Domingo, Febrero 25, 2024

Nistagmo

 

Por Sebastián Contreras Escobar

Mira por la ventana y observa cómo poco a poco va saliendo el sol y se va mostrando la cordillera allá a lo lejos, mientras tanto una fría gota le recorre  la espalda, una fría gota que se suma a otra que ya recorria la piel, hasta que terminan por forman un charco de sudor que entumece el dorso. Está mirando hacia afuera, viendo cómo se esconde el sol hasta que se hace de noche. Presión 90/60 estable 36.6°C.

Intenta dormir por una hora. Nada que hacer. Solo mirar. Intento exiguo de comunicación, fracasado. No hay otra cosa que hacer. Cuenta gotas y mira la luz extinguirse poco a poco para luego verla intensificarse nuevamente, todo mientras permanece de espaldas contemplando el universo desde esa pequeña rendija, la ventana de un quinto piso donde yace con otros sibaritas.

Sudor y orina se acumulan en una misma sábana hasta que llegue el momento en que las cambien. Las horas no existen en un lugar donde no hay relojes, solo existe el tiempo. Los enfermos ven cómo los segundos recorren su cuerpo cual Minotauro en su laberinto de soledad camina por las infinitas góndolas esperando encontrar un malestar fulminante que haga estallar los músculos y aumente la tensión en una mente que se retuerce en el ruido instrusivo de los pensamientos.

Es un maravilloso pasatiempo contar las gotas que caen por la frente, que caen por la espalda, que caen por las piernas en diferentes puntos de una sabana y colchón. No puede hablar más que consigo mismo. Si las palabras tuviesen cuerpo los hospitales estarian llenos de palabras, estarian llenos hasta los techos y saldrian palabras y signos por las ventanas. Inundarian los patios, los pasillos y las morgues, conviviendo con los enfermos: Mi enfermedad, mi historia. Así es cómo la vivo, así es cómo muero.

Cierra los ojos, solo queda el silencio.

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