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Inicio/Colaboraciones/Dos cuentos de Paulina Correa: «Contra la estampida» y «Empezamos mal»
Colaboraciones

Dos cuentos de Paulina Correa: «Contra la estampida» y «Empezamos mal»

Ernesto González Barnert
Por Ernesto González Barnert
Julio 8, 2020 5 Min de lectura
Lecturas: 2,577
Paulina Correa, escritora y gestora cultural, formada en la Facultad de Arte de la Universidad de Chile, desarrolla su intensa actividad en la Sociedad de Escritores de Chile. Ha publicado varios libros de cuentos, Signo de los tiempos, Cuentos de locura urbana, Cuentos para familias normales, entre otros, una obra de teatro, Princesa, una historia de sangre para niñas tristes, montada en el teatro el Puente en una temporada. Formada por Camilo Marks y Pía Barros.

 

Contra la estampida

Tenía cáncer, lo sabía hacía una semana.

No era que se diera por vencida, pero quería hacer una pausa, darse permiso para no ser racional, hacer justo lo que no debía.

Había puesto en la maleta ropa, que quizás después de ese viaje, no usaría más, era su viaje al fin del mundo, el de su propio mundo.

En el taxi leyó al descuido la portada del diario que insinuaba la proximidad de la pandemia.

Lo dejó y fijó su atención en la calle, los últimos meses habían dejado huella en los muros, una primera ola que había remecido la ciudad desde la movilización de la gente, la ola que venía era invisible pero la sentía en la piel.

El aeropuerto estaba medio vacío, el vuelo lo habían pasado a un avión más pequeño y sintió el miedo de siempre en el estómago.

Sin embargo, no era momento de cobardías, se sentía como un animal que corre en sentido contrario en una estampida, y así y todo quería hacerlo.

Él estaba ahí parado en el hall con su maleta, esa complicidad íntima en este momento de locura.

Mientras todos pasaban cubiertos con mascarillas se besaron como siempre. Ella sabía que era el último viaje.

Se lo merecía, ni por buena ni por ningún mérito, solo porque quería seguir viva, viva a su manera hasta el final.

Las turbulencias parecían eternas, él, cariñoso, trataba de calmarla, continuaron incluso cuando la ciudad ya se veía por la ventanilla.

La gente caminaba relajada por el borde de la playa, salieron del hotel y se dirigieron al mar de inmediato, con esa urgencia que se había instalado en todo.

Al caer la noche se quedaron ahí sentados, con la ilusión de que nada podía perturbarlos.

Hacer el viaje era también hacer la romería habitual por lo lugares de rigor, pasaron ese primer día tomando fotos, sonriendo, jugando a la normalidad.

Al atardecer como en cuento de hadas y brujas un vendedor les comento que cerrarían las playas al día siguiente.

Había querido estar con él en algún lugar que tuviera aún aroma a vida, así al día siguiente fueron a una playa aislada.

El mar, las sonrisas, una caricia en el pelo de él y había valido la pena.

En el celular entra un mensaje de la línea aérea, anticipan el vuelo de vuelta, así sin más en tres días, acepta, llena el formulario y vuelven a la ciudad, ahí ya la gente no es la misma.

Esta vez el paraíso no es suficiente escudo, no hay blindaje.

Comen en uno de los pocos lugares que siguen abiertos, ella mira sus ojos y sabe que la vida es hermosa, aún en medio de todo.

Los vendedores pasan y los turistas ya no compran recuerdos, el miedo a no tener futuro.

La última noche se sientan en un lugar frente a la playa, los dos sienten la presencia del otro, ella sabe que hace años que no tendría vida sin él, simple y directo.

Como una película que se rebobina vuelven al aeropuerto, esta vez está casi vacío, salvo por un grupo que protesta, porque no tiene vuelo para dejar el paraíso y volver a su país.

Por primera vez ella ve el riesgo, más bien ve que para él no es justo quedar en el limbo, que él merece ver los capítulos siguientes y que para eso tienen que volver.

El aeropuerto fantasma se los va tragando, llegan a una puerta de embarque en que se agolpan los únicos viajeros de ese día, pasan las horas y el vuelo se atrasa.

A ella le parece que es tarde para pedirle perdón por llevarlo al borde de la nada.

Llega un grupo grande de pilotos y azafatas, muchos más que los necesarios para ese vuelo, embarcan con ellos, van de pasajeros, el capitán saluda, informa que es el último vuelo que saldrá, ahí quedan como aves gigantes los aviones abandonados.

Ellos se abrazan, se besan, ella llora y descubre que tiene ganas de seguir, de pasar por esto y seguir con él el resto de su vida aunque eso no sabe cuánto
será.

Quedan cuatro horas para llegar a Santiago y a lo que llaman realidad.

 

Empezamos mal

Realmente no quería salir, costaba tanto que lo entendieran, como si ellos no hubieran pasado lo mismo alguna vez, así empezamos mal, obligándolo a uno a hacer lo que no quiere, a sacarla por la fuerza. Nadie podía haberme discutido que estaba más cómoda en mi espacio, que podía dormir en un largo baño caliente, no había muchos ruidos molestos, bueno, salvo las discusiones que se oían de tanto en tanto, no tenía que compartir ni verme obligada ver a nadie, podía pasar largas horas sin pensar, con la mente en blanco, un papel sin nada escrito, en fin, era casi el paraíso.

Esa mañana sentí discusiones afuera, agitación, un pulso rápido en todo el ambiente. Era el desalojo, lo presentía, me vino el pánico, claro, el mismo que iba a sentir desde entonces de vez en cuando, enfrentarme a los desconocidos, y enfrentarme a los que sí conocía y no tenía muchas ganas de ver, a mis padres, a mis parientes.

No es que tuviera prejuicios, obraba con conocimiento de causa, los conocía tan profundamente como ellos no podían sospecharlo, me sobraba el rechazo de mi padre, la neura de mi madre, la compasión de algunas frases, solo el silencio y la mano tranquilizadora de mi abuelo materno, un gran tipo, y el magnetismo callado de mi abuela me convencieron de que debía salir, no había vuelta, mal que mal alguna vez uno debe madurar, dar un paso adelante, ver la luz, ser alguien. Me relajé lo más que pude, puse todo de mi parte y finalmente nací.

Ernesto González Barnert
Por autor

Ernesto González Barnert

Ernesto González Barnert (30 de agosto de 1978, Temuco, Chile). Su obra poética ha sido reconocida con el Premio de Poesía Infantil de las Bibliotecas de Providencia [2023], Premio Pablo Neruda de Poesía Joven [2018], Premio Nacional de Poesía Mejor Obra Inédita [2014], Premio Nacional Eduardo Anguita [2009], Premio Nacional Pablo Neruda de la U. de Valparaíso [2007], Concurso Internacional de Poesía Nueva York Poetry Press [2020], Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio (2003), Primer Concurso de Poesía del Sur (2005), Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral de la I. Municipalidad de Santiago (2005), entre otros premios, becas y concursos de índole poético. Licenciado en Cine Documental de la UAHC y Diplomado en Estética del Cine de la Escuela de Cine de Chile. Gestor Cultural. Reside en Santiago de Chile.

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Representante legal: Iván Martínez B.

Editores: Iván Martínez B., periodista / Carla Salazar L., magister en edición.

Colaboradores frecuentes: Francisca Gaete Trautmann, periodista / Joaquín Escobar, sociólogo y escritor / Ernesto González Barnert, poeta y cineasta / Juan José Jordán, editor.

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