Domingo, Febrero 25, 2024
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Entrevista a Javier Rodríguez, autor del libro «Un hogar llamado Santa Laura»

 

En revista Lector conversamos con Javier Rodríguez sobre su libro Un hogar llamado Santa Laura. Entre panaderías, jugadores metedores, viajes que no se realizaron y una ternura a toda prueba, asistimos a un retrato íntimo de la Unión Española. 

 

—La Unión Española funciona como una comunidad. Si bien lo señalas y describes en el libro, también en el lanzamiento se palpó ese reconocimiento entre pares.

—Sí, y fue bien impresionante porque no somos un equipo de alta convocatoria, al contrario. En el estadio, salvo que estemos peleando por algún objetivo importante, somos siempre los mismos dos mil cada fin de semana. Pero esos dos mil son particularmente fieles. Hoy existen tres programas partidarios, por ejemplo, y a los tres les va muy bien en sintonía. De hecho, si te metes a los chats de las transmisiones en vivo, te encuentras con los mismos, que luego también reconoces en Santa Laura.

Creo que la conmemoración de los cincuenta años de la dictadura nos ayudó a recordar sus crímenes atroces, pero también implicó darnos cuenta de las herencias más subterráneas que nos dejó y que hemos normalizado. Una de ellas es la horadación de lo público, de las instituciones públicas. Instituciones que antes brindaban refugio como los partidos políticos e instituciones educacionales se terminaron transformando en proveedores de bienes y servicios. Si miras para el lado, otra institución relevante como la iglesia católica vive su propia crisis. Mick Jagger lo refleja bien en ese himno que es Gimme Shelter.

Entonces, ¿qué espacios nos quedan para encontrarnos independientemente de nuestro origen social, el género y las diferencias ideológicas? Nuestros clubes de fútbol, a pesar del esfuerzo de las administraciones de la mayoría de las sociedades anónimas deportivas por convertirlas en meros productos, cambiando los socios por abonados. Mi editor, Nicolás Meneses, me hablaba de la militancia del hincha del equipo de baja convocatoria. Y así lo siento, como una resistencia. Ese día nos encontramos en la trinchera: personas que recién se habían divorciado y que el club, a pesar de todo los ayuda a seguir; gente que sigue al equipo porque siente que le permite continuar con la tradición y honrar la memoria de su familia; hinchas que se convirtieron en fieles porque vivían cerca del estadio. Cuándo y dónde nos hicimos hinchas da lo mismo, creo que Unión es un equipo en el que cabemos todos y ese día -aún cuando sigo asimilándolo- lo sentí así, como tú dices: una comunidad que resiste y prevalece.

—El libro tiene muchas anclas literarias (por ejemplo, te declaras tan zambrista como hispano, haces una referencia a Norman Mailer y a la escritura de Bolaño). Me resulta más atractivo leer libros que vinculen el fútbol a la literatura o a la música (Joan Manuel Serrat) que al periodismo y lo numérico. Al fin y al cabo a las tablas excel les falta alma. 

—Algo que me frustra, pero que he llegado a entender de a poco y que hoy ya asumo, es que mis libros no nacen de una planificación. Son los textos que puedo escribir, nomás. Quizás suena mejor que «debo» escribir. Hay un impulso que me empuja y que, mientras tanteo, me angustia un poco.

Dado que la literatura es mi otra gran pasión, el otro espacio donde he encontrado refugio -los libros, no la comunidad literaria- es inevitable el cruce. Me encantaría tener talento para los números, o ser un estadístico riguroso, pero no lo soy. Y siento que esos libros hacen un aporte real, importantísimo, pero ya están, por lo que si yo hubiera decidido irme por ese lado, probablemente lo hubiera hecho peor que sus autores. La crónica, a veces, permite alcanzar un vuelo literario, pero en este caso quise dar cuenta de una experiencia y mirada personal. Ni mejor ni peor, si no la mirada de otro integrante de la tribu. Por eso siento que este tipo de libros son inagotables, porque siempre habrá personas con ganas de compartir y decir: no, yo lo vi distinto. Siempre me he rebelado ante la objetividad en la no ficción, una cuestión muy gringa y que creo que le ha hecho mal al periodismo. Y este libro es un poco una declaración de intenciones, también.

—Es interesante que tu ídolo sea Gonzalo Villagra. El metedor, el que la remó, el que no hacía goles, el que trancaba en el mediocampo. Por lo general se escribe sobre el que hace goles y lujos, pero los rústicos no entran en las categorías literarias. 

—Sí, es cierto. Yo también me he maravillado con los talentosos. Uno de mis referentes artísticos es Juan Román Riquelme. O Andre Agassi. Me identifico con él porque nunca fui un gran futbolista, pero me enseñó que al final la voluntad y la perseverancia se imponen ante un talento desaprovechado. El conejo y la tortuga. Ver la vida desde ese punto de vista me alienta no solo a la hora de ponerme los zapatos y entrar a una cancha, sino también de escribir.

—En el prólogo defines el libro como la experiencia de un hincha millenial, algo así como tus memorias con la Unión Española del siglo XXI. Si bien hay una historia íntima (panaderías familiares, vínculos paternales, viajes al Nuevo Gasómetro), siempre se está en diálogo con la comunidad, la idea de retratar lo público desde lo íntimo. 

—Claro. Me pasa que cada vez más le tomo mayor peso y respeto a las experiencias colectivas. Que se dé esa comunión es muy raro, sobre todo en el país del sálvese quién pueda. Los de Unión somos hinchas pesados, muchas veces desagradables. Amargados, a veces. Hay peleas internas. Pero somos capaces de abrazarnos cuando el Loly Piñeiro mete un gol y olvidarnos de todas nuestras diferencias. Nos peleamos porque somos apasionados y porque buscamos un objetivo común. La discusión es respecto al camino, a las fórmulas.

Me interesa entender estas experiencias comunitarias, públicas, porque creo que es lo que necesitamos también como país y que es lo que nos puede salvar. Con la literatura me pasa lo mismo: al final firma un autor, pero estoy convencido de que cada libro es un trabajo colectivo en el que participan el autor, pero también quienes conversan a diario con él, los que lo apoyan, editores, ilustradores, diagramadores… Y eso no me parece malo, al contrario; desacraliza la figura y nos permite entender que el éxito en disciplinas creativas como el fútbol o la literatura requiere de esfuerzos colectivos.

—En el apertura 2013 Colo Colo jugó para atrás (lo confirmó Vecchio hace un par de años), para perjudicar a la UC y que la Unión fuera campeón. Yo como hincha de la Cato miro ese partido desde otro lugar al que lo narras tú, hay una contraposición de recuerdos a partir de un mismo escenario. El fútbol como una cámara 360. 

—Me permito un alcance menor: es verdad que el hermoso Gordo Vecchio estuvo particularmente impreciso ese día, sobre todo considerando su calidad. Pero también el Chapa Fuenzalida jugó como si fuera Mbappé. Aún recuerdo ese achique del Mono Sánchez abajo, a quemarropa, que nos dio el campeonato. Eduardo Lobos atajó mucho también y venía de perder la final recién contra la Unión comiéndose todos los goles en Talcahuano.

Esto lo digo porque, creo, demuestra tu punto y que al final, lo que narramos, puede ser pensado como partes de una misma gran novela coral. En tu libro recuerdo el cuento del Tati Buljubasich y ahora me da risa, pero en su momento me piqué porque para mí fue muy dura su partida a la UC. Leyéndolo pensaba: claro, estos nos deben ver como unos energúmenos. Pero luego, conversando contigo, nos damos cuenta de que estamos en la misma: vinculando el fútbol con la creación literaria, intentando desarmar los cercos, conversando.

En Chile aún se mira por encima del hombro la literatura futbolística cuando en países con una tradición en narrativa, a mí parecer, más robusta que la nuestra como Argentina, Brasil, España e Inglaterra, la mayoría de los grandes escritores ha escrito sobre fútbol. Chico Buarque, Martin Amis, Nick Hornby, Juan Villoro, Soriano, Fontanarrosa, Enric González que es un cronista que admiro… Me gusta esa idea de la visión 360°, porque nos obliga a conversar con el otro, escucharlo, encontrarnos en sus palabras o mandarlo a la cresta. Y esa es la posibilidad que aún te da la literatura y no siempre el fútbol por el estado de las cosas, lamentablemente.

—¿Cuál es el futuro literario y deportivo de la Unión Española? ¿Te encuentras trabajando en una segunda parte? 

—Creo que el futuro literario es más claro que el deportivo. Hoy estoy en dos proyectos literarios, pero ninguno sobre Unión: un libro de cuentos que ya está listo y del que pronto podré dar noticias sobre su publicación y una novela que estoy escribiendo, de algo nada que ver: sobre un galgo de carreras que logra escapar de su dueño la noche antes de que lo sacrifiquen colgándolo en la carretera y que termina llegando a la casa de dos ñuñoínos emprendedores insoportables que ocupan muchos conceptos en inglés. Pero como te decía antes: yo escribo de lo que puedo, a lo mejor de lo que debo, no de lo que quiero. Y si tiene que salir algo de Unión, probablemente saldrá. Tengo ganas de escribir sobre Unión, pero también soy consciente de la necesidad de tomar cierta distancia -literaria, al estadio seguiré yendo como siempre- y dejar que este libro vaya forjando su camino.

El deportivo es más incierto: dependemos de que a Jorge Segovia se le pase la pataleta porque no lo dejaron construir las torres en el terreno de Santa Laura y vuelva a invertir como corresponde. O que diga: no me interesa. El principal problema de Unión hoy es el secretismo que emana de su propietario. El presente es preocupante: llevamos dos campañas horrorosas y, como dijo Zanahoria Pérez, somos un club estancado. Sobre todo a nivel del primer equipo y de infraestructura. Creo que en las inferiores se está trabajando muy bien y a eso me aferro para no ver todo negro. A eso y, también, a que hay gente a la que no le interesa la literatura dispuesta a ir a un lanzamiento de libro un miércoles en la noche solo para gritar un OLE CON E junto a esos desconocidos que reconoce como sus familiares. Ese amor, el de sus hinchas, funcionarios, jugadores y exjugadores será el que salvará a Unión.

Joaquín Escobar
Joaquín Escobar
Joaquín Escobar (1986). Escritor, sociólogo y magíster en literatura latinoamericana. Es autor de los libros de cuentos Se vende humo y Cotillón en el capitalismo tardío, ambos con la editorial Narrativa Punto Aparte.
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