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El tipo estaba en el mismo patio de su restorán, bajo una gruesa capa de cemento. Los asesinos fueron un par de cocineros que habían llegado recientemente desde alguna provincia perdida de China. Al parecer se enojaron con el sujeto porque éste no les pagaba lo acordado y rápidamente optaron por la vía violenta. De las palabras saltaron rápidamente a las amenazas y luego los golpes; certeros y rotundos, cayeron sobre su patrón. Ya era tarde para echar pie atrás.  No tenían aquella paciencia que uno supone en los hijos de Confucio. Como no lo pudieron llevar a ninguna parte, lo trozaron con maestría y lo enterraron en el pequeño patio. Yo visité el lugar mucho tiempo después. Era un espacio de dos por tres metros al que le daba el sol en la mañana. Por la orilla había plantas. Un diamelo con sus pequeñas flores azules y blancas otorgaba el toque oriental.

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