Reseña de «Horas extras»: El abuso nuestro de cada día
Por Isabel Sapiaín Caro
Personajes condicionados por la violencia del entorno laboral y un punto de vista sin condescendencia, pero prolijamente sugestivo, son los ejes del libro de microcuentos Horas extras, de Julio Mandujano Barra. Se trata de una obra que logra la precisión narrativa del microcuento, un género comúnmente considerado menor, pero que ya hace varios años viene cultivándose y que tiene a importantes cultores y, sobre todo, cultoras en Chile. Con Horas extras, tenemos relatos que demuestran una cuidada factura del género, para inmiscuirse en mundos terribles y absolutamente reales en donde el trabajo se impone en las vidas de los individuos. Es una obra cruda y provocadora, y que en varios de sus relatos emprende una búsqueda formal que combina la exageración casi grotesca —pero precisa— con un particular tono que juega entre el decir y no decir.
Horas extras es, entonces, un conjunto de microcuentos marcados por la degradación humana producto de la explotación. La obra reúne cuarenta y cinco relatos que escenifican la violencia sistémica que atrapa y devasta a aquellas personas que deben invertir su fuerza laboral a cambio de la supervivencia. El libro organiza sus relatos siguiendo la trayectoria de la vida: desde las historias de sujetos infantiles, pasando por jóvenes y adultos, hasta llegar a la vejez. Los microcuentos son dispuestos en tres secciones («Otro ladrillo en la pared», «Tiempos modernos» y «Recursos humanos») para referirse a las experiencias de niños desamparados, jóvenes en busca de su primer trabajo, oficinistas alienados, profesores ahogándose en el sistema educativo, personas dedicadas a diversas labores; en definitiva, sujetos en una situación precaria, quienes al final del día son el eslabón social más débil que siempre es atropellado. En este sentido, más allá del trabajo, el tema de la obra es el abuso: aunque se materializa en las relaciones laborales, es una cuestión omnipresente en los seres humanos.
Justamente, parte de la reflexión que propone Horas extras es que el maltrato y los lugares del explotado y el explotador son algo que trasciende a los espacios y tareas que comúnmente asociamos con el mundo laboral. El trabajo aquí es más que eso que hacemos para subsistir: es un sistema que nos atrapa inclusive en la infancia, que profita de nosotros y que impone formas de sujeción que modelan todo ámbito de la vida. Nuestras horas extras.
El libro, entonces, abre con la sección «Otro ladrillo en la pared», título que alude a la reconocida canción de Pink Floyd y, por lo tanto, a la educación en tanto umbral a la maquinaria del trabajo. La familia y el sistema educativo, lo sabemos, son las instituciones que nos educan y nos preparan como futuros ciudadanos. Así, resulta significativo que el libro comience con la microficción «Infancia», sobre un niño que huye del guardia de un patio de comidas por estar pidiendo algunas monedas. “A la salida se las entrega a su padre, quien las cuenta sin percatarse de que la transpiración del niño se mezcla con lágrimas de miedo y resignación”. La educación aquí es una instrucción dada directamente para resolver necesidades básicas; la familia, lejos de representar abrigo y cuidado, saca provecho del ser más vulnerable para vulnerarlo todavía más; el microcuento juega corriendo el cerco moderno entre el mundo adulto y el infantil en tanto el niño se transforma en un sujeto —¿u objeto?— productivo. La sección continúa con microrrelatos sobre una niña, adolescentes y jóvenes, algunos de estos últimos decepcionados de la educación superior: si en el Chile de hace unos años esta representaba la promesa de una mejor vida, hoy se confirma como una trampa de endeudamiento, salarios precarios y trabajos ingratos. El mundo docente —cercanísimo al autor debido a su formación— es un ejemplo claro de lo anterior y de la indiferencia humana. Uno de los microcuentos más destacables se enmarca aquí y corresponde a “Noche de sábado”, en donde el agotamiento de un profesor actualiza el mito de Ícaro para tener una salida bella y desoladora.
Por su parte, las secciones «Tiempos modernos» y «Recursos humanos» aglutinan personajes de ocupaciones varias. Desde la esclavizante industria textil asiática, pasando por oficinistas enfrentados a planillas, personas de la comunidad LGBTQ+ con ocupaciones varias, escritores, víctimas de trata, basureros, etc. En algunos relatos el autor incorpora la acumulación hasta llegar a un elemento extraño, casi irreal, lo que provoca un punto cúlmine en el relato —a veces al modo de un giro en la narración— que, sin embargo, se vuelve absolutamente plausible debido a la normalización del abuso en la ficción, que solo está a un paso de la realidad. Así, por ejemplo, en «Eficiencia», la costura de las bocas de los subordinados por parte de un gerente de una empresa de agujas en busca de la productividad es una hipérbole de nuestro cotidiano.
Las atmósferas que construye Horas extras son, en general, crudas, como las de la microficción recién referida. Esa crudeza deja espacios abiertos para el lector, y siembra dolor y una rabia eminente. En la construcción de estas atmósferas interviene mucho el tono del libro y de los narradores. Mandujano dosifica las palabras para comunicar, y lo hace combinando perfectamente el decir directo con la sugerencia. Su tono sindica con sencillez y desparpajo, y veces es aparentemente inocente; pero en realidad se despliega desde una mirada parcial e insinuante para ser profundamente puntilloso e irónico. En la ambigüedad del decir y en la ironía se advierte una crítica a las prácticas cotidianas de estos entornos en que la vida se intercambia por productividad y servicios. Este espectro de tonos del autor se nutre, por supuesto, del trabajo con la escritura del microcuento, que es mesurado en cuanto a la cantidad de información y sabe jugar con los referentes y títulos justos.
En relación con lo anterior, un acierto de la obra de Julio Mandujano es que esta no victimiza a sus personajes, como podría fácilmente ocurrir con una pieza sobre sujetos sociales explotados. Felizmente, el autor se aleja de una mirada compasiva y menos romantiza la condición de sus personajes. Es que no hay concesiones para la explotación. Al respecto, también resulta interesante que este sea un libro sobre personajes cuyas vidas no están resueltas materialmente. No son los problemas de una élite ni son dramas insustanciales: son problemas existenciales anclados en la pura necesidad de sobrevivir, a veces desde la resignación, a veces, desde la rabia. También resulta significativo que el libro sindique al cuerpo como la moneda más primaria en el intercambio laboral-comercial: de allí que el cuerpo (joven) sea explotado sexualmente, pues es allí donde radica la fuerza de trabajo.
Ante el abuso irradiado en toda relación humana, quizá sea difícil vislumbrar alguna salida. Sin embargo, los pequeños gestos subversivos se cuelan en la acumulación del malestar, que tiene su correlato en la acumulación narrativa de algunos microcuentos. Por esto, por su factura, por los aciertos ya señalados y por su carácter político, Horas extras es una provocación necesaria.
Julio Mandujano es profesor de castellano y nació en 1993. Es escritor de cuento y microficción. Horas extras es el primer libro de microcuentos que publica. Ha participado también en antologías de microficción publicadas por Editorial Asterión, Ediciones Sherezade, Editorial EOS Villa de Argentina, Editorial Usach e Imbuk Ediciones.
Isabel Sapiaín es profesora de castellano y especialista en Estudios de Teatro. Es parte de Dramaturgas Chilenas, proyecto de difusión del teatro de mujeres chilenas. Actualmente, entre otros, colabora como crítica de teatro con la revista española Red Escénica. Esta es su primera incursión en la crítica de literatura.
Horas extras. Julio Mandujano Barra. Ediciones Sherezade, 2025, 66 páginas.