Por Veronika Reca (Puerto Rico)
Hay libros que no admiten una reseña sin pelear. Atrapada en la repetición, de Ann Negrón, es uno de ellos. No porque se sustraiga al análisis, sino porque empuja al lector fuera de cualquier orden cómodo. Desde el gesto inaugural.
—«Así luce un piojo»—
El libro se niega a la belleza dócil, no hay contemplación. Hay insistencia.
Las preguntas que aparecen no piden respuesta. Se quedan. «¿Qué ocurre cuando llueve en un entierro?»«¿Qué ocurre cuando llueve y hay sol?K No buscan sentido: ocupan espacio. La voz no aspira a la claridad ni a la enseñanza. Hay rabia, pero no una rabia eficaz.
Una rabia que tampoco se salva diciendo.
Leer a Ann implica aceptar que la experiencia estética no será limpia. La palabra aparece como exceso: cuerpos, restos, nombres. Muchísimos nombres. A ratos abruma, a ratos se cae. El poema no organiza, acumula. Y en esa acumulación algo se desgasta.
La voz insiste:
«los nombres más largos no se traducen / los nombres más comunes no se renuevan».
Nombrar no fija nada. Apenas sostiene.
Esa incomodidad no pertenece solo a la voz poética. Se filtra. Se queda en el cuerpo del lector. La repetición de nombres propios —que aparecen, se sustituyen, se erosionan— no construye identidad: la pone en duda. Los nombres no individualizan; se vuelven masa, ruido, ritual.
A lo largo del libro se perfila una poética del límite. El cuerpo siente, sangra, desea y se interrumpe. La lectura exige ritmo físico: detenerse, volver atrás, retomar. No se avanza de corrido. Incluso los textos que parecen quietos tensan más, porque —como escribe la autora— «El deseo tiene forma de río», y esa corriente no se aquieta. Arrastra.
Puerto Rico atraviesa el poemario sin convertirse en adorno. Es herida, repetición histórica, cansancio. Los nombres funcionan como una genealogía rota: no son memoria estable, son insistencia. «Los nombres son fiestas», sí, pero también condena, sucesión, desgaste. Nada se celebra del todo.
Hay una relación tensa entre palabra y silencio. Se dice mucho, pero nunca es suficiente. No porque falte lenguaje, sino porque el lenguaje no alcanza. Esa imposibilidad no es un defecto del libro. Es su condición.
Hacia el final, versos como «Soy una silla rosada, ternura» concentran lo que el poemario sostiene desde el inicio: presencia y vacío, ofrecimiento y desposesión. Atrapada en la repetición no consuela. No ordena. Se queda ahí, insistiendo. Como una palabra que no termina de decirse.
Atrapada en la repetición, Ann Negrón. (Editorial Pulpo, Puerto Rico 2025)




