«Los días de Moreau» de Nicolás González. Editorial Oxímoron.

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Nicolás González es un escritor que lee, y que lee mucho. Este hecho, que no debiese sorprender, sorprende. En un campo cultural criollo en el cual prevalece la escritura por sobre lectura, (y por lo mismo la urgencia de publicar antes que la de leer), es necesario rescatar a un prosista que se construye y reconstruye a partir de una extensa batería de lecturas.

 

Manuel Moreau es un cuarentón que regresa a vivir con su madre y abuela. El regreso se le hace difícil, tedioso e incómodo, se tiene que acostumbrar a las reglas de gente mayor con la que hace años no convive de forma directa. A su lado está Sam, un amigo entrañable que más allá de mofarse por la decisión de su retorno al primer hogar, lo ayuda mediante consejos simples que funcionan como palabras de aliento en días difusos. A los pocos meses de verse cesante, Moreau encuentra trabajo en las dependencias de la Biblioteca Nacional, debe ordenar un archivo musical que está desperdigados entre cientos de documentos. En consonancia con su apellido -Moreau fue un pianista norteamericano de amplia reputación- debate una vida en la que los ecos del pasado no dejan de perseguirlo. 

 

Lo que resulta más interesante de la novela de González es la propuesta estética con la cual trabaja. La trama misma no resulta novedosa, más bien parecen ritos que en forma habitual documenta la literatura, por lo mismo su grandeza está en el fraseo largo y descriptivo -ajeno a las minimalistas formas actuales- donde se prioriza la belleza de una frase bien construida. No realiza literatura fragmentada ni bonsai, González se juega sus fichas en una estructura que pareciera estar en peligro de extinción. 

 

En forma entrecruzada, aparece un viaje a Cuba que se relata en primera persona bajo la forma de un diario, también una difusa historia familiar marcada a fuego por un enigmático francés. 

 

En los días de Moreau la construcción de escenarios y personajes no es azarosa, más bien, está determinada por lecturas que posicionan a la urbe como un eje central. Santiago (sus cerros, calles y bibliotecas) funcionan como un coro perfecto que dialoga y debate con los cuestionamientos del protagonista. 

 

Una novela necesaria que desarma los esqueletos de las escrituras reinantes, otorgándonos un respiro de los asfixiantes formas a las que nos subyuga la posmodernidad. 

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