Entrevista a Carolina Reyes Torres: «Los seres humanos somos máquinas de relatos»
Conocí a Carolina Reyes Torres en el taller literario de Gabriel Zanetti. Escribía crónicas y diarios en los que siempre conjugaba lo íntimo con lo público. En su pluma había un torrente en el que convivía farándula, fútbol literatura caribeña y una lejana vida en Buenos Aires.
Pasaron los años y armó un blogspot en el que fue alojando su trabajo. Parte de esa producción literaria es la que publicó la E en Horario continuado, un texto híbrido y lúcido que invitamos fervientemente a leer.
—¿Cuánto influyó en tu escritura el taller del poeta Gabriel Zanetti?
—Muchísimo, siempre le hago la broma a Gabriel que fue posiblemente el primer escritor que leyó mis peores textos, pero jamás encontré una desaprobación o algo parecido, al contrario, Gabriel es un entusiasta de los procesos de sus estudiantes. En su taller siempre ha generado un espacio seguro de escritura y se transforma a la vez en un laboratorio personal en donde cada estudiante explora escrituras, géneros, posibilidades creativas, así llegué yo a la crónica. Había investigado varias formas de escritura, algunas quedaron guardadas, otras las estudie más solitariamente y la crónica reverdeció como una posibilidad cierta de expresión escritural para mí al menos y que probablemente siga practicando.
—En las primeras crónicas la narradora presenta estados de ansiedad y paranoia. En todo ve un peligro, tanto en los aviones como en los síntomas incipientes de una enfermedad. La vida cotidiana de los seres humanos está muy determinada por hacer ficción de cosas que no han pasado, de imaginar mundos posibles que por lo general son terribles. Somos máquina de construir literatura.
—Ahí hay un inevitable tema biográfico, las crónicas las comencé a escribir durante el 2020, plena pandemia. La sensación de muerte era muy concreta y seguramente al estar en ese estado de alerta se me sumaron otros miedos atávicos que tengo como a volar, a atragantarme con un pedazo de carne o como me dijo una vez un amigo: «a morir de forma estúpida». Con respecto a la segunda aseveración así es, los seres humanos somos máquinas de relatos, lo que pasa es que no todos escribimos esas ficciones, pero yo conozco una cantidad de cronistas orales aficionados que es francamente impresionante.
—En tus crónicas hay una estructura híbrida en la que conviven Moria Casán, Pedro Mairal, el dedo de Gonzalo Jara y Hannah Arendt. El cruce de culturas como una forma de hacer literatura. Me parece que en esta decisión hay, entre otras cosas, un posicionamiento anti-academicista.
—Me cuesta pensarme desde lo «anti», porque igual la encuentro una militancia un poco agotadora. Me parece que eso que observas en mis crónicas responde a mi periplo de influencias culturales que van efectivamente desde La One (Moria Casán) porque ella es un motor de generar frases para el bronce que se vehiculizan en la cultural popular, muy al estilo de Maradona también. La anécdota, en este caso el juego sucio de Jara en ese partido contra Uruguay, pero la anécdota como catalizadora de escritura. De pronto partes con una historia y conforme la vas escribiendo te das cuenta que el trasfondo es mayor que se juegan muchas más cosas que el pequeño suceso en sí. Mairal es gran influencia sin lugar a dudas, su libro Maniobras de evasión es clave para entender la crónica literaria en la actualidad, además ese texto a mí me enseñó cómo se hace la construcción de un libro de crónicas. Hay una cosa muy hibrida y fragmentada en estos libros que me entusiasma. En mi caso, cuando empecé a escribir no pensaba en un volumen propiamente tal, solo me deje llevar por la pulsión, la observación de las cosas que me llamaban la atención y de pronto, luego de dos años, tenía un grupo de textos. Entonces me empecé a preguntar ¿Hay aquí algo como un conjunto o son solo relatos en fila?, ahí la ayuda de Gabriel e Ismael Sierra ambos escritores fue fundamental y sus miradas me confirmaron que había una posibilidad de unidad. Y lo de Hanna Arendt me parece que es mi costado formal, empecé un rally académico que aún no tengo muy claro porque lo lleve a cabo hasta el final, pero sería muy mentiroso de mi parte decir que ese recorrido notable de lecturas e investigadores que eran nuestros profesores no me influenció, al contrario. Igual mi experiencia con los estudios de postgrado no es esa caricatura medio corta de un piño de “señorongos con barba gris” que rigen nuestro gustos estéticos, nunca fue así, el grupo de académic@s que yo conocí eran gente muy curiosa de fenómenos literario-culturales y compartían con nosotros sus hallazgos, nada más alejado de lo conservador.
—Mi crónica favorita es en la que describes la ruptura amorosa de Shakira y Piqué. Interpretas de forma teórica un conflicto de farándula. Te posicionas lejos de los panfletos y la sobreideologización para dar una mirada lúcida sobre un evento masivo. ¿Por qué te interesó este tema, qué te motivó a repensarlo?
—Eso tiene que ver con los feminismos, cuando una llega al pensamiento feminista a lo primero que tiene acceso es al feminismo liberal yanqui, que es extremadamente conservador, porque todo lo que emana de EE. UU. siempre es puritano, hasta las teorías de género que promueven. Ese feminismo liberal al ser puritano es restrictivo, implica un deber ser, qué es ser una buena feminista, aspira a una perfección actitudinal, que está más cerca de un culto que de un pensamiento crítico. Lo encontraba extremadamente rígido y funcional al capital, da la impresión que las feministas liberales quieren llegar a puestos de poder y no mucho más. Quedé un poco «guacha» de pensamiento no entendiendo mucho que ofrecía el norte hasta que conocí feministas latinoamericanas y eso era otra cosa, mucho más dúctil entendiendo nuestro contexto y nuestra historia colonial, respire aliviada. En esa forma de pensar la sororidad que es uno de los tópicos que toco en la crónica tiene límites, me costaría muchísimo tener sororidad con Margaret Thatcher, el daño realizado es indesmentible dentro de Inglaterra y fuera, extremando el ejemplo. Pero en el caso Mebarak-Pike las feministas liberales andaban pidiéndole a Shakira un respetuoso silencio hacia su marido y sororidad con la amante que se le fue a meter a la casa, porque eso es lo que se debía hacer. Es un portonazo emocional a mano armada el que sufre la tipa, no se le puede pedir tanto a una mujer en esas condiciones, es irreal lo que planteaban.
—Tu literatura es opinante y toma posición, ¿cómo surge esta voz narrativa?
—Me parece que no es muy premeditado eso, es más, encontraría muy difícil jugar a la neutralidad, porque la crónica tiene eso en un punto, el escritor tiene una mirada en torno al tema, aunque podría ser un ejercicio literario de hacer una crónica donde el punto de vista quedara neutralizado, seguramente no sería una crónica y se transformaría en un relato. Donde las perspectivas pueden quedar más atenuadas en las acciones de los personajes.
Por otro lado, la experiencia vital de habitar en una fase capitalista que tiende al salvajismo, como lo señaló el Papa Francisco, y que produce un descarte de personas a nivel nacional y mundial (habida cuenta del genocidio en vivo que presenciamos desde Palestina, con más de 60 mil civiles muertos) me pone de manera natural cuestionando toda mi realidad, el nivel de distopía apocalíptica es tan generalizado que si tú opinas que se deberían dejar de matar civiles en la Franja de Gaza, te pueden acusar de pro terrorista, ese es el nivel de desquicio que vivimos, por solo dar un ejemplo.
—¿Quiénes son tus cronistas de cabecera? Me parece que tienes mucha influencia de Pedro Mairal (a quien por lo demás nombras).
—Ya comente latamente en relación a Mairal. Pero debemos empezar por el principio y en Chile, ahí hay que llegar a Joaquín Edwards Bello clave en la panorámica nacional. Una sorpresa para mí fue un libro de crónicas de Marta Brunet, ahí hay una entrevista que me voló la cabeza, una que le realiza a un joven Claudio Arrau, es increíble como lo perfila, es una suerte de Daddy Yankee del piano: buenos trajes, accesorios de oro y varias chicas. Es notable porque además lo contrasto con la primera imagen que yo tuve de Claudio Arrau; un señor mayor vestido de negro que tocaba a Beethoven y que visitó Chile al final de la dictadura -cuando era una estrella del piano clásico- por lo tanto había mucha tensión en esa visita, pero fue muy refrescante leer ese relato de ese otro Arrau, «Claudito» seguramente para los amigos, que se vino a desordenar en un verano desde Austria. Lemebel es completamente fundamental porque tuvo un acto de genialidad; renovar el género, abrirlo a nuevas miradas de clase y sexualidad, eso lo han logrado muy pocos escritores en el mundo, Roberto Merino también me parece interesante, es súper respetado fuera de Chile como cronista, la escritora trasandina Hebe Uhart lo encontraba un innovador, con la capacidad de hacer una crónica de prácticamente cualquier cosa incluso de su mente, de sus pensamientos. También me gustan los escritos de Alejandra Costamagna, el texto “Quiltro” es un neo clásico del género en Chile, el final con la hermana matando hormigas en el jardín lo es todo. Ya en otras latitudes Leila Guerriero es arte mayor, su crónica investigativa está a otro nivel y sus columnas de El País también son fantásticas, María Moreno para mí es una rockera escribiendo, tiene un swing increíble y con un acervo cultural impresionante, en algunas entrevistas se la puede ver como una rockstar con sus chaquetas de cuero y sus botas con tacones negros, pero cuando habla es como una académica de Cambridge. Yo era una de las personas que esperaba cada quince días que aparecía la entrega de Juan Forn en la web de Página 12, hace poco terminé sus ensayos La tierra elegida, a Forn lo movía un amor profundo por la literatura y una curiosidad por todo tipo de relaciones culturales improbables. Las crónicas de Clarice Lispector también son una parada obligada si se quiere conocer el género. Pasando ya más a lo netamente periodístico ahí están también los viajes y entrevistas de Ryszard Kapuściński o Günter Wallraff con su texto Cabeza de turco, una investigación en donde Wallraff se disfrazó de inmigrante durante 6 meses para saber, en carne propia, que le pasaba a la comunidad turca en términos laborales en la Alemania de los 80, siguiendo la línea del periodismo gonzo.
—Hay mucha gente que desea publicar. Mandan sus textos a editoriales y ni siquiera obtienen una respuesta. ¿Cómo llegaste a Aparte? ¿Cómo se produce ese primer encuentro?
—La verdad es que cuando llegue a la crónica decidí resucitar un blog que tenía completamente abandonado desde el 2015, en el 2020 mientras trabaja en el taller con Gabriel en mis experimentos, ocupaba mi blog como espacio creativo y comencé a mitad de año despachándome 11 crónicas ese segundo semestre y otras 19 para el 2021 y de manera muy artesanal viralizaba mis escritos en mis redes sociales. De tal suerte que mucha gente empezó a leer mis crónicas online, entre ellos Rolando Martínez director de Editorial Aparte y luego de varios intercambios y opiniones positivas de mis textos Rolando me habló de la posibilidad de publicar en la editorial y desde ese momento me aboqué más formalmente a articular el grupo de crónicas que podrían ser parte de este primer libro. Mi recomendación en ese caso a algún escritor secreto que llegue hasta aquí leyendo esta entrevista es que se cree un blog y haga circular sus textos de manera online y se ayude de sus rrss, suena a como tirar una botella con un mensaje al mar, pero es interesantísimo también el tipo de circulación que se genera en línea. A mí en la vida real me conocen en mi casa y mis amigos, pero mi blog que se llama omnivoracultural.wordpress.com tiene un poco más de 10 mil visitas, te leen desde fuera de Chile y algún que otro visitante te da feedback de alguno de los textos. Como laboratorio es muy bueno también, hay ocasiones que yo he escrito cosas que pienso sinceramente tienen calidad literaria y en un día lo han leído 20 personas, otras veces he colgado escritos más viscerales con menos perfección y de pronto 100 personas leyendo la entrada. Finalmente es un misterio que es lo que te puede conectar con el lector. Para mí un buen texto de crónica debe provocar tu reflexión personal sobre el tema, que te acuerdes de lo que a ti te pasó con el tópico que el escritor eligió.