Lunes, Abril 15, 2024
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La música de Stella Díaz Varín

 

Por Jessica Sequeira (@sequeira_jess)

 

Hace unos días visité Lima y su hermosa costa. Ver las olas hipnóticas allí de Playa Makaha, con sus dos simples movimientos y su sonido correspondiente, me llenó de una felicidad particular, una y otra vez. Durante el viaje traía conmigo los poemas completos de Stella Díaz Varín, en la edición de Cuarto Propio que incluye Razón de mi ser, Sinfonía del hombre fósil, Tiempo, medida imaginaria, La Arenera y Los dones previsibles. Hace tiempo que quería escribir sobre la música en los poemas de Stella, no solo porque un proyecto actual convierte parte de su poema «Los dones previsibles» en una canción, sino también porque hay muchas referencias explícitas a la música en sus poemas. Leer la escritura de Stella desde ese ángulo, me parece, produce una lectura con coherencia y sentido, complicando lo que dice Enrique Lihn en su prólogo a Los dones previsibles, firmado en enero de 1988. Lihn sitúa la obra de Stella en términos de canto y música, un ángulo fascinante que inspiró mis propias impresiones de los poemas; escribe de cómo le suenan las frases y como llama la atención la primera persona de Stella, su «canto poético» con un «espacio de la voz». Me encanta cuando Lihn cita a Octavio Paz sobre cómo «siendo ritmo es imagen que abraza los contrarios, vida y muerte en un solo decir». Pero Lihn también pinta a Stella como desordenada en sus ideas, sin ningún concepto más allá de su torrente de palabras. Y este comentario suyo me parece algo extraño: «así pues Stella era, es, una tenebrosa cantante desconsolada y también frenética, orgullosa de sus imágenes y negligente en su relación al sentido de su canto». Él parece asociar su escritura con una vitalidad irreflexiva, cercana a ese frenesí: «asocio los cantos de Stella al estado de gracia y de desgracia en que movimos o sobrevivimos los jóvenes de mi edad, hace mucho tiempo». Es cierto que hay mucha sinestesia y juego verbal en la obra de Stella, pero para mí eso juega un papel integral en su proyecto más amplio, que no es exento de ideas.

El «don» al que se refiere Stella, tal como lo entiendo, es la creación de un ritmo interno. Esta ecuación puede parecer demasiado simple, pero el hecho es que el ritmo no se da naturalmente, sino que es algo que se debe crear. Y el ritmo creado en uno mismo es lo que uno encuentra en el mundo. Por eso son tan necesarias esas tardes de soledad y lectura, esos momentos de paz interior estudiando las formas de los ríos y los patrones de las hojas, antes de adentrarse en el mundo de los otros. Es en la ausencia, en los sueños y en la imaginación que uno va construyendo ciertas ideas, que luego se amplifican y se vuelven realidad en lo exterior y en lo social. Lo que uno escribe, compone o pinta no es un registro o espejo de lo real, sino parte de su creación. Hoy en día la gente habla de «visualizar», o de ver en la mente lo que llegará a ser, pero en sus poemas Stella presenta ideas similares sobre la música. Los sonidos forman y determinan su percepción; y por lo tanto, la capacidad de crear un ritmo para uno mismo, a partir del silencio, es un don. Un don «previsible» en el doble sentido, ya que la palabra «previsible» significa anticipatorio, y puede referir a eso de encontrar en el mundo lo que primero se empieza a construir en silencio, desde la contemplación. Pero también «previsible» en el sentido más literal de «pre-visible», algo anterior a lo que se ve. Aquí de nuevo se encuentra la sinestesia del poeta, porque no es sólo el ojo que percibe, esa «seca pupila donde no resplandece / Ni el más leve trino»​. Las voces y los gestos tienen su importancia también, ya que «el oído escucha / Y el ojo y la piel / Tienen su voz secreta / Su táctil llamarada». El sentido está siempre presente en la obra de Stella en esa doble faz de significado y sensación. Hay que practicar escuchar y tocar nuevos sonidos, porque la realidad llegará a ese terreno preparado. El océano de la vida vuelve a la arena de la imaginación con insistencia; sigue volviendo, con insistencia, al gozo de besar esas orillas.

Para Stella, el primer paso es descubrir el silencio asociado a la soledad: «Descubrí el silencio / Y un horizonte / Donde aprendí a reverberar / Con el último rayo verde de sol bajo las aguas». El silencio aparece con frecuencia en sus poemas. Escribe sobre el silencio de las estatuas, el silencio de los flancos, el silencio de la greda, el silencio de las multitudes, el silencio al que se acostumbra el paso, las monedas de sonido amortiguadas en silencio, el vértigo y el hueco del silencio, la resonancia de la ausencia con su «angustia, como un hueso marino sobre un pequeño laúd». Y luego, de la transformación de ese silencio dentro de uno mismo. Uno construye otro sonido, una arquitectura que va más allá de la cacofonía del mundo y su tormenta de ruido. Después de sumergirse en el silencio, llenarse con él, uno lo atraviesa, con fuerza; una sola palabra puede producir un alud. Como escribe Stella: «mientras yo pervertía el silencio» . . . Hay que ser consciente de los sonidos que se añade al mundo, las vibraciones, ya que «todo [ . . . ] en el aire vibra / o huele o fulge o agoniza». Los sonidos feos o disonantes son «un curioso bullicio»; Stella escribe sobre cómo «la vibración del aire / Entre los abedules / Hacía mal a sus oídos». La música que uno crea en sí mismo es frágil, «la raquitica arquitectura del sonido», y a veces uno siente fatiga: «Perdón por el cansancio / Pero a veces creo / Que nunca más la canción / La alborecida luz». Sin embargo, crear esa vibración es la actividad más necesaria. Construir un sonido en uno mismo es nada menos que alterar la idea del tiempo, porque el tiempo mismo es una «sinfonía», una arquitectura de vibraciones. Stella escribe «desde todos los angulos del tiempo», por lo cual entiendo que el objetivo del proceso de construcción de una arquitectura interna es la creación de un espacio dispuesta a recibir las vibraciones resonantes. Aprenderse el canto propio sin entregarse demasiado a los cantos de otros es quizás lo más difícil; Stella escribe con disgusto en un momento que no le gusta el «meloso soliloquio de tu vértigo». Su propia canción es a menudo trágica, donde «ladran flores oscuras», y a menudo llega incluso a la blasfemia, urgida por una necesidad de «pronunciar palabras contra Dios».

Confiando en sus ritmos internos, la poeta va entonces al encuentro con el mundo a través de su canto. Stella confía en sí misma—«yo sé que puedo ir hacia tu voz»— y su propia voz determina lo que oye y quien conoce, para ir construyendo juntos; ella escribe que «tiendo el sonido para hablarte y quiero vencer el miedo para hablarte, quiero». El ritmo es vital para agarrar fuerza. Nuevamente, el don: «Todo el ritmo nos pertenece / Nuestro don previsible / Este signo / Que es un extraño signo / Entre los signos». También escribe: «Escucho los timbales», y dice que se refugia en la sombra de la percusión. El sonido contiene una voluntad de latir, y en el tambor está la voz de la multitud, el corazón que late como una herida abierta. El sonido que uno crea va hacia los otros y se transforma en el proceso; la vibración encuentra su respuesta. Las descripciones de Stella son físicas; escribe sobre un vientre sonoro, un pecho dado a la música antigua, una espiral que renueva la música. Escribe de como «me siento embriagada, vibrante, sonora», de la «danza al son de mi música de huesos», de «la sinfonía de la cabalgata». El canto es una forma de romper el silencio y conectarse, «tus vibraciones sabiéndolas mías», «al ritmo de señoras lentejuelas vibrantes». Ella suplica: «quiéreme si no tengo la perfecta armonia, de un conjunto de cuerdas discerniendo compases». Allí viene su promesa: «yo cantaré en la noche para romper la calma; quebraré los sonidos de dos rayos de luna». Ama el cordaje ronco de las rojas guitarras, las guitarras de mordaces sonidos. Y habla de un «silvestre canto» que está más allá de una canción del bosque, más allá incluso de la vida y la muerte. Su tono preferido es el mayor, apagado. Aprecia los pequeños momentos de «percibir el sonido / en la palma de la mano».

El canto es lo que acerca el humano a los animales y las plantas. Stella escribe sobre cómo cantan los humanos el canto de las aves pasajeras, sobre la voz de la zampoña, sobre los latidos llantos de las palomitas. Escribe sobre las bandadas del sonido, sobre el nido de la acústica. «Me ha quitado la sombra / El canto de los pájaros,» escribe. Y «alguna planta habrá [que] armonice con nuestro deseo». Stella, estela. ¿Qué tiene que ver todo esto con el océano? Stella dice que «sordo es el corazón del hombre / Cuando camina de pie, sobre el océano», y dice que «mi voz creó un sonido diferente para decidir el crujido del agua». En otras palabras, la música. En otras palabras, el mar. También escribe como camina en medio del canto de los peces. «Inmanencia del mar y del amor» es el nombre de un poema. Más allá de la acústica marina, allí está el océano mismo, que va y viene a su antojo, pero donde hay que sumergirse igual. El poeta encuentra la canción del océano incluso en el desierto: «he aprendido a beber el agua desde los ojos mismos de la tierra». Y su propio sonido va a entregarse a la sal con pleno conocimiento, ya que «no hay / Sino un solo canto».

 

 

Jessica Sequeira (1989). poeta, escritora y traductora literaria, autora de los libros Rombo y Óvalo (cuentos)Una ostra furiosa (novela)Otros paraísos: Aproximaciones poéticas al pensar en una edad tecnológica (ensayos) y Una historia luminosa de la palmera (poesía y prosa). Entre sus traducciones  destacan autores como Gabriela Mistral, Winétt de Rokha, Teresa Wilms Montt, Liliana Colanzi y Adolfo Couve.

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