lector polaroids alvaro agurto pincheira

 

Cartapesta, álbum para un puzzle de vida. Algunas ideas tras leer Polaroids de Álvaro Agurto Pincheira

(Santiago: Plazadeletras, 2019)

 

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Cartapesta esuna técnica que utiliza pedazos de papel de diario cortados a mano y unidos por medio de un pegamento (cola fría) para dar forma a un objeto. Las capas de papel se unen con el pegamento. Al momento en que ambas cosas quedan inseparables a simple vista, queda una superficie, una piel mucho más resistente. Le da la dureza de cartón al papel de diario. La idea de la cartapesta es formar una figura nueva. Y la figura nueva puede ser de dos maneras. Primero, una figura que acumule la historia e información del papel de diario. Segundo, una acumulación de materiales que pierden su forma para fundirse en otro todo.

 

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Imaginemos que la figura nueva es ambas figuras posibles. Mediante la cartapesta la figura puede ser vista como un álbum de fotos. Nos importan las fotos. Nos importa a dónde nos llevan las fotos. Y desde dónde.

 

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Decir que es un álbum de fotos a secas es injusto con el tránsito de la vida del poeta. Polaroids es un ensayo de eso. Una selección. Un montaje. Una antología de teorías, resultados y herramientas. Un museo, quizás. De todas maneras, en su tinta queda patente: hablar lo que quepa / en una respiración. O callar lo que no queda / en un suspiro.

 

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La poesía como un suspiro de la conciencia. Puede ser. O la poesía como un soplo de la conciencia, en la idea de BreytenBreytenbach. La diferencia entre suspiro y soploes importante. El soplo y el suspiro suponen entrada y salida. Pueden ser antagónicos. El soplo implica presencia. El suspiro, ausencia. Con el suspiro hay una pérdida de la palabra hacia dentro de sí. Un soplo puede ser un respiro. Entonces, ambos tienen que ver con la raíz latina spirare. El suspiro es una salida más o menos confusa. De spirare también expirar, transpirar y anhelar. Los poemas de Polaroids a veces se cuelgan de esos verbos para abrirse paso desde la página hasta un viaje que no se sabe bien donde termina.

 

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Un álbum de fotos, una antología cuya medida y forma se supedita al cuadrado interior de 8x8 cm. Luz y sombra, también la gama de colores sucumbe ante el espacio previsto. Una polaroid cualquiera. Allí se configura el deseo, la pena, la emoción, el pensamiento. Solo allí. Álvaro AgurtoPincheira tiene una válvula de escape, un flechazo certero, por ejemplo: lo que no cabe / en la foto / es tragado / por el mar. En esas palabras hay un arte del sugerimiento. El mar da. El mar quita. Una insinuación de algo que puede ser o no. Con cautela. No hay certezas. En el mejor de los casos, rostros. Y uno que otro nombre de pila. De seguro que hay. Son ese secreto bien guardado del instante. Basta lo mínimo. Bastante más que una sola idea.

 

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Dos meditaciones poéticas. Primero: 1741, Emily Dickinson. En castellano, por versión de la casa, se reproduce así: “lo que jamás volverá a ocurrir / es lo que hace la vida más dulce”. Segundo: “no hay ideas sino en las cosas”. William Carlos Williams en la introducción a su monumental Paterson. El poeta piensa con su poema, se regocija en su pensamiento. Allí la emoción ocurre y el poeta se adentra en las profundidades de la cosa. Todo depende de la habilidad de surfear en sus márgenes. Llega un momento en que la ola te lleva y te dejó lo que te dejó. Después del name-dropping, compartir lo que se dice porque se verifica en otro lugar. No es que los citados tengan razón, sino operar a tajo abierto con las mismas ideas, incluso si se desconocen. La escritura es una tecnología.

 

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Las ideas que quieren ir más allá de la nostalgia, corresponden a una proyección de la lucidez a un estadio que desemboca en lo esencial. Una polaroid es un trozo de memoria. Un trozo de memoria es traído al presente a través de diferentes mecanismos. Uno de ellos es la nostalgia. La nostalgia es una jaula del recuerdo. Un museo. Tiene una rigidez al momento de generar una respuesta al qué pasó. Polaroids puede afirmar y negar al mismo tiempo. En el conveniente empleo de la metáfora y la metonimia, AgurtoPincheira reacciona en un tiempo posible. El traslado de una imagen a otro lugar es contingente. El traslado deja un recipiente que llenar. Los textos de Polaroids no tienen nada más que la acción de un observador. Un riesgo inminente. Lo que ha quedado fuera de la foto, no es. El espacio de una polaroid es más bien pequeño. El fotógrafo es el creador, tiene la primera palabra y cede la última.

 

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Los tropos se rehúsan a morir. La metáfora y la metonimia. La imagen se expresa mediante ambos vehículos, generan una ambivalencia original (del origen). Hay una necesidad irrenunciable de hablarle al poema de pensamiento y al pensamiento de poema. Razón y poesía en el río que cruzaron María Zambrano y Chantal Maillard. En Polaroids, el tropofunciona como caballo de Troya. El zumbido del “como” hechiza. Al momento de demandarle una certeza al plano, solo un ejercicio de visión. Y de concentración. Un ánimo más o menos dislocado, reconducido por un tobogán hasta el océano de la emoción. Hay movimiento nervioso. Esto es, la transformación de lo inmediato. Ese espacio, escribir. O ver todo en tránsito para pasarlo mejor.

 

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¿Qué vino primero el pensamiento o la emoción? ¿O ambos se dan simultáneos? Como en Denise Levertov: pensar-sentir y sentir-pensar. El movimiento es una superposición de dimensiones. El pulso que va describiendo formalmente la realidad y la ilusión de ruta del poeta. El pensamiento y la emoción se hacen de lo subjetivo, de lo frágil y de lo cambiante. Hay un espacio de intimidad que tramita un hilo conductor explicando las vicisitudes de lo propio. Un espacio desde donde el poeta cambia las cosas de lugar. A veces, para crear una figura. Otras, para simplemente articular una pena, una risa que se funde como emoción y pensamiento. ¿Si todo esto se presenta, hay certeza? Tan solo una figura, cartapesta.

 

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Un poema no se trata de la certeza; tampoco de la vida y muerte del pensamiento y la emoción, se trata de cómo resucitan ambas en las terminaciones nerviosas de uno. Y de qué ocurre después de eso. Por ejemplo, después que el poema mira dentro de nosotros.

 

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Hay casos en que el poema se deja llevar por el dogma. Se aferra a la certeza de entregar algo ya prometido. No obstante, es posible dar y quitar al mismo tiempo. Como el mar. En la sugerencia y en su carencia. Algo puede ser así o puede ser otra cosa. Se pierde la forma. Más bien, la obligación a la forma. Y esa otra cosa, la hereda el observador. En la contradicción, una ficción de salirse de la película. Tal vez para jugar en otro papel, el de otra persona gramatical. O al menos, fingir su voz. Si las cosas salen mal, uno se empalaga.

 

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Una película imaginaria cuyo guion es azar.

Se produce hasta erradicar el corte del director.

Uno es consumidor de sus propios montajes.

Polaroids pone tramoya y escenario.

Se guarda la melancolía, multiplicando lo posible.

Tal vez, el significado de un poema está en otro.

Se escribe con la foto. Las palabras vienen por añadidura. O comezón.

 

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Lo breve puede hacerse intenso. De la misma manera que un barco cambia el curso de las aguas donde navega. Así sopla el poema, las velas que le dan dirección al viento. La sorpresa de lo inesperado. Da igual la clasificación: el significado de un poema está en su viaje, en su trayectoria, no en su fin.

 

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En Polaroids, Álvaro AgurtoPincheiradesafía la configuración de algunos textos que pueden leerse como fotografías, como el deleite de un barco que zarpa sin regreso, como fragmentos que componen un puzzle de vida hasta ahora intentado. O una sopa de letras.El libro pone a prueba las posibilidades de ensamblarse como una sucesión de sugerencias que nos hablan de la opacidad del mundo de cara a no estar seguro de nada o a terminar admitiendo a las contradicciones para llegar a lo universal. La precisión está en la sugerencia.Léase todo como una tentativa de intuiciones.

 

 

Nicolás López-Pérez. Santiago, 9-12 de octubre de 2019.

lector pielago provincia de los suenos rotos

 

«Comenzar esta carta es difícil, más aún cuando se trata de una despedida y aunque me duele el alma es una contradicción, pues al mismo tiempo, la idea me produce una sensación liberadora, de alivio y paz».

Máximo Fernández Jaque, con Provincia de los Sueños Rotos, nos acerca a la realidad del Chile provincial y rural de los años setenta, ochenta y su cotidianidad. Nos enmarca en la relación laboral entre patrones y obreros, celebraciones religiosas, estructura social, la salud, los juegos, la escuela, las vacaciones y el servicio militar.

Máximo, retrata humanamente lo que se denominó: «Tragedia de Antuco» y nos sumerge en las realidades sociales, emocionales y psicológicas de sus protagonistas, antes de aquella fecha fatal.

No hay víctimas ni victimarios, solo seres humanos, cada uno cumpliendo el rol que le asignó la realidad de su tiempo y época, o simplemente las circunstancias. Sus acciones fueron fruto de lo que cargaban en su propia historia.

Provincia de los Sueños Rotos es una novela de la memoria, en donde los actores, protagonistas y hechos, a través del registro emotivo del recuerdo, regresan al presente.

Máximo Fernández Jaque nació en 1969, en Quilleco, comuna precordillerana de la Región del BioBio. Realizó sus estudios en su pueblo natal hasta el año 1987. Entre los años 1988 y 1989 es trasladado a la Región de Magallanes en el marco del Servicio Militar.

Es Ingeniero en Prevención de Riesgos (Universidad de Los Lagos) y su interés por la literatura se manifestó a muy temprana edad. Ya en el Liceo escribía con un interés y talento que se podría considerar precoz. Es casado, tiene una hija a la que adora y reside en Los Ángeles Chile, en donde continúa leyendo y escribiendo con gran pasión.

(Provincia de los sueños rotos, Piélago 2019)

Prensa Editorial Piélago

lector taguada andres montero

 

Por Magdalena Vigneaux A.

 

Desde el 1 de octubre ya se encuentra en librerías Taguada, la nueva novela de Andrés Montero, editada por Sudamericana. En ella, el joven escritor chileno va tras las huellas del famoso contrapunto entre el mulato Taguada y don Javier de la Rosa (cuyas dos versiones fundamentales fueron publicadas por Ediciones Tácitas en 2016). Con el fin de determinar cuándo, dónde y cómo se produjo este contrapunto, el protagonista hace un viaje tanto en el tiempo –hacia el pasado– como en el espacio –hacia San Vicente de Tagua Tagua y sus alrededores–, en el que va entrevistando a diferentes personas que conocieron directa o indirectamente el encuentro entre el gañán y el hacendado. En otras palabras, recorre el mismo camino que ha seguido este duelo de payadores desde que aconteció hasta llegar a nuestros oídos, pero en el sentido contrario, es decir, desde el presente hasta 1830.

El texto se abre con dos epígrafes que sirven como clave de lectura para la historia que senarrará a continuación. El primero de ellos, de Abelardo Castillo, dice: «No importa que esto no haya ocurrido nunca. Lo que importaba era contarlo» y nos adelanta que, aunque no se pueda determinar si el contrapunto efectivamente ocurrió o no, este merece ser contado. El segundo, de Antonio Acevedo Hernández, señala: «Es Taguada un personaje de romance de infinito valor; es el más hermoso símbolo que posee nuestro pueblo» y así reafirma lo que ya podemos intuir desde el título: no hay una posición neutral frente al contrapunto, sino que se está a favor del mulato. Esta cita de Acevedo Hernández también nos anticipa que la novela explorará sobre los significados que se le han conferido a la figura de Taguada.

Mientras acompañamos al protagonista –un alter ego del propio Montero– en la búsqueda de las raíces de la leyenda de Taguada, vamos presenciando gran parte de lo que constituye la cultura popular nacional: el canto a lo humano y a lo divino, la lira popular, el velorio del angelito, el guitarrón chileno, las fondas del Arenal, las carreras a la chilena y, por supuesto, los payadores y su improvisación en décimas. Estos últimos elementos no solo son parte del argumento de la novela, sino también de su forma. Ya el índice, al empezar con un pie forzado y terminar con la despedida, evoca la estructura de la décima glosada, que es cuando los cuatro últimos versos de una décima actúan como pies forzados de las cuatro décimas siguientes, a la que se le agrega una quinta de despedida. Como se observa también en el índice, la primera y la tercera partes corresponden a una cuarteta; yla segunda, a los dos versos que hacen de transición entre estas dos cuartetas y que, junto con ellas, conforman una décima. Además, una vez sumergidos en el texto, vemos que las voces de los distintos entrevistados «van de coleo», pues la palabra con la que termina el testimonio de uno es con la que comienza el del siguiente, del mismo modo como los payadores empiezan su décima con el último verso usado por el que improvisó antes.

Taguada, asimismo, puede ser leída como una novela sobre el arte de contar historias, pues no hay que olvidar que Andrés Montero es también narrador oral. Si en Tony Ninguno (La Pollera, 2016) el autor había explorado las relaciones de este oficio con la literatura universal, al recuperar al personaje que es posiblemente la mayor de sus narradoras: Sherezade, en esta oportunidad investiga sus vínculos con la poesía popular chilena. ¿Qué tienen en común la narración en verso y la narración en prosa?¿Qué las diferencia?¿Hay alguna similitud entre la lira popular o el hecho de escribir décimas y el ejercicio que realiza Montero de escribir historias que provienen de la tradición oral?

lector playlist portada

 

Por Álvaro Agurto Pincheira.

 

Plazadeletras ha puesto de nuevo en circulación, desde hace unas semanas, Playlist, de Ernesto González Barnert, en una edición bilingüe, con traducción a cargo de Jessica Sequeira.

Este carácter bilingüe, viene, a mi juicio, a hacer explícito un espíritu o gesto que el libro ha tenido desde un comienzo.

En primer lugar, por colocar en un mismo nivel y en una especie de colaboración, a dos disciplinas que no pocas veces se bombardean la una a la otra (no es raro ver a poetas resaltando las ventajas de la escritura por sobre el dominio de un instrumento, y a músicos haciendo el ejercicio inverso): las canciones, en esta ocasión, poniéndole play a las emociones, y estas dictando la poesía.

También, por barajar esta suerte de lado A y B de los momentos: En el A, su veta descriptiva; en el B, la interpretación que les asignamos, a través de la música que los inscribió en nuestro recorrido vital. Hay ahí una especie de relación destinatario-autor, en la que el primero aporta el momento, y el segundo, la canción que mejor lo interpreta: «Una parte de mi también quisiera abrazar el árbol/ y llorar sin estridencia como esa señora/ que seguro acaba de dejar diligente a sus hijos en el colegio./ Esta mañana quisiera llegar a sus oìdos con “LetIt Be”/ pero en la versión de Nick Cave»

Y, además,en un plano más personal del autor, por la presencia espiritual de su madre, fallecida por ese entonces, actuando como médium tanto del tono del poemario, como de la infinidad de canciones que construyeron esa relación madre-hijo, y que van decantando en una especie de biografía no lineal a través de las páginas.

Lenguas, caras de una moneda o lados de un cassette, que conversan un punto medio, como cuando el autor nos dice: «equilibro las aguas del bien y del mal/ Escuchando “I Touch, Myself” de Divinyls».

El libro estará disponible en el stand 2 de Plazadeletras en Primavera del Libro.

 

 

lector atentado final fernando saez

 

Por José Promis. (Artes y Letras, El Mercurio, domingo 22 de septiembre 2019)

 

La ingeniosa pregunta que según Hermógenes Pérez de Arce habría dicho el compositor chileno Acario Cotapos «¿ Por qué no vendemos Chile y compramos algo más chico cerca de París?» (citada con modificaciones) sirve como puerta de ingreso a Atentado Final de Fernando Sáez, una genial pesadilla narrativa que procede tanto de la novela distópica 1984, de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley y Farenheit 451 de Ray Bradbury, como de la ficción histórica «¿Qué hubiese pasado si...?» y de la que tres de sus ejemplos más conocidos son El Hombre en el Castillo, de Philip K. Dick, La Conjura contra América, de Philip Roth, y Patria de Robert Harris.

Atentado final es una novela de imaginación galopante que cuesta dejar de lado una vez que se inicia la lectura. Una voz narrativa adornada con buenas cuotas de humor negro, de ironía y de sarcasmo se encarga de conducir por un mundo atiborrado de imágenes sorprendentes, entre la que nos movemos entrando y saliendo alternativamente, y casi sin aliento desde la conciencia del narrador a la de los personajes principales. La historia comienza en las horas anteriores al atentado que contra su vida sufrió Augusto Pinochet en 1986. Mientras viaja en un auto blindado hacia su búnker en el Cajón del Maipo, un grupo de miembros del Frente Patriotico Manuel Rodriguez termina sus preparativos para emboscar al dictador cuando regrese a la capital una vez terminado el fin de semana. Pero a diferencia del fallido intento de asesinato que tuvo lugar en la vida real, el ataque tiene éxito absoluto en la novela de Fernando Sáez. Pinochet muere acribillado en medio de una balacera infernal gritando «¡Viva Chile!». Finalizada esta secuencia el narrador introduce una significativa información: los cuerpos de ocho voluntarios del Frente Manuel Rodríguez aparecen degollados, misterio que se conecta más adelante con el que comunica el fiscal Torres a los generales del estado mayor reunidos en medio del caos que domina en Santiago: «El cuerpo del Capitán General fue acribillado de frente , pero tienes varas entradas de bala por la espalda, lo que hace evidente la traición de gente de su escolta».

En sus inicios, pues, pareciera que el relato se ajustará al modelo de la novela de intriga y misterio. Sin embargo, los episodios que vienen a continuación demuestran que se trata de un oportuno recurso de despiste, de motivos ciegos que no se desarrollan porque su propósito es confundir la atención del lector para luego resaltar con mayor intensidad la historia narrativa que se iniciará páginas más adelante en medio de la confusión y desconcierto que ambos enigmas provocan en el ánimo de los generales que se han hecho cargo del gobierno. En la segunda parte del relato, la historia alternativa imaginada por Fernando Sáez se concentra en los planes del holding suizo SeaScope and Minerals, para comprar un país en crisis y reorganizarlo de acuerdo a sus intereses económicos. La precaria situación que vive Chile y su localización geográfica lo convierten en el candidato ideal para los propósitos del consorcio liderado por Arnold Schnitzer, su tenebroso presidente.

En uno de los primeros párrafos del texto, el narrador describe la escena donde Pinochet arriba a su fortaleza del Cajón del Maipo: «Los autos llegan finalmente frente a la casa y, como en una película de Hollywwood, espera en la puerta la generala rodeada de sus hijos y sus nietos, para darle la bienvenida al esposo, padre y abuelo, para que no olvide el amor familiar». La absorvente e irresistible historia que Fernando Sáez nos ofrece está inmersa en esta atmósfera hollywoodense donde figuras de carne y hueso que participaron en el golpe y el régimen militar, alternan con personajes ficticios, pero todos convertidos en guiñoles de una opereta tragicómica cuyo desenlace es la metáfora personal que el autor nos ofrece del Chile de nuestros días.

 

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