La insidia del sol sobre el desamor. Sobre «Picnic para la persona amada», de Martín Cinzano
Por Álvaro Agurto Pincheira
De Martín Cinzano (Guayaquil, 1977), al margen de su prolífica labor escritural, sabemos entre otras cosas, de su afición por el béisbol, de su pasión por el jazz, de su incansable trabajo como librero informal, y de su fotográfica caza de imágenes (de adolescente quiso ser fotógrafo deportivo).
En esta última faceta quisiera enfocarme acerca de Picnic para la persona amada, publicado por Navaja Ediciones el año recién pasado en Chile.
Un morelense páramo, el registro del desamor, agravado, intensificado por un calor que aletarga.
La separación, el duelo del desamor, como un golpe de calor que nortea los sentidos.
Parafraseando al recientemente fallecido Germán Carrasco, la insidia del sol sobre el desamor.
El peor clima o las peores condiciones para el duelo: sequedad, páramo, calor extremo. ningún indicio de humedad que suavice o dé señas de movilidad.
«…esas esculturas involuntarias/ ajadas en su inutilidad»
Martín hace el inventario de los daños, bertoniando corporalmente el desamor: «canalicé el sudor/ hacia algo provechoso/ nomás/ lo desvié de su inútil cauce/ construyendo con pelitos/ una represa/ en el ombligo».
«Somos luces intermitentes/ en la noche» en este escenario, solo de noche es posible pedir ayuda, pareciera decir.
«Acaso ese arte nos da señales de vida/ alguna esperanza de compañía/ quiero creer en eso/ a pesar de la tristeza».
Intenta, dicho en lenguaje futbolero, un contragolpe de la voluntad, conjurando la tristeza en imágenes precisas —volvemos a la mirada fotográfica de nuestro autor— que van boxeando a quien lee: esas zonas de percepción a las que alude en el para mí, mejor poema del libro: zonas de percepción: «…o quizá el pánico de ese afuera/ una sombra huyendo lejos/ de nuestro alcance/ sea el territorio impreciso/ espacio desconocido/ de la quietud».
«…el amor/ esa película extranjera/ doblada por españoles/ de puro bestia».
Poderosa síntesis del fracaso afectivo: cuando el lenguaje no da con el tono de lo que sucede; cuando falla en la interpretación de los signos.
«Silencios cada vez más prolongados» o…«dejar a las palabras crecer en paz» podría ser la esperanza a la cual se aferra el hablante. No obligarlas a decir lo que no quieren. Que digan lo justo y necesario sobre esto. Que lo intuyan, como una despedida en cámara lenta que anota rictus, incomodidades, deseos de abrir cada uno su propio camino: un picnic que tal vez no llegue a concretarse.