«El Faro» de Felipe González A. (La Pollera Ediciones)

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Un protagonista sin nombre que estudia filosofía en la Universidad de Valparaíso se entera de golpe del suicidio de su primo. Está durmiendo en su pieza cuando una llamada de teléfono interrumpe la quietud de la casa: Rodrigo se mató.

Este es el punto de arranque de un texto delicado y honesto que lejos de las grandilocuencias experimentales, busca remecer al lector mediante una narración que mantiene el vértigo sin perder su inventario de cosas ausentes.

Si bien la supuesta muerte de Rodrigo es una de las aristas de la novela, las otras tramas conducentes son un amorío fracasado y otro por conveniencia afectiva. El protagonista que habita un presente melancólico en el cual las citas con Rodrigo nunca logran concretarse, deambula por recuerdos inciertos y tardíos, intentando encontrar las piezas de un puzzle familiar que es también personal, pues todos los personajes de El Faro son de contornos difusos que nunca logran determinarse, como si las representaciones que vemos fueran marionetas que esconden los hilos de vidas fragmentadas hasta la desintegración.

Lo que resulta más interesante de la novela no es su trama. La historia es repetida y conocida (amores universitarios, suicidios, curaderas, problemas con la madre, primas misteriosas), la gran potencia de El Faro está en su escritura. Párrafos largos y bien trabajados en los cuales nada queda liberado al azar, van documentando una novela llena de tejidos y subtextos que nunca llegan a esclarecerse. Al modo de un faro, a ratos vemos una luz que ilumina ciertos momentos de la vida, pero que en el fondo son intentos por retener historias que se observan partidas por la mitad.

El final de la novela no tiene mucha relevancia (no se avanza por el texto buscando una respuesta), más bien lo que retiene al lector es la estética de un fraseo lleno de cadencia en el que las reflexiones sobre la escritura (para qué escribir, cómo reconstruir, para qué volver) son un coro narrativo que golpea al lector no solo en sus articulaciones gramaticales, también en la construcción de recuerdos que siempre terminan sumergiéndonos en las impotencias de la trampa.

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