La Pollera presenta nueva traducción local del clásico infantil Las aventuras de Pinocho

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Ya se encuentra en librerías la nueva traducción local del clásico infantil Las aventuras de Pinocho. Es una oportunidad de visitar el original de una obra muchas veces adaptada y modificada, además de ser un libro para leer a niños.

Es poco probable no haber oído la historia de este muñeco de madera. Pinocho es una de las obras más traducidas y adaptadas de la literatura infantil. Su nariz que crece cuando miente o el grillo que le habla como parte de su conciencia se convirtieron en un cliché occidental. Pero es el viaje de este niño de palo, quien trata de entender el mundo que se le puso en frente una vez armado, lo central de la novela. Serán el amor y la generosidad o la travesura y la rebeldía las elecciones que determinarán, en su camino por los campos y ciudades, bajo el mar entre los peces, trabajando para un circo o vuelto un burro, si merece la magia que lo convertirá en un niño de verdad.
Aunque Collodi pone en la balanza ideas de niño bueno y niño malo que quizás hoy nos parezcan arbitrarias, la amplia difusión que ha tenido este libro desde 1883 demuestra que el humor, la ingenuidad, el peligro y los dramas de Pinocho logran superar cualquier propósito para instalarse como una obra más de la imaginación. Las aventuras de esta marioneta cuentan una historia para niños, no obstante, volver sobre el original de algo tantas veces modificado siempre alimenta una interesante curiosidad.

 

Cuestionario a la traductora Francesca Barbera

¿Cómo llegaste a este libro?

Llegué a este libro como supongo que llega la mayoría, a través de sus adaptaciones al cine. Cuando crecí lo leí de nuevo porque influyó en mucha gente que admiro, como Benedetto Croce e Italo Calvino. Y ahora lo traduje porque La Pollera me lo propuso.

 

¿Por qué quisiste traducirlo habiendo ediciones disponibles?

Porque es un libro que se suele adaptar. Se le quitan las partes más crudas, se lo sanitiza en anticipación a lo que resulta inquietante que los niños vean, como la muerte o la violencia. También se aplana lo humorístico para destacar lo moral y obtener un texto más equilibrado, siendo que uno de los grandes encantos de Pinocho es su desequilibrio.

 

¿Es para niños?

Sí, es para niños. Más allá de la historia, me parece que Collodi supo imitar mejor que nadie la ausencia de reglas para imaginar que tienen los niños. Lo veo, por ejemplo, en la sucesión de personajes disparatados que entran y salen sin mucho orden aparente, en la resolución rápida de conflictos, en el humor que interrumpe todo intento de solemnidad. Esta libertad de pasar de algo muy oscuro a algo muy brillante sin una transición elaborada me parece que es algo muy propio de los niños.

 

¿Qué desafíos de traducción implicó?

Pinocho es un libro muy coloquial; hay partes que parecen un registro de un cuento contado en voz alta en vez de algo pensado para ser escrito. Eso le da un encanto muy difícil de traducir. Además, como es un libro que se escribió en entregas para un diario -a veces con varios meses de distancia entre una entrega y otra-, es un texto que repite mucho para recordarle al lector dónde quedó la historia. En italiano esto se disfraza un poco por lo coloquial de la obra, pero al traducir hay que intentar replicar la simpatía de lo coloquial sin que el texto se vuelva repetitivo.

 

¿Qué nos puedes decir detrás de la simbología del libro? ¿Hay una intención moralizante o son solo las aventuras de una marioneta?

La palabra “chango” fue durante muchos años una ofensa. Era muy de serenense decirte “chango” si querían tratarte despectivamente, con la punta del pie. Para el libro conversé con Felipe Rivera, vocero del Consejo Nacional del Pueblo Chango, quien me contó sobre el proceso de reconocimiento legal del pueblo Chango, lo difícil que fue. El Gobierno de Piñera no quería que apareciera ninguna referencia territorial, no quería mencionar el borde costero, el mar. Y hablamos de un pueblo pescador, de caleta. Es ridículo, pero claro, las intenciones detrás de eso son evidentes. Hay más de 40 organizaciones de changos viviendo del mar desde Mejillones hasta Los Vilos. Trata de conjugar eso con los múltiples intereses económicos que existen en la zona, desde las pesqueras hasta las mineras. También costó que fueran incluidos dentro de los pueblos con escaños reservados, por presiones de la derecha. Lo curioso es que ahora hay hasta un candidato chango UDI en Antofagasta. Es para no creer. Entonces sí: se les pisotea por ser changos, pero también por ser pobres.

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