Selva Almada: «No es un río»

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Selva Almada construye toda su obra desde un borde. No se posiciona en centros ni urbes, su imaginario cultural es la provincia. Ese lugar no porteño en el que todo sucede sin que sea necesario decirlo.

No es un río es una novela que habla sobre la cosmovisión rural con todos sus ritos, silencios y formas. Almada (re) construye la cotidianidad de un poblado argentino en donde el mal entendido progreso no ha llegado. Este lugar sin nombre parece atrapado en el tiempo, como si funcionara en una realidad paralela al frenesí incansable del gran Buenos Aires.

El Negro y Enero Rey llevan al Tilo a pescar al mismo río en el que se murió su padre varios años antes. Mientras toman cerveza, fuman tabaco y esperan pacientemente por alguna trucha, recuerdan sus vidas -siempre cíclicas y rutinarias- inmersas en un eterno retorno que no suelen dimensionar.

Almada continúa su proyecto literario comenzado con El viento que arrasa y Ladrilleros. Hay una continuidad que se reconoce por la cadencia de su estructura. Más allá de la historia -esta no es una novela de tramas- todo se condensa en el lenguaje, esa verticalidad cargada de historia no oficial que se resiste al mundo homogéneo que desde las urbes globalizadas se nos quiere imponer.

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