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«La casa de las arañas» de Nicolás Poblete: Un thriller bien estructurado a partir de un episodio traumático.

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Desde hace algún tiempo Nicolás Poblete ha venido publicando con gran regularidad. Sus novelas suelen profundizar en pasajes de la historia de nuestro país, desde la lógica de la literatura de terror. Corral (2024), su publicación anterior, unió diversos episodios: la tragedia de Antuco, el estallido social, y el maremoto de Valdivia de 1960. Si bien siempre habrá algún elemento personal en la escritura, recurriendo a recuerdos, cosas oídas al pasar, lo que se propone Poblete es fabular, hilvanar narraciones a la vieja usanza sin utilizar su propia historia personal de modo explícito como elemento de combustión para el texto.

La casa de las arañas es una novela intrincada, con constantes viajes temporales, distinto tipo de narradores —destacando el inusual uso del narrador en segunda persona para determinados pasajes—, pero así y todo logra gran fluidez, en definitiva, leer para «saber qué va a pasar». Esto ocurre por personajes distintos entre sí, bien delineados y el modo en que las historias se van entrelazando, como la tela de araña que sugiere el título.

La narración va alternando entre los años 1974 en San José de Maipo y 1994, en Santiago. En el Cajón vive Faustina con su hija Felicia. Luego de una experiencia traumática que por poco le cuesta la vida, Felicia se irá a vivir a un internado de monjas, permaneciendo en ese lugar toda su vida escolar, quedándose incluso los días festivos. No quería saber nada de su vida anterior, como si buscara vestir otra identidad. Cerca de ellas vive Severina. Llegamos a la historia cuando su mamá se ha marchado con un hombre y le ha dejado el restorán del que era dueña para que tenga de donde afirmarse. Parece buena idea, pero por esos días Severina queda embarazada y se siente sola y desvalida. El abandono es un común denominador en esta novela; abandono de sangre de quien debiese cuidar, pero, al mismo tiempo, lazos inesperados y fraternidad con gente que se va conociendo en el camino. En este sentido tiene un punto de cercanía con La hija única (2020) de la mexicana Guadalupe Nettel: lazos de afecto que no siempre coinciden con los vínculos sanguíneos.

Hay también otra dimensión del abandono que trata esta novela; madres a los que les robaron a sus hijos recién nacidos por monjas y médicos en complicidad con agentes de la dictadura, un tema del que no se sabe mucho en Chile, y es donde la La casa de las arañas viene a llenar un hueco, a completar el mapa. Si bien es ficción, abre la interrogante si realmente sabemos tanto como creemos sobre el período de la dictadura.

En ese lugar cordillerano también está el control militar, a cualquiera le puede llegar una bala en la cabeza si desobedece el toque de queda, es por eso que los animales parecieran constituir un ordenamiento anárquico que no se somete a la autoridad, como especie de desafío constante al régimen: «La voz del locutor serpentea en torno al espiral de tu oreja, y te preguntas si acaso a los cóndores que aún siguen en el escudo del país, y que de tanto en tanto hacen círculos amplísimos en el cielo o planean plácidamente, tan arriba, les prohíben volar entre el atardecer y el amanecer». Se genera un curioso contraste involuntario.

Faustina era una joven atractiva y lo mismo se decía de Mario Celestino Bórquez, el padre de Felicia. Don Celestino era cosa seria, no dejaba títere con cabeza entre las mujeres del sector, pocas podían resistir sus modos de galán y esa sexualidad que Faustina encontraba que le salía por los poros: «Sé identificarlos; ese tipo de hombres cuya sexualidad es incluso evidente en su cuello», dirá Faustina en algún momento. Su trabajo de repartidor de balones de gas y otros insumos entre los habitantes del sector le permitía interactuar con jovencitas y como a veces lo pillaba el toque de queda, no le quedaba más remedio que dormir afuera. En cierto punto de su vida, Faustina se empezó a volver medio loca. Por un lado tenía el resentimiento vivo por el abandono de Celestino, que las tenía, a ella y a su hija, sin plata para comprar parafina para la estufa y además, una religiosidad fanática, que le hace decir cosas como que lo que atraviesa el país en ese momento es una prueba que Él ha decidido y por lo tanto hay que saber aguantar y mantenerse alejado del diablo, no como Celestino, que se fija en mujeres cercanas a partidos prohibidos por el gobierno. Es decir, el tipo de persona a la que se contesta con monosílabos cortantes en una situación social, pero distinto y aterrador que sea la madre que ejerce autoridad sobre un niño.

Tal como en una película de época donde los personajes usan autos antiguos, acá se recurrió a referencias culturales que ayudan a crear el ambiente, sobre todo en los episodios dedicados al año 1994, que es cuando vemos a Felicia como una mujer independiente ayudante del departamento de Criminología de la Universidad Católica. No es poco lo que ha tocado vivir y a lo mejor por eso siente la necesidad de profundizar en el estudio de las conductas criminales. De este modo se hacen referencias a bandas, aparece Nirvana en una polera o PJ Harvey en un poster de una pieza, así también un personaje lee el fenómeno editorial de aquel tiempo: Paula de Isabel Allende. Además, el relato integró muy bien la lógica de una vida antigua. Por ejemplo, en una ocasión en que necesita hablar algo muy importante con la directora del hogar en que hizo su internado y prefiere hacerlo desde el teléfono de su oficina, porque teme que si lo hace desde un teléfono público se le puedan acabar las monedas en la mitad de la conversación o que alguien permanezca impaciente afuera, esperando su turno. Es una perogrullada reparar en esto, pero los celulares con internet no han existido desde siempre, no está mal recordar cómo era la vida en esos años donde existía la posibilidad del exceso y el desmadre sin el constante riesgo a quedar en evidencia por algún celular artero.

La escritura tiene ritmo dinámico, gracias en parte a la utilización de diferentes recursos, distintos narradores. En ocasiones se acerca al horror corporal desde una perspectiva que no excluye el erotismo, como cuando Felicia lleva a su departamento a Max, una chica atípica que conoce en un concierto de piano en la Universidad, que hace una especie de rito para que Felicia pague algo que no cometió, pero de lo que tiene responsabilidad indirecta. Así mismo, intercala descripciones en detalle con frases con gran poder de síntesis, como en este pasaje: «En el hospital ese instante de pánico: el espejo». Esto permite que la escritura se sienta como como un paisaje con colinas y mesetas en donde siempre hay espacio para la novedad.

La última novela de Nicolás Poblete profundiza en su búsqueda de episodios de la historia nacional como materia narrativa. Diferentes hilos narrativos que forman parte de un mismo telar, entremezclados con la destreza de quien conoce el oficio. Destaca la elaboración de personajes femeninos, con mujeres muy distintas entre sí. Está muy lejos de ser una novela histórica; a ratos una atmósfera desquiciada no permite ver escapatoria y solo queda soportar lo que el poderoso (léase: padres a cargo de niños) ha determinado. Pero al mismo tiempo existe una mirada comprensiva y empática por quienes nos pudieron haber hecho daño. Es sorprendente la conversación que Felicia tiene con la directora del internado en que vivió: “«Hubo momentos buenos también… momentos alegres. No todo es blanco y negro, y yo soy capaz de distinguir matices. ¿Quién puede evaluar una vida? Por más… conflictiva que sea una vida… aunque se haya dañado, es vida». Sobrecoge y permite ver que es posible mirar la propia historia desde otro lado.

 

FICHA TÉCNICA

Título: La casa de las arañas.
Novela.
Autor: Nicolás Poblete.
Editorial: Cuarto Propio.
276 pgs.
Año: 2025.

Juan José Jordán
Juan José Jordán
(Santiago, 1982). Egresado de Literatura UDP. Ha hecho talleres literarios, participado en proyectos de edición y ha intentado hacer de periodista en diferentes entrevistas. Le interesa la lectura como espacio de diálogo.

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