Por Ernesto González Barnert
Me sumergí estos días en Grietas de la luz, [Fondo de Cultura Económica (FCE), 2024], el libro más reciente de Federico Díaz Granados, un poeta que admiro desde hace años, desde aquella visita suya a Chile como invitado del Festival de Poesía de la Fundación Pablo Neruda en 2016. Era un tiempo en que algunas de las voces jóvenes más destacadas de Latinoamérica se reunían durante una semana entera para celebrar a Neruda, pero también para reconocerse entre sí, muchas veces convocadas por premios obtenidos en sus propios países. Federico ya había estado antes en Chile, aunque entonces la experiencia fue ingrata: un ambiente hostil y tóxico, heredero de ciertas inercias de los años noventa, donde aún ardía la lógica absurda del «poeta único», tan propia de nuestras pequeñas guerras civiles literarias. Con el paso del tiempo, por fortuna, la poesía chilena comprendió que esa lucha fratricida por ser el highlander —el único— era, sencillamente, una tontería. Y Federico volvió, leído y querido por muchos, como debía ser.
Hoy, desde 2024, con Grietas de la luz, Díaz Granados se ha convertido en el autor del año en poesía en su país. Este libro —que dentro de Colombia ha sido un verdadero fenómeno— se ha vuelto quizá el poemario más leído, comentado y regalado del ámbito hispano en los últimos meses, un logro nada menor. Basta decir que tengo en mis manos la segunda reedición de 2025. No es un libro que haya pasado: es un libro que sigue pasando.
Aún tengo fresco el recuerdo de una entrevista que le realicé, cuando le pregunté a qué le temía un poeta. Respondió: «Traigo desde la infancia un miedo a la oscuridad y al monstruo del clóset o de debajo de la cama. Le temo a las alturas y a los aviones. Temo a que llegue un día en que no recuerde a los seres queridos y me pierda en una nebulosa de olvido. Temo a perder la capacidad de maravillarme con las cosas más sencillas». No tengo la menor duda de que esta respuesta abre un verdadero vórtice de sentido para Grietas de la luz, el libro que hoy irrumpe con fuerza en la lengua castellana.
La poesía de Federico posee la calma y la espacialidad de una oración. En Grietas de la luz trabaja la historia personal de la muerte, la vejez y la infancia rota con una mezcla cautivadora de ternura y lucidez, atravesada por una sofisticación pop deliberadamente femenina que el poeta apropia y cita de manera siempre contenida y precisa, apuntalando una nueva masculinidad sensible desde la cual dar cuenta de su tiempo y de las mujeres que han marcado su vida. Es una poesía que no necesita levantar la voz para estremecer. Aquí construye un libro familiar y afectivo que parte de una historia aparentemente sencilla —la abuela, la vejez, la fragilidad, el alzhéimer— y la expande más allá del símbolo, hasta convertirla en un torrente emocional que roza la memoria colectiva. Porque lo que se narra es íntimo, pero resuena como algo que nos concierne a todos: la infancia quebrada, la pérdida lenta, los silencios que van devorando los nombres y las fotografías.
En cada poema aparece esa luz que entra por la grieta, como en el verso de Leonard Cohen que guía una de las secciones del libro, recordándonos que por allí también se filtran la esperanza, la risa tenue, la belleza que resiste. Federico entiende que el dolor no se declama: se ilumina. Por eso este libro conmueve sin aspavientos, con una sinceridad trabajada, con una delicadeza que nunca cae en lo cursi ni en lo sentimental. Lo suyo es la emoción contenida, la respiración honda, en plena sintonía con la amplitud narrativa y ética de la llamada poesía de la experiencia española, donde hoy destaca Luis García Montero.
Nacido en Bogotá en 1974, Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2021, director de la Biblioteca de los Fundadores del Gimnasio Moderno y de su Agenda Cultural, y director del Festival Las líneas de su mano, que ya va en su decimoséptima versión —encuentro donde en 2025 se celebró la poesía chilena, en especial la de Raúl Zurita y Elvira Hernández—, tuve además la dicha de ser uno de los invitados a ese maravilloso espacio internacional de diálogo y lectura.
Federico Díaz Granados lleva décadas construyendo una obra sólida, que incluye ya varios títulos desde 1995 a este 2025, además de antologías decisivas. Su doble vocación de poeta y lector crítico —columnista habitual de Cambio, El Tiempo y El Espectador— aparece aquí destilada en una escritura limpia y meditativa, sin exceso ni retórica superflua.
Grietas de la luz es, en último término, un viaje hacia la ausencia, crepuscular, pero también un libro profundamente vitalista. Habla de la pérdida, sí, aunque no para instalarse en ella, sino para recordarnos que incluso en los momentos más sombríos la luz insiste: se filtra, reaparece, persiste. Estamos ante un poemario indispensable de esta década, una obra que ya ha comenzado a trazar su propio camino entre los lectores y que confirma a Federico Díaz Granados como una de las voces más queridas, lúcidas y necesarias de nuestra lengua y de nuestro tiempo.
El propio poeta lo ha dicho con claridad: la poesía es «su manera de juntar todas las fichas de un rompecabezas de la memoria —que de antemano sabe incompleto— para recuperar, a través del lenguaje, cada instante de la infancia, los recuerdos, las lecturas y los afectos hondos; para dialogar con sus emociones y temores». Cada ficha es una verdad quebrada cuyas astillas intenta reunir para reconstruir, del modo más genuino posible, esa memoria. Escribir, para él, es dialogar con una tradición elegida, dar cuenta de una mirada sobre el mundo y devolver con gratitud algo de la belleza o el asombro recibidos. Es volver, con la inocencia del niño, al Cinema Paradiso, al Halcón Milenario o al DeLorean de la infancia.
Tengo, además, la intuición de que se trata de un libro de mellizos. Me explico: Grietas de la luz parece contener en su interior dos poemarios autónomos, ambos sólidamente construidos, con identidad, garra y fuerza propias, aunque puestos en diálogo constante. Para mí, en particular, la primera parte resulta sencillamente demoledora, de una intensidad que deja al lector sin respiro. La segunda sección, aun cuando prolonga, expande y complejiza las experiencias que aquí se ponen en juego —como un hermano que acompaña y conversa, ambos hijos de un mismo parto—, se percibe casi como otro libro, también valioso y con virtudes propias, pero que, en una lectura de corrido, corre el riesgo de quedar momentáneamente opacado, pues el lector todavía no alcanza a reponerse del impacto de la primera.
En tiempos de estridencia y escritura apresurada, Grietas de la luz se impone por su hondura, su pulso humano y su rara capacidad de acompañar al lector sin subrayados ni alardes. Es un libro que se lee conmovido y se recuerda en silencio, como esas obras que no buscan deslumbrar, pero terminan quedándose con uno, iluminando —desde una grieta mínima y persistente— aquello que creíamos definitivamente perdido, o ese día inevitable en que comenzamos a olvidar quiénes somos y la muerte empieza a respirarnos en la nuca. No es casual que Federico Díaz Granados haya citado alguna vez, al hablarme de su poética, en el 2020, un verso de T. S. Eliot, en traducción de Jorge Luis Borges, como una suerte de clave ética y poética de su escritura:
«Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo».



