Lilian, desde que partiste escribiendo libros para niños, ¿cómo ha evolucionado tu escritura hasta llegar a Antonia. El Fuego?
En realidad, comencé escribiendo poesía y cuentos. En 2007 hice una versión digital que sería la base para mi primer libro de poesía, publicado en 2020, y alrededor de 2010 también tuve un ebook con cuentos que serían la base de Sueño Lejano. Escribir y publicar una novela infantil de aventuras fue un reto novedoso que asumí en 2012, ya que nunca antes había escrito para infancias, y lo pasé demasiado bien creando y escribiendo estas historias de Amanda y un gato que le habla y cambia para siempre el curso de su historia.
Me gusta experimentar en cuanto a los formatos. Escrituralmente, para mí es importante tener algo que decir, no escribir simplemente porque exista la capacidad de juntar las palabras de manera asertiva. Entonces, varios embriones de ideas pueden estar aleatoriamente dando vueltas en mi cabeza y de pronto algo las conecta. Ahí es cuando comienza a gestarse una trama, que está mucho tiempo tomando su forma hasta que decido cómo lo voy a contar. Creo que la mayor evolución que he notado desde mis primeros trabajos ha sido el descubrir qué tipo de historias creo valioso contar y visualizarlas, sopesarlas, darles forma en mi mente antes de empezar a escribir. Porque no todo lo que a una se le ocurre debe necesariamente pasar al papel. Hay que tener respeto por el tiempo y la atención de las y los lectores.
Antonia… es una búsqueda de identidad de una joven que carga con una cierta orfandad ya que ha sido abandonada por su madre y su padre —una por enfermedad, el otro por trabajo—, en uno de los momentos más complejos del desarrollo como persona, la adolescencia. «Sin casa, sin familia, ni futuro», se la pusiste difícil al personaje desde el comienzo, ¿qué es lo que buscabas como punto de partida en esta novela?
Mi punto de partida era esa sensación abrumadora de soledad que es tan determinante en la vida de las personas. Recuerdo claramente mi propia adolescencia noventera, en la que todas y todos éramos un poco hijos de Ernesto Sábato y su túnel tan magistralmente descrito. Me interesó ahondar en cómo una joven podía llegar a romper ese ciclo de soledad, incomprensión y desconexión de la sociedad. Creo que eso es independiente del tiempo en que toque vivir.
Antonia es también un relato de época, de un Chile de los 90 que dialoga muy bien con su situación personal de precariedad. Además está ambientado en una zona rural, ¿de qué modo ese escenario marca su destino?
El Chile de los noventa cargaba con el peso de la dictadura y las oportunidades vetadas para una gran parte de la población. Ese país gris, que tímidamente se atrevía a ir pintando colores, con la amenaza permanente de que a la menor incomodidad de los grupos poderosos volverían el horror y el aislamiento del mundo. Antonia ha vivido siempre en la ciudad oscura y contaminada, y al verse en un ambiente distinto, en el campo del secano costero, al principio lo desprecia pero luego lo va apreciando. Encuentra una forma distinta de enfrentar la vida, de hacer comunidad, de preocuparse los unos por los otros, algo que era desconocido para ella y que le aporta los primeros cimientos para su autoestima y entender que esa soledad que la embarga puede desaparecer.
La música es otro elemento importante, más que una simple banda sonora parece ser una declaración de principios de cada personaje. ¿Cuál es la importancia de la música para el relato? y ¿qué aspectos de los temas y bandas que citas contribuyeron a moldear el carácter de Antonia?
Para mí la música es un factor crucial de identidad. Elegirla por las emociones que evoca, por los temas que aborda, es una forma de pararse frente al mundo y hablar a través de la voz de otros. En esta historia, además, es un punto de conexión. Antonia logra superar el terror a abrirse a otros y ser herida precisamente por medio de la música; el interés de Miguel hacia lo que ella escucha tiende un puente, que se fortalece por el intercambio de gustos e intereses. Ella ve la vida desde un punto de vista medio dark, de lo cual Depeche Mode es un gran exponente, y él la acepta sin extrañeza ni cuestionamientos. A la vez, él hace propias las consignas de Los Prisioneros, lo que permite que ella lo conozca un poco más y se atreva a confiar en el vínculo que se va forjando.
A medida que el lector avanza en el relato, siente ese cambio en la voz interior de Antonia. Pasa de una adolescente sin esperanza a una que se descubre a sí misma, ¿cómo el amor logra calmar ese conflicto interior para llegar a esa «Dicha feliz»?
El amor sana. Lo vemos en un gesto tan simple como dar un hogar a un gato feral, a un perro de la calle; recuperan la salud, se embellecen y entregan cariño. No es solo agradecimiento; el amor logra el milagro de que todos podamos convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Por eso es tan crucial que niñas y niños se sientan amados y sepan que lo son. El destino de una persona, y de toda una comunidad, puede cambiarse desde el inicio por esa confianza en sí mismos y en su entorno. Antonia es amada desde siempre, pero no sabe que lo es, y eso ha convertido su vida en un túnel gris sin esperanza. Descubrir el amor, no solo el de pareja, sino también el de las y los amigos, del entorno, de la comunidad, la hace florecer y comenzar a vivir intensamente.

A primera vista, Antonia… es una novela que parece simple de leer, pero está llena de conflictos de gran profundidad que de alguna manera se resuelven como en cadena ¿cómo logra Antonia la madurez para cerrar esos temas pendientes? ¿qué rol juega el perdón en eso?
Es fundamental. Pero no es gratuito. Muchas veces vemos la exigencia del perdón como una forma de cerrar etapas, pero el perdón tiene que ser auténtico, sincero, profundo, por ambas partes, quien lo pide y quien lo otorga. Antonia, como toda adolescente, está herida y eso le impide ver otros aspectos de la realidad. A medida que va sanando sus heridas comienza a entender cosas que antes estaban vetadas o más allá de su comprensión. A través de sus propias experiencias del sentir comienza a visualizar a su madre ya no como la progenitora que se deshizo de ella, sino como otra mujer que alguna vez tuvo su misma edad, que debió tomar decisiones y que a lo mejor también adoleció de esa falta de amor como para que esas decisiones fueran las mejores. Entender eso trae paz, porque es la certeza de que no hay algo malo en su interior.
Es inevitable en este retrato de época eludir el telón de fondo de principios de los 90, donde se ambienta la novela donde todavía el miedo es algo latente. La voz de Antonia deja ver claramente que tiene una postura ante lo que sucede en el país en que vive. ¿Cómo crees que le afectaba a ella en lo personal?
La crítica falta de oportunidades. El desaliento de intuir que el mundo es grande y lleno de posibilidades, pero para otros, no para ella. El quiebre institucional del 73 tiene su cara más horrible en los muertos y desaparecidos, pero hubo muchas consecuencias para el grueso de la población. Salud y educación públicas deterioradas, la concentración de la riqueza, entre otras. El miedo. Ella sabe que la dictadura acabó con las posibilidades de sus padres de tener un futuro mejor y eso no solo incide en lo económico, sino también en las expectativas y los sueños.
La relación de Antonia con su madre marca el inicio de su viaje de descubrimiento que nos lleva a conocer una parte oculta de la historia de su progenitora, ¿cuál es la reflexión sobre temas como la maternidad y la realización personal?
Antonia no está exenta del estigma social que implica no cumplir con los estándares en cuanto al ejercicio de la maternidad. Era una niña cuando su madre se fue, y la condena social del entorno en vez de darle tranquilidad la inquieta. Es por eso que no visualiza en su futuro la posibilidad de ser madre. Como reflexiona con una de sus amigas, hagas como lo hagas, siempre lo harás mal. Entonces, ya es suficiente sentirse no querida como hija para más encima arriesgarse a no cumplir con las expectativas de ser una buena madre. Como sea, siempre perderá.
En cuanto al padre, es un hombre que asume sus culpas en cuanto a la separación de Antonia con su madre, y a través de sus palabras planteas un dilema que toca de cerca a todos los padres, ¿cómo sabemos que estamos haciendo lo correcto con nuestros hijos? En ese aspecto, ¿cómo la conversación entre Antonia y su padre resulta ser una experiencia sanadora para ambos?
Durante el desarrollo de la historia ella tiene la posibilidad de descubrir formas distintas de ejercer la paternidad a través del vínculo con Miguel y Mauricio con su padre. Y así como Antonia, a medida que pasa de ser adolescente a convertirse en mujer es capaz de ver a su madre como a una igual y no solo como a la progenitora, también es clave para su paz interior el acercamiento con su padre. Hay una crítica sí al patriarcado, en la voz de su amiga, en la permisividad social respecto de los errores masculinos durante la crianza, como si siempre fuera opcional ser un padre cercano, cariñoso y consciente, a diferencia de lo que ocurre con el rol materno.
La historia del aserradero tiene todas las claves del western clásico, ¿algún acercamiento especial al género?, ya que citas por ahí a Clint Eastwood.
Precisamente el origen de Antonia estuvo en un western. Figuraba yo viendo una serie, 1883, cuya protagonista es una joven que vive junto a su familia el atribulado viaje para asentarse en el oeste estadounidense. Y una de sus reflexiones me llamó la atención. Ella hablaba con mucha soltura de «aquellos a quienes amo y que me aman a mí». En ese momento pensé en lo importante que es esa certeza al comienzo de la vida, en cómo esa confianza en los afectos te puede dar un piso de estabilidad emocional que ayudará, aunque no garantizará, que tengas sueños para la vida y los vayas cumpliendo. Y pensé también en el lado contrario, en la falta de afecto, o más bien en la percepción de esa ausencia, y cómo afecta en el devenir de las personas. Entonces la historia de Antonia apareció en mi mente y comenzó a tomar forma. El secano costero tiene mucho de esa impronta del oeste, además de ser una geografía muy cercana y querida por mí. No pude sino ver a Antonia encontrando su camino entre los cerros con brisa costera.
Antonia… es una novela sobre el dolor, el de la adolescencia, el del amor, el de la separación, el de la aceptación, de nubes grises. ¿Qué queda para enfrentar ese dolor cuando todo parece anunciar una tragedia?
La conexión con el yo interior. Al final de todo siempre está la decisión personal de con qué filtro miramos la realidad. Puedes elegir lamentarte por lo malo que te toca o agradecer la experiencia y el aprendizaje, poniendo la energía en lo que nutre y no en lo que destruye. Antonia tiene la posibilidad de salir de ese agujero gris de soledad y retraimiento, y es valiente, porque se atreve a dar el paso y darse permiso para beber de la copa de vida que se le está ofreciendo. Es muy poético y real eso de comenzar a notar la vida alrededor, el canto de las aves, la conexión con las raíces. Cerrar los ojos y dar el paso. La juventud tiene esa dosis de coraje que se requiere, y a medida que nos volvemos más viejos nos anquilosamos en lo conocido, lo seguro, lo cómodo. Aunque nos haga infelices. La historia de Antonia muestra que a veces atreverse a confiar es abrir las puertas a una vida más plena.
Finalmente, el fuego es un elemento purificador a la vez que altamente destructivo. Lo vemos justamente en esta época donde las temperatura altas y el viento favorecen los incendios forestales. ¿Cuál es el valor simbólico que adquiere el fuego en esta novela más allá de un peligro latente en el entorno?
El fuego no es solo la amenaza de la destrucción. El fuego está en la sangre, en las hormonas de los adolescentes, en el vértigo de tomar una decisión arriesgada. El fuego calienta un hogar, permite preparar los alimentos. Incluso después de un incendio la naturaleza se reinventa, las piñas de los pinos explotan y sus semillas germinan. El fuego en Antonia es también una advertencia. No hay que tener miedo de vivir, porque en cualquier momento todo puede quedar convertido en cenizas. E incluso entonces está la posibilidad de renacer, de reinventarse.
Antonia, el fuego. Lilian Flores Guerra (Ediciones del Gato, 2025. 140 p.)



