obituario

(Selección de Obituario de Andrés Gallardo, próximo a reeditarse por Ediciones Overol)

 

El insondable oriente 1: La certeza

Inclinado sobre el azadón, Chang Li Hwo soñaría con bienestares cuando lo despertaron unos gritos desgarra­dos. Miró alrededor. No vio a nadie. Volvió a su trabajo. Los gritos se oyeron de nuevo, como un eco. Chang Li Hwo dejó su trabajo. Puso atención. Los gritos no cesa­ban. Chang Li Hwo se dirigió, entonces, al pozo. De las profundidades salía un grito de viejo que imploraba soco­rro. Chang Li Hwo dijo en voz alta “mi padre no lloraría como una mujer histérica” y volvió a su trabajo. A los po­cos días, el hedor obligó a sellar el pozo inútil.

 

Crónica de Edgardo Rodríguez Juliá  (Puerto Rico, 1946)

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Debo narrar un incidente que aún resuena en mi memoria musical. En 1979 se celebraron los Juegos Panamericanos en San Juan. Como parte de los eventos culturales, se presentó la Orquesta Aragón de Cuba en el campo de La Fortaleza de San Felipe del Morro. Contra las almenas de la ciudadela casi cuatricentenaria se colocó la tarima. Empezaron a llegar los músicos negros y mulatos de la Aragón, con sus trajes oscuros perfectamente señoriales; nada de dashikis, peinados afros, abalorios de santería o zapatacones. Los títeres maleantes de la barriada La Perla, el barrio bravo, guapetón y extramuros de la vieja ciudad, comenzaban a llegar y a burlarse de aquella orquesta «gallega», que parecía compuesta por graves directores de pompas fúnebres. Además, la instrumentación también lucía extraña: violonchelos y violines, las pailas y las tumbadoras al lado de la flauta y el contrabajo. La charanga cubana lucía salida de algún Concierto Barroco por Carpentier, visionaria y algo desfamiliarizada en el crepúsculo, ante la multitud dicharachera, indómita y pendenciera. Tan pronto sonaron los enfáticos acordes y comenzó el danzón, seguido por la guaracha y el guaguancó, aquel gentío se transformó en el baile; sobre el dificultoso césped del campo del Morro el asentimiento musical era absoluto para una música que aunque sonaba a salsa no era salsa, pero que bien reclamaba el bailoteo como parte imprescindible de su propósito. Era música que llamaba los pies y las caderas, prueba de que, como ha señalado Ángel Quintero Rivera en su libro Cuerpo y cultura, la cultura musical de estas latitudes es indiferenciable del cuerpo en tanto ejecutor del baile y su particular goce.

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