Lunes, Febrero 6, 2023
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La nueva belleza: el lobo con piel de oveja

Desde hace un tiempo las escuchamos por todas partes, pareciera que buscan alojarse en algún lugar de la memoria. Se convierten en consignas de venta. «La belleza no tiene tallas», «Extra lindas», «Despierta tu belleza interior», «La belleza no tiene edad». A simple vista parecen frases que nos invitan aceptarnos en todos los tamaños, medidas y pesos en que vienen nuestros cuerpos. ¿Pero qué hay detrás de ellas? ¿Realmente buscan conducirnos por el sendero del tan anhelado amor propio?

Desde que el mundo es mundo, como diría mi abuela; la belleza «femenina» ha tenido que responder a cánones sociales, religiosos, artísticos, políticos, donde la voz patriarcal ha indicado como ser mujer, pero atención, no cualquier mujer…sino una bella. Pareciera que mujer y belleza, es una misma palabra, marcada a fuego, desde el día uno de nuestra existencia. ¿Pero porque belleza y no otra?

En el cuento «Yo a las mujeres me las imaginaba bonitas» de Andrea Maturana, la escritora chilena lanza un dardo certero, mediante la reflexión de su preadolescente protagonista «Claro que, ahora que lo pienso mejor, las mujeres no tienen porque ser bonitas. Por ejemplo, la mamá es mujer y es muy guatona. Yo creo que por eso el papá se fue y la dejo sola. Las mujeres que les gustan a los hombres son las bonitas, como la rubia, que nunca anda sola». Sabiamente Maturana hace dialogar a la niña, con un dilema aún vigente. ¿Acepto mi humanidad tal cual o la modifico para el deseo ajeno? ¿O realmente el cambio es para mi satisfacción personal? Complejo escenario, porque la construcción del amor propio igualmente se cruza y se retroalimenta, querámoslo o no de las valoraciones ajenas. Pero ese tema es harina de otro costal. Volvamos a lo nuestro. Las frases que promueven la aceptación corporal. ¿Buscan sembrar a manos abiertas y desinteresadamente el amor propio?

Lo dudo. Toda esta oleada de «la belleza está en ti» continúa situándola como eje central. Seguimos con la historia infinita de tener que ser bellas, la diferencia es que ahora el reflector apunta directo a nuestros ojos llegando a encandilarnos.  Y ahí vamos algo ciegas intentando aceptarnos «tal cual somos», eufemismo que se traduce en: «a pesar de no cumplir los estándares, te damos la posibilidad de amarte».

Desde niñas, al igual que en el cuento, nos enseñan a ser como la rubia de la esquina, lo que nos aseguraría compañía masculina. ¿Pero quien nos ha preguntado si queremos ser como la rubia de la esquina o estar acompañadas? Quizá siempre quisimos ser como la mamá de la historia, una mujer guatona y abandonada. Sospecho que ella lo descubrió antes que nosotras. Siempre supo que el concepto de belleza es una manera fácil y efectiva de mantenernos alienadas, controladas y listas para el deleite de los paladares masculinos.

Actualmente la belleza continúa configurándose como un ítem primario del ser mujer. Lo nuevo de la historia es que ahora nosotras debemos descubrirla para convertirla en el alimento del mal entendido «amor propio», haciéndonos creer que la belleza es proporcional a éste. Andrea Maturana, nos salva de ésta trampa  cuando despoja del yugo de la belleza a la pequeña protagonista y nos desliza que  la «mamá guatona y abandonada» descubrió mucho antes al lobo con piel de oveja.

Alejandra Herrera
Alejandra Herrera (1981). Psicopedagoga, Mg en Neurociencias aplicadas a la Educación y especialista en Estudios de Género. Se ha desempeñado en espacios educativos públicos y privados. Ha cursado diversos talleres de escritura feminista. Desde que conoció el sonido de las letras, no dejo de nombrarlas ni registrarlas. Siempre pone en palabras lo que ronda en su mente.
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