Ricardo Vivallo: «La literatura es el uso artístico del lenguaje»
Ricardo Vivallo es uno de los escritores más letrados de su generación. En sus diarios no hay un refrito del yo, más bien, hay una cabeza inquieta y angustiada que en todo momento remite a libros y autores, la intertextualidad como una forma de enfrentarse al presente. En revista Lector conversamos sobre Cuaderno de remoción (publicado por Bulk), un encuentro con la pandemia, el estallido social y una angustia que a ratos es extrema y aterradora.
Me parece que el narrador, al igual que en Cuaderno de Guayaquil, habita un lugar en el que hay más problemas imaginarios que reales. Hay una angustia que no tiene un ante qué, Martin Heidegger lo llama el Dasein.
La atmósfera psíquica de ambos libros es, sin duda, la ansiedad. Y precisamente la ansiedad se define por ser un miedo inmotivado, un miedo informe. O un miedo al miedo. Es irracional. De ahí que el sujeto que escribe se sienta ansioso de una manera patológica. No puede evitarlo. Aunque lleve una cómoda vida burguesa vive siempre intranquilo. Tal vez sus problemas puedan ser o parecer imaginarios, pero la experiencia de la angustia es real. No lo angustian las deudas ni el desempleo o la enfermedad, sino más bien, en su caso, se trata de una ansiedad que tiene más que ver con un estado de desorientación extrema y aterradora.
En tus diarios hay una intertextualidad que, desde mi perspectiva, se divide en dos espacios. Antes de la pandemia se citan autores canónicos: Kafka, Gombrowicz, Canetti. Mientras que, durante la pandemia, aparecen autores de nicho Serra Bradford, Gonçalo M. Tavares, Salvador Benesdra, Julio Ramón Ribeyro. Hay un que quiebre a partir del contexto social.
El orden de las lecturas es más bien circunstancial. Solo en el caso del Diario de la peste de Tavares se trató de una lectura vinculada con la contingencia. Me gustó mucho en el momento cómo Tavares iba describiendo esa cotidianeidad tan irreal e impredecible de la pandemia. En el caso de Benesdra, puede que haya tenido algo que ver con el contexto, porque El camino total es un libro de autoayuda y quizás estaba buscando alguna orientación. Y el diario de Ribeyro lo menciono porque su lectura siempre me resulta estimulante. Aunque no es un libro precisamente feliz puede resultar esperanzador.
¿Un escritor es un artista? Te lo pregunto porque lo señalas en el libro cuando haces una reflexión sobre cosas que no pudieron ser.
Sin duda. La literatura es el uso artístico del lenguaje. Ahora, qué entiendo por «uso artístico» del lenguaje, no sabría explicarlo. Prefiero citar a Valéry: «La calidad literaria depende de las relaciones íntimas que el escritor mantiene con el lenguaje»
¿Qué tiene el género diario que no tenga el cuento o la novela?
Creo que la gran diferencia, y la particularidad del diario como género, es que este último responde a una necesidad expresiva circunstancial, más espontánea que deliberada y situada en un momento determinado del tiempo. El diario, en la mayoría de los casos, se escribe sin un plan, sin estructura, por acumulación. Hay excepciones, como puede ser un diario de viaje. Pero esencialmente la escritura del diario es espasmódica, improvisada y no tiene otro final que el abandono o la muerte del autor.
¿Cuáles son tus diarios favoritos? Sueles citar a Kafka y Gombrowicz.
Mis diarios favoritos: El diario de Kafka, el de Ribeyro, el de Pizarnik, el de Sylvia Plath, el de Rosa Chacel, el de Paul Léautaud, el de Gide. Y de autores chilenos: Los de Bertoni y Escorpión azul de Millán.
¿Es mejor ser lector o escritor?
En mi caso, sin duda, prefiero leer. Si bien me gusta escribir, lo hago de forma esporádica y solo cuando tengo ganas. Y esas ganas suelen ser esquivas. En cambio la lectura es parte de mi cotidianeidad. He pasado muchas más horas leyendo que escribiendo. Como dijo Gil de Biedma: «Al fin y al cabo, lo normal es leer».
¿Qué te dejó el taller de Pablo Simonetti?
Mi paso por el taller de Pablo Simonetti fue fundamental para corroborar que la ficción no era lo mío. Ya lo sospechaba, pero antes de entrar al taller aún tenía alguna esperanza de que con disciplina y laboriosidad iba a poder escribir un par de cuentos decentes. Pero por más que lo intenté no se me dio. Y eso al final resultó liberador. En ese sentido la experiencia del taller me permitió conocer mis límites y comprobar que a veces la voluntad o la ambición no son suficientes. Y con esto no quiero desmerecer mi paso por el taller, al contrario. Disfruté mucho cada sesión tanto como las conversaciones y las cervezas compartidas con los compañeros. A pesar de mi fracaso como cuentista fue una época muy estimulante.