Tres apuntes sobre Vamos a tocar el agua de Luis Chaves.

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1. Vamos a tocar el agua es una novela autobiográfica que documenta el viaje que emprende la familia Chaves desde la calidez de su natal Caribe hasta la soledad del frío alemán. El padre del clan, por su condición de escritor, se ganó una de las becas más prestigiosas del mundillo literario. El premio además de proporcionar una cantidad nada despreciable de dinero, trae consigo la estadía de un año en la ciudad Berlín, su única obligación –en una especie de moneda de cambio- es aprender a hablar la dificultosa lengua del alemán. Cuando ya están instalados en el huracán de la grisura europea, la hija menor pregunta entre sollozos una y otra vez: «¿Por qué estamos aquí?». Es la pregunta que se hacen todos, pero que en la boca de la pequeña tiene la ferocidad que traen consigo las felicidades –que más allá de las idealizaciones- no lograron consolidarse. En el texto de Chaves no hallamos ese todo nostálgico y feliz por vivir en un país que nada se asemeja con su natal Costa Rica. No está la saudade de lo ido, más bien nos enfrentamos a un relato sin impostaciones en el que las incertidumbres aumentan como una torre de angustias.

2. Para explicar el viaje y sus posteriores vivencias, Chaves recurre a un imaginario cultural de libros y películas. La primera entrada es sobre la extraordinaria película de Kim Ki-duk «Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera». Más adelante hallamos referencias a la novela Middlesex de Jeffrey Eugenides y a Matadero Cinco de KurtVonnegut. El proceso intertextual resulta fundamental y necesario, pues la documentación de la vida familiar no queda circunscrita al mero ombliguismo. Se buscan bajar cables a tierra que permitan unificar historias para de esta forma generar un relato robusto en el cual la literatura tiene igual o más peso que la variable familiar. Quizás Chaves busca hablar de su intimidad para ni tan veladamente hablar de literatura.

3. El texto es acompañado en su interior por fotos que documentan las vivencias del protagonista. Se pretende ir dejando un registro –un archivo íntimo- en el cual cada imagen da cuenta de la veracidad de lo que se narra. En un ejercicio similar que también realizaron los escritores nacionales Francisco Mouat y Cinthia Rimsky se busca seguir hablando del desarraigo y la fragilidad desde la cámara de un afuerino que nunca logra sentirse parte. Las fotos poseen la dualidad de ser postales turísticas y espacios íntimos. Plazas y almacenes contrastan con sillas y ventanas que intentan hacerlos sentir un poco menos solos. El libro de Chaves no se termina en su última página, sus ecos siguen rebotando después de finalizado, pues la figura del recuerdo como un todo –que de por sí anula al presente- es una imagen que termina resultando aterradora.

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