Por Cristal Valdebenito
Ella solo aparece cuando hay silencio.
El ruido parece asustarla, porque si algo ocupa mi cabeza, ella no se atreve a cruzarse en sus paredes.
Ella es silenciosa, desocupada y hambrienta.
Ella es una visita no deseada, porque llega sin aviso y se queda sin permiso.
Ella solo aparece cuando ya no queda nadie más, cuando el aire está seco y mi cabeza callada.
Ella, por ella, mis oídos deben zumbar, mis ojos deben secarse y no cerrarse, debo saborear cualquier luz, porque sino se instala.
Sin aviso, sin permiso, sin piedad.
Ella vive en los rincones oscuros, en las habitaciones apagadas, en el dolor que sin darme cuenta ahí acecha, quieto y callado.
Ella no me deja en paz si puede, murmura bajo, en pedacitos, colándose en el silencio, escondida en la quietud.
Ella interrumpe la calma y la llena, la agota, la pisa, convencida de que es más importante.
A ella no le gusta cuando estoy feliz, porque así no la escucho.
Odia cuando me muevo rápido, porque así ella no me alcanza.
Detesta cuando estoy descansada, porque así ella no puede obligarme a dormir.
A ella yo no la quiero, habla demasiado y nada dice;
tiene hambre, a pesar de que come sin parar de mi cabeza;
tiene sed como si no agotara ya mis venas;
está cansada, aunque siempre duerma en mi pecho; ocupando espacio, asegurándose de que la huella de su molde no desaparezca y que su olor no se nuble.
Ella es el derrumbe de mis sentidos, el malestar en mi estomago, ella es todo lo malo que alguna vez hice de mí y que haré mal.
A ella no la quiero, porque es todo lo que detesto.
Ella es el llanto desesperado, los brazos rojizos y quemados, los mechones arrancados, la garganta cerrada, los dientes apretados.
Ella es la angustia viva y caliente, que derrite el buen pensar y llena mi cabeza de sangre.
Y sin importar a dónde corra, cuánto escape, ella está metida en mi bolsillo, amargada de que he salido.
En mi cabeza ella echa raíces, pudriendo mis pensamientos, susurrando debajo de la puerta lo que no quiero escuchar porque no es cierto.
A ella le gusta cuando tengo miedo, cuando odio, cuando sufro, porque así le doy permiso.
Si tiene permiso, todo da vueltas. El aire es espeso, la visión es inútil, las palabras son amargas y saben a dolor: todo quema, dejando ceniza y vapor.
Cuando ella manda, no hay lágrima suficiente para curar su sed, no hay fricción en mis brazos que rasque su incomodidad y no hay espacio que llene su odio.
Para ella no soy más que un montón de huesos, alegría sin razón, amor sin miedo.
A ella yo no le gusto.
Y yo a ella yo no la quiero.
Miserable hace mi vida al saber que soy su hogar y como yo de ella, no se puede escapar.




