Delfín Díaz Quezada: «Me di cuenta que el libro tiene vida propia, y ha adquirido propósitos y desafíos propios»

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Delfín estuvo en la cárcel y, estando ahí, participó en una revista donde se encargaba de la Pastoral Católica Carcelaria. Y de pronto su vida cambió, llegando a escribir lo que sería el primer capítulo de La Bufanda Colorinche y otros relatos. Busca despejar el mundo que se vive en la cárcel y abarcar temas interesantes. Nos contó que le gustaría tomarse algo con Lucas, el evangelista, y sobre la cercanía que él tuvo con las historias.

 

—¿Cómo y por qué se le ocurrió la idea de crear este libro?

Estando preso en la Penitenciaría de Santiago, en el Sector Módulos, participaba de una revista de internos llamada Con Visto Bueno. Yo hacía la página de la Pastoral Católica Carcelaria, donde también participaba, además la columna nacional y a veces la Internacional, alguna poesía y así. Al cierre de edición faltaron algunos artículos que llegar y producto de ello me pidieron unas poesías, un cuento cortito, algo que resolviera el apuro de editar con todo resuelto, fue así que hice el Primer Capítulo de la Bufanda, fue tal la recepción que me pidieron que siguiera con el cuento y siguieron otros micro relatos que dieron cuerpo a ese mi primer cuento. No hubo premeditación, todo adquirió sentido y se hizo un todo con los otros dos relatos del libro. Todos los capítulos se discutían ya que el tema de los gays en prisión tiene aspectos especiales y a ratos controversiales, el tema fue un desafío autoimpuesto, si me voy a pegar un salto debo hacerlo en algo que valiera la pena, y no era el tema evidente, sino el latente, «El prójimo». Ese aspecto es lo central de todos los relatos.

 

—¿Cuál es su cercanía con las historias que escribe en el libro?

La Bufanda Colorinche tiene un mosaico de asuntos que son aconteceres cercanos, de la cárcel, de mis recuerdos, de mi incipiente orfebrería literaria, cosas intensas, saludos a vidas pasadas, cosas que me conmovieron. En una hablo de las luces navideñas en la ventana de una celda que daba a la avenida de los pobres, eso es verdad las ponía un ex carabinero para que su familia las viera y supiera en donde estaba él. Cuando él conoció el cuento se emocionó. Cuando despliego el chiste de las ciruelas negra-roja-verde era el chiste de batalla de Norma Vergara (muerta en combate en marzo de 1993). Lo usé para traerla de vuelta, jamás terminada de una el chiste ya que siempre se reía antes del final. También hay cosas mías, momentos duros que, como todo preso, viví, como la muerte de algún compañero que sentí muy profundamente y dediqué, a José Hernández, Juan Díaz, a los 81 de San Miguel y los cientos de internos que jamás volverán a casa.

 

—«Un amigo es la familia que uno elige» lo escribió en el relato «La bufanda colorada», ¿qué significó para usted esta frase?

Hace décadas que esa frase me acompaña, no solo recoge y expresa una gracia otorgada, hay una manifestación de profunda conmoción en el universo que la supera, y es el amor. Lo natural en la familia es el amor filial, por vínculo, pero cuando el amor, especialmente el amor fraternal, por gratuidad te inunda, cambia la naturaleza, te das cuenta que estás viviendo en otra dimensión, tu mundo de afectos se puebla de manera novedosa cuando descubres nobleza, lealtad y generosidad en aquel cercano o cercana, y tu asombro y contento te lleva a reconocer en el otro u otra un vínculo indisoluble, ser familia, la que eliges. Es un reconocimiento a mis amigos y amigas.

 

—¿Cuál de los tres relatos es su preferido y por qué?

Sin dudas, los quiero a los tres, pero, el primero, «La bufanda colorinche», no colorada, me hace llorar y reír como si fuera la primera vez de todo, el primer beso, el primer hijo, el primer gran triunfo, es el mérito del primigenio. Ese es un motivo, y también que tiene la cualidad de rescatar o sacar algo de mí que desconocía o que latía y llegó su momento. Le debo un título, escritor, hace pocos minutos participé en un Café Literario como tal, me han convocado a hacer dos veces juez literario en concursos, y así cosas interesantes que yo no he ganado, sino que «La bufanda colorinche» ha permitido.

 

—¿Cuál es el mensaje que quiso dejar con la obra que realizó?

Esencialmente tuvo dos objetivos, «visibilizar» fragilidades y grandezas en el mundo carcelario, los presos, los familiares, los funcionarios de Gendarmería, los que ejercen apostolados y servicios muy anónimos, vidas y vivencias. Y, en segundo lugar, en ese mundo brutal y desgraciado hablar del prójimo. Después me di cuenta que el libro tiene vida propia, y ha adquirido propósitos y desafíos propios, que me han convocado a participar y replantearme nuevos asuntos y a ratos, me ha emplazado a nuevos derroteros y desafíos. Este hijo ya me tutea y se ha hecho mi amigo.

 

—¿Qué es lo que más rescata de este libro?

La literatura carcelaria es algo gris, vomitiva, desgarrante, con motivos de sobra para escupirnos a la cara. Sabiendo eso, quise que lo que entregaba se leyera hasta el final y que el lector se apropiara de aquello que le hizo eco y se motivara a profundizar y despejar prejuicios del mundo carcelario.

 

—Llama la atención las ganas de irse superando, ¿en que se vio reflejado?

Yo he tenido una vida muy modesta y le puedo confesar que hay mucha timidez en mí. El escribir quizás denote algo íntimo, a ratos anónimo para uno mismo, pero el avanzar, crecer, levantarse, reinventarse, restaurarse sean aspectos de ese deseo de dejar atrás las anclas personales que muchos tenemos, ya sea para salir de una condición dada o lisa y llanamente para respirar la libertad de no ser esclavo de trancas o limitaciones. Creo firmemente en que «Él hace nuevas las cosas», y el camino es «darse» para cambiar las cosas, o de las cosas hacer lo mejor que uno pueda de ellas.

 

—Si pudiera tomarse un café con algún escritor/a, ¿con quién sería?

Espero no parecerte pechoño o muy fanático, pero me gustaría regocijarme en escuchar a un gran escritor, médico, cronista, viajero, testigo, a Lucas el Evangelista, Un café, una chela, lo que resulte más idóneo a ese momento, no me gustaría estar solo, invitaría a mis amigos (as), la familia elegida, a mi padre y esposa y algún compañero de aquellos de la cana. Un personaje como Lucas no es para vivirlo solo.

 

—¿Dónde podemos conseguir el libro?

Yo mismo imprimí, con ayuda de amigos, las 3 ediciones que he sacado, cerca de 800 libros que se han vendido en círculos. Traté de colocarlos en librerías, pero reconociendo que les gustó, no prosperó ninguna oferta. El camino ha sido largo en ferias artesanales, al terminar la misa afuerita, por mano, o los amigos lo han comprado o llevado varios para sus conocidos o como regalo. No me he hecho mayor drama, se vende, pero del mundo comercial del libro soy bastante ajeno. Tal vez exista un padrino desconocido en el futuro. O como Juanito Manzana, aquel del folclore americano, que dejaba semillas de manzanas plantada en cada pueblo por el cual pasaba. Y cuando viejo se solazaba de ver manzanos en flor, aquellos que él plantó. Es un tema la venta, pero hasta el momento ha sido de este modo.

 

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