lector lom ruleta rosa fanny campos espinoza

 

 

 

Por Elvira Hernández

 

El libro que lleva el nombre de Ruleta rosa, no permite dilaciones, tiene urgencia. Se trata de páginas abiertas, que tienen presente que el número de mujeres asesinadas aumenta cada hora, aun cuando acá, su autora Fanny Campos Espinoza, haga una detención simbólica en el año 2015 cuando se alcanzó en el país, en la curva de las mediciones, el macabro récord de 45 mujeres que perdieron su vida de manera violenta por las manos de un hombre muy cercano, que se la arrebató. Este detenimiento no lo hace para llamar a un minuto de silencio, porque ese minuto como homenaje ya se encuentra caduco y vencido. Es necesario hablar, hacer que las palabras hablen, lo que no siempre ocurre. Podemos estar oyendo palabras desactivadas, sintiendo un ruido de hojarasca retórica, un murmullo demagógico y en lo relativo a los asuntos de políticas públicas relacionadas con la mujer las palabras se llenan de confusión y negrura. Para que ese engaño y esa violencia no siga repitiéndose, Fanny Campos Espinoza abre un espacio de conocimiento haciendo pie en ese fatídico y ejemplar año 2015 de la mano de la poesía; pone su confianza en ese arte para llegar a una verdad poética, ensanchamiento de verdades y dialogar con los destinatarios, lectoras y lectores, de una sociedad chilena que aparentemente, no parece conmoverse con estos crímenes. Todo lo indica: tenemos una legislación permisiva para brutalizar a la mujer, un sistema de protección risible para situarla en riesgo permanente y atemorizada y, una recepción de los sucesos criminales en los medios de comunicación como en las esquinas, con una inclinación al morbo y al chisme donde todo el sentido que bordea el cuerpo muerto de una mujer, se diluirá. La urgencia se traslada entonces a la importancia que tiene y adquiere el que la mujer observe su vida y pueda preguntarse sobre ella, hacer memoria, repensar, recapacitar, tomar decisiones que pueda llevar a su particular y apropiada práctica, como única manera de tener soberanía sobre sí misma.

Me sumo a la premura. El título es atractivo: Ruleta rosa. Una expresión que absorbe los significados de azar, juego, más esa narración donde el amor idealizado triunfa sobre la adversidad. Pero al mismo tiempo está también dicha expresión cruzándose con esa otra que alude e ironiza: el juego suicida de la ruleta rusa, donde el amor propio se hunde en la adversidad y se precipita a la autodestrucción. Esto obliga a la poeta a presentar los casos o, los casos de los poemas de las mujeres asesinadas con gran sutileza, buceando en nuestra lengua para sacar a flote elementos verbales sumergidos y dormidos en nuestra conciencia; darles lucidez. Redireccionar todos esos sentidos ya codificados y manidos, machacándolos, haciéndolos estallar. Además, necesita apelar a todas las fuerzas esclarecedoras y sobresalientes para que converjan y las mujeres asesinadas no aparezcan exhibidas como meras víctimas, que lo son, sino lograr que el poema les brinde posibilidades de reivindicarse, todas aquellas posibles, las que la sociedad patriarcal nunca les dio; digamos que la poeta busca sacarlas del olvido y, para eso, en este escrito, les extiende una sobrevida. Es la única manera de que esta ruleta, de mujeres por lo rosa pero no ya por ingenuidad, no sea una forma en que la mujer, una vez más, dispare contra sí misma, sino la búsqueda de la bala de plata con que darle al blanco de las injusticias y crueldades milenarias; depositar significativa contribución en pro de poner fin a la opresión patriarcal y violencia de género.

Cada paso del libro será entonces una red que arrastrará propósitos para llegar al fin simbólico previsto: desmontar el gran aparataje conceptual de cuño masculino que legitima y reproduce la violencia contra la mujer, enquistado y desarrollado por la especie humana y cuyo alimento son las emociones. Hay un cordón emocional que nos une. No es raro en esa circunstancia observar, esta vez acá, las perversiones acentuadas de nuestro sistema patriarcal nacional, que permite que la pareja sea despareja en derechos, que uno de ellos, el hombre, pueda cosificar a la otra, la mujer. Anularla mientras exhibe, enarbola y usufructúa del latiguillo amoroso y monocorde que en el ritual del enamoramiento y la conquista puede llegar a obnubilar a la mujer, a una mujer dependiente económicamente de ese amor, con efectos previsibles para ella: castigo, encadenamiento a una esclavitud doméstica y familiar, en el cepo de un reverbero sentimental. Es por esto y más, que la dedicatoria recoge este deseo de liberación, con todo el fervor y la convicción con que lo manifiesta. Cito: «A todas las mujeres y en memoria de las asesinadas en Chile durante el año 2015, deseando que logremos erradicar la violencia de género, en este país, en toda Latinoamérica y el mundo entero». Una dedicatoria que no puede dejar indiferente a nadie que quiera cambiar con honestidad las condiciones impuestas a nuestras vidas.

No voy a entrar milimétricamente en el libro, no quiero perder de vista la perspectiva de una presentación, aun cuando, la tentación me ronda, acicateada por esta primera lectura de páginas que perciben en la poeta la sagacidad en el logro de extraer de cada hecho luctuoso, atrevidas y diminutas semillas emancipadoras. Quiero, sin embargo, adentrarme un poco más en el inicio, que no es plano ni retórico, tiene su relieve en la disposición del libro. Me refiero a un juego de tres epígrafes que encausarán y ambientarán el despliegue de los poemas. El primero ha sido apartado de «Esperpéntica», una conjunción poética de nuestra autora. Dichos versos, acá, operarán como conjuro en una imagen de mujer muerta en vida y sucesivamente asesinada, pero a la vez, en permanente resurrección y porfiada resistencia -vencer la muerte que siempre la acecha- externa e internamente, para salir del lugar abandonado e insolidario donde la sitúa la sociedad. El segundo epígrafe está firmado por Gonzalo Millán, son versos que aluden a un sufrimiento experimentado por una humanidad trabajadora mayoritaria, un tanto abstracta y por lo tanto viril, a la que se ignora en su explotación bestial aun cuando sus heridas se encuentren a la vista, escociendo; por tanto, se hablará acá desde la herida, una herida que es hoy por excelencia consustancial a la mujer, siempre trabajadora esclava y atrozmente invisible, más aún, en la medida que hoy lo masculino ya no sirve como norma incuestionable de lo humano. Y ese es el gran acierto de la autora al elegir y colectar estos versos de Millán, «imprescindible poeta» como lo llama, y atraerlos para adjuntarlos y hacerlos parte en la denuncia de los 45 poemas de este libro -función perfecta del epígrafe. El tercero y último de los epígrafes reúne los comentarios de tres mujeres que reaccionaron a los maltratos y ajusticiaron a sus maridos y convivientes. Digamos que el azar rosa gatilló. No más ya la tolerancia de una violencia con amor siempre pagado. Se está junto a las gotas que han rebalsado el vaso de la paciencia. Las mujeres han sacado fuerza de flaqueza y se han manifestado con esa violencia con que se puede ejercer un poder que las mujeres no quieren tomar para sí –lo están haciendo con pinzas para no mimetizarse y reproducirlo- más bien buscando erradicarlo, sacarlo de circulación, una verdadera utopía.

 

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Fanny Campos Espinoza (Crédito foto: Prensa LOM)

 

Completa este acercamiento al cuerpo poético una estadística que compara los «femicidios» –vocablo de muy reciente aparición y de escasa comprensión- con los parricidios que la autora sitúa «a modo de introducción». Debe ser esta la única estadística donde la realidad no puede adoptar el disfraz de lo indeterminado. La proporción es espeluznante: 45 mujeres asesinadas por un hombre finalizando su vida de esa no deseada manera. Queda entonces, meridianamente claro el tenor de la catástrofe femenina. El abuso cruel de una fuerza diferenciadora aniquilante frente a la reacción de una mujer que es breve ruido, algo así como un disparo casual y simbólico que no tendría que ser comentado en la crónica roja sino en las salas de las legislaturas donde se naturalizan las costumbres.

Es este libro un gran escenario donde las mujeres adquieren la voz que nunca tuvieron. Revisan sus vidas, sus vidas fenecidas, las comparan con las vidas que soñaron e idealizaron, avanzan más allá de sus subjetividades, enjuician el tramado social: lo que va de lo privado a lo público; el lenguaje, palabras vacías como <medidas cautelares>, cartas y poemas de amor torrencial a escala nerudiana; cuestionan instituciones como el matrimonio, hurgan en atavismos como ese poema que nos sale al camino de la lectura como una mole para interpelarnos y cuyo título –Dejá vú- se deja caer como rayo. Nada se agota en este escenario: aparecen huérfanos llevando la colección de sus traumas y abuelas, hijas, esposas, madres en la pira del sacrificio. Se hace visible en ese tablado de páginas, la violencia feminicida que se instala en el seno del pueblo donde siempre se golpea más fuerte, donde puta y mujer tienen que armonizar, y la condición femenina subalterna no escapa siquiera en los pueblos ancestrales, hacia donde solemos mirar con esperanza. Se podría decir que son grandes pliegos de denuncia bruta, pero no, es poesía, palabra llevada a un alto grado de tensión para sacarla de su automatismo, vaciedad y rescatarla de la ruina. Instancia donde la poeta toma la palabra conversacional y va con ella a un diálogo en el plano literario, pleno de alusiones que es un modo delicado de enriquecer el sentido eludiendo la pedantería de la cita y la remisión excesiva a las comillas. Se permite, esta vez la autora, ir incluso más allá de lo que pudiera pensarse recomendable y políticamente correcto al friccionar la gramática de nuestra lengua con una sola palabra: «cuerpa», y acompañar con ella, a las dueñas de nada. «Cuerpa inerme» se dirá en un verso, «la cuerpa preñada y parturienta» en otro y, no es en este nombrar como en otros autores una mera distorsión estética a nivel de verso. Es, me parece, el riesgo que corre la poeta al presionar nuestro idioma que le ha dado lugar por ejemplo a la palabra cuerpada –un diseño exterior de cuerpo de preferencia femenino- y ubicar entonces la palabra «cuerpa» en la antípoda, con una pretensión de exclusividad innata mujer, intransferible. A mi juicio, está haciendo fuerza con esta palabra en las grietas de una lengua que exhibe una densa cultura de expoliación a la mujer y que ahora tiene que recoger realidades humanas que se le están escapando como la transexualidad y que van con nosotros sin que queramos verlas, es decir, sin que las nombremos. Es tema que recién se enfrenta en este lugar de legitimaciones que es el idioma.

Ruleta rosa nos llega en momentos en que las mujeres hemos salido a las calles para decir que los llamados asuntos de género son un problema social y no casos aislados o concentrados aquí o allá por alguna variable sociológica de última hora. Las mujeres en la calle, con sus vestimentas coloridas, sus representaciones, los pasos coreográficos y su ritmo, los lemas con su sonido, la tranquilidad de su desplazamiento urbano, la alegría de su convocatoria son lo más cercano a un profundo cambio social en ciernes, una primavera que se acerca. No es comprensible, o sí lo es, que los medios de comunicación de masas, acostumbrados a reportear las primaveras de Praga o las primaveras Árabes no vean este crecimiento y floración. Pues bien, Ruleta rosa está para que la pongamos en nuestras carteras-mochila como indispensable.

(Presentación leída el 21 de marzo de 2019, en Auditorio LOM, Santiago).

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