Marcos Maricoy Carimán: «Para mí, hacer el poemario es lo que viví, lo que vi, lo que oí y, sobre todo, lo que amo»
Por Francisca Gaete Trautmann
En esta oportunidad hablamos con el chilote Marcos Maricoy Carimán, quien lanzó su primer poemario llamado Tiempo de murras, editado bajo Casa de Barro. Es un trabajo íntegro en el cual nos cuenta sobre su acercamiento con la poesía, la naturaleza y la resistencia del pueblo chilote. Están todos invitados a leer la entrevista.
Háblanos de ti, de las ganas de escribir tu primer poemario, Tiempo de murras, y del porqué del título.
Soy un chilote de 36 años que de momento vive en Santiago, en la población La Legua, donde trabajo en un centro de recuperación para jóvenes con trastornos por uso de sustancias y que vienen de calle dura.
Tiempo de murras viene de ese habitar un territorio distinto a la isla —isla siempre con mayúscula—, a la que regreso a menudo y a la que he visto transformarse en estas últimas décadas. Mi vida antes de Santiago transcurrió en un pueblo llamado Quicaví, famoso por ser el epicentro del proceso de los brujos de Chiloé de 1880. En ese pueblo mi familia ha vivido desde siempre.
Me crecí, como decimos nosotros, en ese universo real maravilloso, donde no existía esa escisión entre el mundo de los mitos y las leyendas y el de la cotidianidad, sino que se integraban ambos perfectamente a la vida, a la conversación, al mate entre los vecinos y, sobre todo, a la reunión familiar alrededor de la estufa a leña en los días de invierno.
El poemario bebe de ahí, de ese mundo; los poemas recogen un modo de vivir y, ya más en lo interno, de un modo de testimoniar la resistencia de ese mundo estando lejos físicamente. Sin ser pretencioso, el libro es un trabajo humilde de cosecha. El autor ve a sus vecinos y amigos con sus vidas, escucha que se van deprimiendo, que se alegran, que se van lejos; ve cómo se vacía el campo, cómo se quedan los abuelos, cómo van llegando afuerinos. Se va transformando ese Chiloé de la infancia y la juventud.
Te lo quiero graficar en la anécdota que una amiga que también trabaja en Santiago me contaba: a su pueblo había llegado mucha gente de afuera y ya no se podían tomar los atajos entre los campos, por ejemplo, para ir a la playa, porque apareció el concepto de lo privado junto a la nefasta parcelación. Antes tú pasabas por el campo de cualquier familia si necesitabas tomar un atajo y no pasaba nada; al contrario, si no te habían visto hace mucho tiempo, te llamaban para que entraras a su casa a tomar unos mates.
Ahí tienes un choque cultural. Y los chilotes comenzamos a asimilar esto que viene de afuera disfrazado de progreso y de maneras civilizadas, pero lo tensionamos con lo que viene de herencia de nuestros mayores (padres y abuelos) y su forma de vivir comunitariamente.
El poemario va por esos lindes. Creo que no es un texto donde el autor se para ex cathedra en el ambón a decirle a la gente cómo tiene que vivir; rehúyo de ese lugar y espero seguir haciéndolo.
Y respecto al título, nosotros las nombramos murras, aquí las llaman zarzamoras. El arbusto me pareció una imagen muy potente. Cuando una casa queda deshabitada o un campo abandonado, las murras comienzan a brotar y se meten por las paredes y las ventanas, y van dando cuenta de que la vida humana retrocedió en ese lugar y la naturaleza comienza a tomar lo que es suyo según el ciclo. Pero la idea va más allá: es la reflexión entre el abandono de la tierra, el abandono humano y el cómo una forma de vida se va transformando. Por ahí va la cosa.
¿Cuál es el valor humano de Chiloé y la importancia de Dios?
Cuando me reúno con amigos de la isla conversamos un poco sobre eso: cómo la vida del Chiloé profundo está marcada por la solidaridad más atenta que te puedas imaginar y, junto con eso, un sentido de comunidad que hoy en día es contracultura en este individualismo brutal en el que nos movemos.
Se incendiaba una casa en el pueblo y en menos de dos semanas ya estaba casi levantada de nuevo con la ayuda de los vecinos o, frente a una enfermedad grave, la comunidad entera era la que respondía. Las iglesias mismas, que hoy son la postal clásica, son ejemplo de eso. Eran las comunidades las que levantaban los edificios y los mantenían, no por santo temor de Dios, sino porque era el lugar donde la comunidad se reunía en todos los hitos del curso de la vida. Es la manifestación de la idea de que solos no se puede vivir, que se necesita de otros.
Bueno, en el modelo imperante la lógica es otra, y eso ha ido permeando la vida isleña, pero cuando tienen que emerger esos valores, aparecen de nuevo como una lluvia furiosa. Hay una identidad que ni siquiera los antivalores del mercado pueden hackear.
La fe del chilote, creo, es bastante poco convencional. Somos muy respetuosos de las formas, los ritos, la práctica religiosa, pero no le compramos mucho a los curas, y ellos estarían de acuerdo conmigo. Te hablo desde mi lugar como católico; hoy también hay otras iglesias que ayudan a mantener la vida comunitaria. Históricamente, quien mantenía la fe era el fiscal o la fiscala de la comunidad católica, que era un vecino o vecina que recibía formación para acompañar a sus mismos vecinos en el nacimiento y en la muerte. La estructura jerárquica, entonces, siempre ha sido un aparato muy lejano. Por fortuna, salvo excepciones maravillosas que han marcado el archipiélago, como nuestro obispo navegante don Juan Luis Ysern, un hombre extraordinario y uno de los grandes «mayores» de Chiloé.
El chilote siempre ha sido muy devoto de sus santos protectores, del Nazareno de Caguach, de la Virgen. Las instancias de práctica religiosa siempre terminan en comida y fiesta; no existe una sin la otra. Y ahí está Dios, en el centro de todo eso, pero no en abstracto, lo encuentras en la comida, en la fiesta, en la vida compartida. Como debe ser, la devoción se funde con la vida, y vida alegre para un pueblo que tiene que enfrentarse a los elementos.
¿Nos puedes contar del proceso del poemario y de tus influencias?
El poemario es el resultado de una selección de poemas sueltos que encontraron su hilo conductor. Hay textos más recientes, otros más antiguos; unos que me gustan más, otros que me gustan menos.
Desde muy joven escribía, pero sin mayor pretensión que la de un desahogo, si tú quieres, y por tanto, sin clasificarlo como poesía o prosa. No era el propósito. Hace unos años, Juana Puga, una amiga poeta brillante, me motivó a tomar seriamente esto de escribir y de escribir poesía, y a no tenerlo solo como el autocuidado de un chilote fuera de su isla o como reflexiones personales, qué sé yo. Ahí partí un poco más en esto de hacer lo que un artesano o un agricultor hace con el texto. Al final escribir poesía es como hacen los niños, que recogen piedras por donde andan, conchas, ramas, todo lo que encuentran. El trabajo posterior es ordenar eso, corregir, podar y podar.
Luego comienza a instalarse la idea de publicar, pero eso no es sencillo en nuestro Chile, donde si no tienes pituto o plata para darte el lujo de pagar a una editorial que, por lo demás, poco te va a acompañar en el proceso, no publicas. Así que el proyecto reposó harto rato, hasta que me encontré con Cristian Cruz, de Ediciones Casa de Barro.
Ahora, sobre las influencias, parte todo en el campo donde te encuentras mucha poesía, mucha cadencia. Esa musicalidad al expresarse, las palabras usadas, el ímpetu. Había poesía en los rezos, en las anécdotas de brujos y males, en los chistes, en toda esa oralidad. Mi primer acercamiento a la poesía son los relatos de mi abuela y su enseñanza de los rezos, o los refranes y decires de mi abuelo. Una riqueza enorme.
Llegué a leer poesía en los cursos de literatura en la universidad. Ahí comencé a leer a Vallejo, obviamente a Teillier, a la Mistral. Luego en mis búsquedas encontré a Rolando Cárdenas, a nuestra admirada Rosabetty Muñoz, a una española de nombre Ada Salas que me gusta mucho y, por «beatería personal» (ríe), Ernesto Cardenal, Pedro Casaldáliga, Thomas Merton, San Juan de la Cruz.
Y, a riesgo de parecer más beato, los salmos, el Cantar de los cantares, los profetas del Antiguo Testamento, el Apocalipsis, las parábolas de Jesús. En todo eso tienes una inagotable fuente. Escribir poesía y no leer la Biblia es un pecado mortal (ríe).
Me gustaría leer más, pero de tiempo andamos escasos. Leo más en verano, cuando me voy al campo en Chiloé. Entonces me doy esas dos semanas para eso y para escribir o corregir.
¿Cómo fue editar bajo Ediciones Casa de Barro?
Me siento un afortunado de haber llevado adelante este trabajo con Casa de Barro. Primero, por conocer a Cristian Cruz, uno de los mejores poetas del país, lo que ya es un regalo por su calidad humana; es un tipo excepcional. Y segundo, porque él editó el libro, y fue muy delicado para acercarse al texto. Hubo mucho diálogo y también mucha franqueza en lo que se podía mejorar. De verdad fue remar para el mismo lado. Es admirable el apostolado poético que hace Cristian Cruz, que hoy desde Chiloé da la posibilidad de que desconocidos podamos compartir con otros nuestros textos. Y que lo haga desde Chiloé, tanto mejor.
El poemario salió muy bien abrigado con el prólogo de Sergio Mansilla Torres, un chilote imprescindible; después, en la presentación en Ancud, al alero de la U. de Los Lagos, con la presentación de Ítalo Berríos, también poeta que vive en Ancud. Luego, el lanzamiento muy concurrido en La Inquieta Librería, que nos acogió con mucho cariño, donde lo presentaron Juana Puga y Marcelo Guajardo.
Y todo esto ¿por qué? No sé. Ha sido puro regalo conocer a gente tan generosa y derribar mis prejuicios de que es un mundillo endogámico, muy pretencioso, lleno de rencillas, ego y chimuchina, que obvio debe haber de eso, pero me ha tocado conocer un lado muy fraterno. Y cuando te digo fraterno, también me refiero a que te digan dónde mejorar, y lo agradezco, y eso me motiva a seguir escribiendo.
¿Qué representa la naturaleza en Tiempo de murras?
Sin duda, ese ciclo del que todos somos parte. Un ciclo donde nacemos, vivimos y morimos lo mismo que las ovejas, las vacas, las bandurrias, los avellanos y los manzanos; lo mismo que las mareas y las lluvias. Nada es finito pese a que muera, sino que se integra a un gran ciclo. Y el chilote entiende y vive su existencia consciente de ello. La muerte no es otra cosa que integrarse de nuevo al humus, y eso se vive con naturalidad; por eso nuestros bisabuelos se construían cada uno su ataúd y lo reservaban, o nuestros abuelos mantenían y señalaban un animal para carnearlo en el velorio y alimentar a sus vecinos y amigos.
Está presente también el paradigma clásico de la dominación de la naturaleza por el ser humano, pero entendido de otra manera, como una relación necesaria para sobrevivir; de modo que, cuando el ser humano ya no esté, a la naturaleza no le cueste tanto trabajo recuperar lo que cedió en algún momento.
Te podría decir que así era, y que ya el chilote no cuida su tierra, su bosque o su mar, pero cada vez va siendo más consciente de la necesidad de cuidar como hace siglos hemos venido haciendo. Hay todo un movimiento en la isla que ayuda a reflexionar sobre el cuidado necesario de la naturaleza. Espero que se haga más fuerte y nos ayude para que las playas se recuperen de la contaminación y los bosques se recuperen de las motosierras.
Hablas mucho sobre el rebaño, las ovejas, ¿cuál es la relación con el poemario?
Digamos que a mí me gustan mucho las ovejas, desde niño, cuando me tocaba ir a encerrarlas por las tardes en su galpón. Me gusta que aparezcan mucho en el poemario porque están muy presentes en la vida rural de la isla: desde la frazada para la cama hasta la comida de Navidad y Año Nuevo. Las ovejas en apariencia son dóciles y apacibles, y hasta tontas te pueden parecer, pero de eso, nada. Hasta que te pegan un buen cabezazo o se suben a los manzanos para comerse las más dulces manzanas.
Las ovejas funcionan en grupo, son muy comunitarias, si una encuentra una entrada al potrero del pasto bueno, todas entran; si una se escapa, todas se escapaban; si se asustan, todas se arrancan; si se molestan, más de una golpea el suelo con las patas para amedrentarte.
No hace falta explicar más para ver cuánto nos podrían enseñar en estos tiempos sobre cómo funcionar en grupo para que la cosa cambie.
¿Qué significó para ti hacer el poemario? ¿Quisiste dejar algún mensaje?
He querido estar lo más lejos posible de dar mensajes, recetas o pontificar. Qué lata más grande eso de andar haciendo catecismo poético sin involucrarse en ninguna cosa o hablando por la boca de otros. Distinta es, por supuesto, la poesía comprometida que tanto bien nos hace.
Una de las primeras cosas que tuve claras es que no quería hacer una postal ni un folclorismo para engrupir turistas. Espero haberme acercado. Si algo se quería mostrar era la vida de un pueblo chilote que resiste, donde pasan cosas muy buenas y cosas muy malas.
Para mí, hacer el poemario es lo que viví, lo que vi, lo que oí y, sobre todo, lo que amo. Todo lo demás se lo dejamos al lector.
¿Dónde podemos encontrar el libro?
De momento conmigo, hasta que resolvamos con Casa de Barro cómo ampliar la distribución, porque esperamos que el poemario llegue a muchos lectores, sobre todo a los conectados con el campo y, por supuesto, a mis vecinos de Quicaví.