La música que viaja en las palabras, sobre el libro «Música ambiental» de Alejandro Garrido Márquez (Chile)

Por Felipe Ruiz (Chile)

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A mi modo de ver, existen dos formas de entender el cruce entre música y poesía. Una, la más obvia, es incluir en el poema referencias a músicos, canciones, letras e, incluso, incluir tecnicismos musicales (alegro, andante, adagio, por ejemplo), de modo tal de generar un diálogo con la historia de ambas artes que permita, temáticamente, hablar de «intertexto».

Esta entrada, que me atrevería a llamar «prosaica», se diferencia de un segunda, que es, cuando forma y fondo se funden en un solo cuerpo o, en otras palabras, cuando la poesía se vuelve en sí «musical» o cuando la música se vuelve «poética» y allí tenemos cierto encabalgamiento, cierta cadencia, cierta prosodia, que se escapa de lo habitual para fundirse en una experiencia singularizada.

El libro que nos atañe, Música ambiental, de Alejandro Garrido, es ambicioso en un sentido oblicuo. Primero, por ser un libro que busca transmitir una experiencia poética amplia en una extensión no muy prolongada, y, en otro sentido, porque busca aunar las dos formas de entendimiento que vimos existen entre música y poesía en un solo hablante.

En otras palabras, creo evidenciar en los poemas una tendencia que cruza un ámbito poco explorado en la poesía chilena que algunos han llamado «surrealismo agónico» que se caracteriza por una cadencia veloz y directa en los versos, con poco espacio para respirar entre poema y poema, y una ausencia de rodeos en las imágenes que en tal sentido son de sumo «explícitas».

Quizás explícita no sea el término adecuado aunque sí el más asertivo. Para decirlo de otra manera, quizás haya que hablar de la francesa de estos poemas que no solo buscan hablar de música, sino «ser» musicales.

Dividido en secciones con nombres que recuerdan una musimática, los poemas son precisos y rítmicos,  llamando la atención la velocidad, que trasunta en fuerza, con que se sucede cada verso libre sin puntos ni comas, donde, es más, se suceden experimentos visuales que recuerdan a Oulipo o Juan Luis Martínez. En cuanto a su diégesis, ésta es propia de la juventud: jugada, honesta, sincera y polémica, con demandas que van desde el terreno político a la realidad de la segregación social y la pobreza.

Sin embargo, el tenor y la entonación de estos poemas no es la del canto: más bien, aquí recala la música contemporánea, la fuerza lectiva de hip hop, con, como señala su título, el «ambiente» musical de ritmo industriales y maquínicos. Nada, diríamos, de la ampulosidad poundiana o la elegía nitezscheano wagneriana, sino más bien, la más directa y sencilla muestra de música incidental y banda sonora.

Opresivo ambiente de este libro, que a un lector no avisado o iniciado podría parecer oscuro, depresivo, decadentista. Y pese a todo, en la apocalipsis que presenta, encuentra una salida el hablante para hablarnos no del paraíso futuro, no de la tierra prometida por venir, sino algo que se va a construir sobre estas ruinas, en este lugar, en este tiempo. Música Ambiental: un imprescindible de la nueva escena poética nacional.

 

 

Editorial Letra, Colección Anguita, agosto de 2020.

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