo percudido y contaminado. Y, por último, esto que me dijo Martín López en una conversación pública que tuvimos durante el cierre de mi segunda exposición individual de pinturas en Departamento JOTA, Antes de la garganta, antes del pecho, llevando por título un verso de Mistral, y que, por decirlo así, me dejó hasta hoy resonancias sin que él lo supiera. Él planteó que hay en mi obra un intento por reconstruir al animal desde su carne, una reencarnación, un volver a la vida después de la muerte, luego de haber vivido todo lo que ya he contado y luego de haber visto tan de cerca cómo funciona una carnicería, ya que mis padres tienen una y hubo en tiempo en que fui a ayudarles en la caja, observándola y oliéndola desde la posición ajena de quien no come carne hace más de diez años, así como a la gente que sí lo hace y la compra. Como sea, conversando para otros con Martín sudaba un montón por sentirme tan expuesto en una sala que, incluso, antes de entrar te recibía con el libro ahí dispuesto para ojearlo y cruzar los puentes invisibles entre mi escritura y mi pintura, su insoportable puesta en abismo, y ese comentario me devolvió tanta luz que incluso puedo ahora extenderlo al libro. Es algo así, supongo.
Pero es cierto lo que decía al principio. Nunca quise hacer un libro temático. No era lo mío, no me salía. Encarnaba y sigo encarnando monstruosamente lo que dice Dorothea Lasky en su ensayo «La poesía no es un proyecto». Entonces, el resultado de eso fue un libro del que probablemente podría haber recortado dos o tres más bajo la lógica de lo monotemático, con una quizás mejor estrategia mediática como autor incipiente. Se sabe que es un tema editorial: no hay presupuesto para libros largos, así como tampoco hay muchos lectores de poesía, por lo que antes que la acumulación convendría la insistencia, la ráfaga de libros, pero con Andrés nos arriesgamos y, si bien lo segundo se mantiene, se logró publicarlo con financiamiento externo y de la manera más profesional posible a pesar de este panorama editorial muchas veces adverso. En fin, hay un libro de lo japonés, un libro de lo ecocrítico, un libro de la carne y tal vez hasta uno de amor metido en una misma obra. Tampoco quise seccionar el libro para que se notaran esas escisiones. Con Lucas trabajamos el conjunto bajo un principio orgánico bastante heterodoxo: pensar los poemas como montículos de tierra y agruparlos por aquí, por allá, para que el lector sintiera desplegarse ante sí esa geografía de la que hablaba o, como alguna vez me comentó Jonnathan Opazo leyendo una versión preliminar del manuscrito, sentirse ante «una tromba marina que vuela techumbres, conchales, palmeras y postes de luz». Una deriva, una explosión. Los únicos respiraderos que dejamos son esos rectángulos verticales negros que simulan una tumba quizás abierta, quizás cerrada, con una opacidad tal que no podría decirse si están vacías o estás colmadas. De cualquier forma se adentra uno en la oscuridad.
¿Qué mensaje quisiste dejar al escribir este libro?
No sé si hay un mensaje que haya querido dejar detrás de esas trescientas y tantas páginas de poemas que conforman el libro. No al menos un mensaje que podría reducirse a una frase sentenciosa y cliché, ni tampoco un mensaje lingüístico incluso, pienso. Creo más bien que detrás de todo esto hay un impulso gráfico, como si los poemas en su totalidad no fuesen otra cosa que los trazos de una pintura en movimiento que no buscan secarse, que más bien buscan saturar la capacidad para nombrar cosas que tenemos, una especie de hacer silencio, entender que la letra tiene volumen y que incluso a veces chorrea («La página del vacío aparente viene escrita / solo hay que tactar», dice un poema de Elvira Hernández, otra antena).
Nicolás alguna vez dijo que veía en el libro algo como los ukiyo-e o «pinturas del mundo flotante», cuyo origen, curiosamente, se remonta al concepto del dolor budista ukiyo o «mundo doloroso», para referirse al sufrimiento inherente al acto de vivir. Ese mismo giro irónico en la palabra ukiyo-e rema hacia una especie de felicidad amparada en lo pasajero, lo flotante y lo transitorio, y puede que eso mismo sea lo que descanse en lo profundo de estos poemas, un vitalismo que para ser ha debido adentrarse en aguas oscuras: en lo que no se deja ver, en lo que se evita, en el misterio de lo ajeno y de lo que aún no es capaz de ser explicado, para transitar como un río volador por una corriente que pretende izar la bandera de la creatividad en tanto acto de liberación, redención y comunión sensible con lo otro, y así intentar sanar poco a poco el trauma colectivo que afrontamos hoy en día en un país tan golpeado como el nuestro por aparente inamovilidad de sus necropolíticas. Sin embargo, más que intentar dar una respuesta a esta pregunta, me interesa seguir expandiéndola, buscar que se instale y movilice en la mente del lector. ¿Qué le dicen a cada uno estos poemas? El trabajo de alrededor de ocho años que hay detrás de este libro exige una lectura activa, busca el principio de la actividad en la mente del lector, y me da mucha curiosidad lo que podrían decir, ya que, como con Martín, en ello radica también que yo pueda descubrir lo que intenté decir con esto, una experiencia que a su vez es el reflujo de muchas otras experiencias vitales, y que solo podría llegar a consolidarse a través de esas potenciales experiencias de lectura de los otros.
¿Dónde lo podemos encontrar?
Lo pueden encontrar en algunas librerías del país: Ulises Lastarria, Catalonia, Metales Pesados, Universitaria, Hueders, Lolita, Nueva Altamira, Qué Leo, UDP, por nombrar algunas. Lo encuentran también a través de la misma editorial, tanto digital como físicamente en ferias de libros. Lo encuentran en Buscalibre y en alguna que otra página virtual, y también lo encuentra directo a través de mí mismo. Si ya lo encontraron o se aventuran a encontrarlo, desde ya les doy las gracias.