Incertidumbre
Por Daniela Steffani (*)
Quizás esperamos un cambio ¿quién sabe? Como cada mañana, bajando las escaleras del metro que parecen grandes cerros que en vez de llevar viento empujando en contra y dificultando el avanzar, como hacer trekkin’ en las Torres del Paine o algo parecido pero esta vez, el viento lo reemplaza una masa de gente que avanza aceleradamente en dirección opuesta y que dibujan en el aire rostros variados, como revelando todo eso que nadie quiere decir. Todo de pie, la espera y el avance, empujando torniquetes con la cintura y leyendo la pantalla que avisa «ochocientos veinte pesos» o quizás un poco más, números verdes y a veces una cruz, suspiro y se vuelve a rezongar. La espera del metro y de la micro se ha vuelto un panorama poco envidiable para quienes caminan o conducen, y a veces un coche, o un desmayo, una pelea y una cara aplastada al vidrio de la puerta, ojos cerrados durmiendo quizás desde qué estación, con las costillas apretujadas y una espalda ajena rozando un mentón, sintiendo como cierta familiaridad en los desconocidos, cruzando miradas lagañosas y un espesor en el aire o en lo que queda de aire ¿qué estación viene ahora? La que posiblemente trae empujones y uno que otro quejido, quizás una en la que la masa de gente sea tan condensada que los cuerpos se arrastren entre sí y avance de forma expansiva como una gran mancha que se va esparciendo, una ameba pegajosa que se desliza por las escaleras pero que no pierde su forma, o sus átomos se pegan entre sí y se solidifica progresivamente, creando un gran bloque. Caemos en cuenta o posiblemente no del tagadá cotidiano que nos agita y marea diariamente, dónde pensamos que las decisiones son volátiles, y la raya en el papel que se mete en la urna no tiene tanto peso como la cantidad de papeles que llegan en el correo y que dicen «por pagar», ese peso que debería colgarse de los cuellos como grandes cadenas de cemento y que nos arrastran a leer, a reflexionar, a mirar un poco más allá de las pestañas ¿de qué sirve si mañana hay que ir a trabajar igual? Es lo que se escucha entre los murmullos del vagón, y que ni una decisión puede ser tan importante como la marraqueta en la mesa o la colación del lunes, metida en una mochila pesada con una cotona y un estuche con lápices sin punta. Aquí la intelectualidad pasa a segundo plano, si el nudo de la corbata está bien hecho o de si agudizo mis palabras con una frase que mencione «patria» como emblema ¿qué es patria si no es la raíz misma de lo que somos? ¿es la patria una bandera flameante cada septiembre o una seguidilla de rostros grandes y pequeños que cada mañana, alimentan el sistema con sacrificio y esfuerzo? Una patria no puede estar flameando a todo viento si el mástil está cojeando. Y así sucesivamente, un sinfín de formas que va tomando aquello que llamamos pueblo, desde esa gran mancha de tinta en las escaleras y en el paradero, en cubículos de nueve a cinco por el mínimo, al sol y en la sombra, con los pulmones inflados de aire acondicionado mezclado y smog, manos cansadas y tiritonas, piernas somnolientas y ojeras tono merlot, manos bañadas en cloro, deseos constantes de encontrar aquello que no saben qué es porque parece artificial, algunos le dicen casa propia y otros un refrigerador lleno, otros le dicen universidad y otros tranquilidad. Nos empapan la cara con agua helada en la mañana, el matinal nos desayuna tostadas y plomo, las redes sociales nos enrollan cual telaraña asfixiante, enrostrándonos una foto de algún genocidio y dos publicaciones más un perrito en adopción, una promoción de completos con shop y una oferta de manicure a dos cuadras de la casa. Nos clavan la daga en el vientre, mirándonos a los ojos y con una sonrisa, tuercen la muñeca para más dolor. Para no olvidar ¿qué es eso de la intelectualidad si no es más que leer libros apolillados que usan palabras como «entumecer el pensamiento crítico»? Y el día a día se vuelve así, un constante «¿de qué sirve?» que traspasa lenguas y tímpanos, si estar ocupado es útil y estar desocupado preocupante, si el hambre ajena a veces puede esperar, si dicen que la guerra no es eterna y que no debería importar si estamos a países de distancia, si los discursos no llenan ollas y que para empujarnos al día a día debemos esforzarnos más, quizás levantarnos más temprano, quizás quedarnos encerrados mientras podamos, que con un par de rezos el domingo llegue la paz, el fin de la guerra y el hambre mundial. El individualismo como mentor y la resignación como obligación. La incertidumbre como condición y la tolerancia como opción.
(*) Daniela Steffani, actriz y dramaturga.