Héctor Lira: «Mi inspiración nace de mi interacción con otros»

Fotos: Archivo del autor.

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Héctor Lira: «Mi inspiración nace de mi interacción con otros»

Se podría decir que, a raíz de un poemario de su abuelastro Héctor, conoció el mundo de la poesía. Su pasión por las letras fue a lo largo del tiempo uniéndose junto a su carrera de negocio. En una entrevista muy sincera nos fue contando, por ejemplo, sobre sus influencias, sobre sus libros, sobre el trabajo que está por publicarse, como también en qué influencias él se inspira al escribir. Te invitamos a leer la entrevista realizada a Héctor Lira.

 

-Cuéntanos de ti y de cómo llegaste al mundo de la poesía

-Cuando era adolescente descubrí en la casa del campo de mis abuelos maternos –esas casas viejas, coloniales, parcialmente de adobe, piso de madera y de cielos altos– una caja llena de libros de poesía que mi abuelastro había autopublicado sin mucho éxito en 1980. El libro se llamaba Muchedumbre a cuestas y cuando lo leí en su momento la verdad es, no entendí nada. No entendía bien el código, fue algo similar a lo que me ocurrió cuando tuve por primera vez álgebra. Era un libro extraño. A partir de ahí ese poemario se convirtió en un artefacto mágico e inútil que cuidaba como un tesoro, y hasta cierto punto, descubrir ese libro fue una autorización a escribir mis propias cosas «raras», que luego devino en mi poesía.

Sin embargo, empecé a leer poesía de manera sistemática después de publicar mi primer libro. Me morí de vergüenza de ver que mi libro no solo no ofrecía ninguna novedad, sino que tenía descuidos que para mí hasta ese momento habían sido invisibles. Entonces me puse a leer como si estudiara para rendir un examen de grado en otro idioma, tanto poesía como ensayos y tesis de poesía. Un momento clave fue cuando descubrí el libro El Eliot de otro(s) poeta(s), que es la traducción del manuscrito publicado por Valerie Eliot en 1971 que muestra la parte expurgada por Ezra Pound de The Waste Land, es decir, te muestra literalmente todas las partes que Pound tachó al borrador de Eliot. Eso fue muy liberador. Recién entonces entendí la humildad y amistad que implica la producción poética, el imperativo de precisión y economía en el uso del lenguaje, el arduo trabajo de rescritura, el desapego a tu obra, entre otras cosas.

-¿Cuáles son tus influencias?

-Quizás diré una atrocidad o un cliché, pero más que «poetas» me gustan «poemas», tengo un documento Word donde los voy coleccionado; una antología personal de poetas que no tienen nada que ver entre sí pero que me gustan, a veces algunos los subo a mi web. En ese sentido, me gustan muchos poemas de Cummings, William Carlos Williams, Lorca, Mistral, Teillier, Levertov, Sexton, Montale, entre otros. Ahora bien, más allá de lo literario, creo que la literatura visual del cine ha tenido una gran influencia en mi escritura. A veces me gusta interrumpir un poema con la descripción de una escena. Que la imagen hable por sí misma. Intentar escapar del lenguaje a través de una imagen simple pero que sintetiza muchas cosas.

-¿En qué te inspiras a la hora de escribir?

-En mi caso, escribir tiene más de método y hábito que de inspiración. Sin embargo, me ha pasado más de una vez estar leyendo algún poema y encontrar un verso que me vuela la cabeza y me dan ganas de robarlo. Siento envidia. Luego escribo mi versión de ese verso, lo deformo y lo adapto al punto que termina siendo algo totalmente distinto al original, pero a su vez «hijo» de ese verso. Lo mismo me pasa cuando traduzco poemas. Y en muchas ocasiones es hablando con otros que emergen imágenes o ideas que voy anotando por ahí. Mi inspiración nace de mi interacción con otros.

-¿Cuál fue tu proceso y desafío creativo con Recurso Humano? ¿Qué lo diferencia de tu libro anterior Fragmentos de un idiota?

-Debido a mi profesión me ha tocado conocer la forma de pensar, hablar y operar en las dinámicas corporativas. El lenguaje del marketing y el coaching lo impregna todo. Las palabras en inglés, las siglas, etc., excita a los business man, es realmente agotador. Nadie sabe más de frasecitas de autoayuda que un gerente. Y es precisamente desde ese lugar que surge Recurso Humano.

Sentí que había algo interesante ahí, en las escenas que observaba y en las conversaciones de las que participaba. El desafío era que el libro pudiese ofrecer imágenes diversas de cómo el neoliberalismo hardcore ha impactado la forma de habitar el mundo y el cuerpo. Me interesaba esbozar algunas hipótesis de cómo la crisis del capitalismo es también una crisis de la masculinidad. Si realmente observas las empresas, estas son una réplica a menor escala de las dinámicas sociales que se observan «fuera» de ella: masculinidades frágiles en la alta dirección, charlas de autoayuda impulsadas por las áreas de recursos humanos, neologismos, eufemismos como, por ejemplo, hablar de «socios» en vez de «trabajadores», el populismo de un cargo intermedio, etc. Lo difícil fue no juzgar ese mundo, no caer en la caricatura fácil y resentida, pero sí apropiarme de ello a través de mi poesía. Todo lo que recomiendan nunca hacer con las minorías, eso de la apropiación cultural, lo hice con esa minoría del Sanhattan.

La diferencia con Fragmentos de un idiota es que ese primer libro fue un balbuceo mal escrito de lo que luego logré modular mejor en Recurso Humano. Debo ser honesto. Publicar Fragmentos de un idiota no creo que haya tenido ningún mérito en sí mismo. Fue pagar a una editorial vía transferencia electrónica de la cual nunca vi a nadie para que publicara un libro que yo creía bueno, fue una transacción comercial. En cambio, Recurso Humano –la primera edición– fue un libro construido con calma, impreso y hecho por las manos de amigos de Editorial Deriva, fue una relación de cariño, lo siento mucho más orgánico en todo sentido. Y ahora con Buenos Aires Poetry –para la segunda edición que se publicó en Argentina– también ha sido algo más orgánico. Pese a todo, no oculto mi primer libro. He visto que muchos lo hacen. Ese libro para mí es como la grasa abdominal, la odio, pero es parte de mí y es más patético tratar de disimularla.

-¿Cómo unes tu carrera de negocios con la poesía?

-Creo que muchos poetas tienen oficios que no están relacionados con el mundo literario, se pueden dar cientos de ejemplos. En mi caso es lo mismo y creo que ahí hay mucha riqueza. Todos los que escribimos quisiéramos vivir de ello, pero en la práctica todos hacemos otras cosas para resolver nuestras necesidades materiales. Por un lado, lo agradezco, dado que ser poeta en Chile y tratar de vivir de ello –lo veo en mis amigos– es experimentar en carne propia la ferocidad del capitalismo, la precarización de los trabajos «no productivos».

Por otro lado, es difícil habitar ese mundo sin disociarse. Trato de ver que soy como un actor, pero cuando actúo me pongo en el personaje de negocios, no al revés. Y cuando se acaba la pega, vuelvo a casa a hacer lo que siempre he hecho. Al final, más allá de las conversaciones rimbombantes de qué es ser poeta y todo eso, para mí es una forma de habitar el mundo, de mirar, ni más ni menos.

-¿Para qué y para quién escribes?

-Me haría feliz subirme al Metro y que una persona cualquiera estuviera leyendo un libro mío. Imagino que le escribo a él o ella.

-¿Te planteas un objetivo como poeta?

-La verdad es que me imagino escribiendo en la tranquilidad de mi hogar con mi familia por ahí rondando. Eso es suficiente para mí.

-¿Qué es la poesía para ti?

-Una bodega atiborrada de objetos que pueden ser basura o tesoro según quien abra la puerta. Creo que todos estaríamos mejor si los poetas le restaran importancia a la poesía y, a la vez, la gente «común y corriente» la leyera más.

 

 

¿Cómo fue el haber participado en talleres de poesía?

-Genial. Un espacio de mucha humildad, pero exigencia. Carrasco es un «sensei» que cree mucho en la poesía de oficio y que, ya sea por accidente o por estrategia, logra generar grupos muy heterogéneos. Además, tiene una ética de trabajo del poema muy especial, muy artesana, muy de lijar el pedazo de madera antes de construir el mueble, por decirlo de algún modo.

-¿Qué sentido le das a la poesía en la actualidad y a futuro?

-Creo que en la actualidad existe un sentimiento colectivo de que algo se está acabando y algo nuevo aún no acaba de nacer. Sería interesante que desde la poesía pudiésemos hablar de eso y proyectar el futuro, ofrecer otras alternativas interpretativas del presente y de lo que puede venir. Para mí la poesía tiene sentido en la medida que amplía el campo de visión. Desde la poesía activista a la confesional, si los poemas están bien escritos, ambos amplían el horizonte. En Chile me pasa que hay mucha pelea entre «clubes» de poetas, en parte, debido a que los incentivos económicos en el mundo de la cultura hacen que tengas que competir y ganarles a otros.

Me imagino una poesía del futuro más centrada en la obra que en el autor. Darle más importancia a la diversidad y aparición de «poetas menores» que a la búsqueda del próximo Neruda, el «poeta mayor». Lo único que creo que sería revolucionario hoy en día en poesía sería encontrar un libro anónimo lleno de poemas increíbles. Imagina encontrar un libro que te rompa la cabeza y nunca sepas quién lo escribió, ni su edad, género, orientación sexual o biografía, nada. Solo la obra abriéndose camino por su propio mérito.

-¿Qué se viene ahora?

-A finales de este año publicaré en España mi tercer poemario Imaginar un hijo, es un poema largo cortado en 31 partes y es el más abstracto que he escrito, inspirado en las preguntas que haría un niño pequeño a su padre respecto de qué es lo que pasa en el mundo (estallido social, pandemia, etc.), qué significa ser hombre, qué es el dinero, por qué se está acabando el mundo, qué es dios (el «Padre»), etc., hasta que finalmente el padre muere. Un libro que nació en octubre de 2019 y se extiende hasta el día de hoy, con todo lo que ello conlleva. Por eso tiene un tono más dantesco.

Por lo mismo, dado que Imaginar un hijo es un libro donde me volé, ahora estoy escribiendo mi cuarto poemario, poemas de tres versos, cortos, escenas breves, escritas en simple, inspirado en los Haikús, pero con otra vuelta de tuerca. Han sido meses demasiado agotadores para escribir cosas mentalmente agotadoras.

 

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