Gabriel Mesa Romero: El amor desde su flujo incesante

Gabriel Mesa Romero: El amor desde su flujo incesante

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Desde el cruce entre ciencia y emoción, el autor cubano radicado en Santa Cruz, Chile, despliega en El agua del río fluye invariable una escritura donde el amor, el cuerpo y la memoria se inscriben en una lógica de permanencia y transformación. Publicado por Alamira Editorial, el poemario se instala como una reflexión radical sobre la experiencia afectiva contemporánea.

En la voz de Gabriel Mesa Romero (Cabaiguán, Las Villas, Cuba; 1945), existe una insistencia poco común: la de comprender el amor no como metáfora, sino como fenómeno real, casi físico, sometido a leyes tan inciertas como el propio universo. En esta entrevista, el autor —formado en la rigurosidad de la física y la matemática— aborda su reciente poemario desde una perspectiva donde el deseo, la pérdida y la memoria no son meros estados emocionales, sino manifestaciones de una energía persistente, comparable al agua que, aunque cambie de forma, jamás desaparece. Su palabra, directa y sin concesiones, rehúye el artificio para situarse en un territorio donde la experiencia amorosa se revela en toda su crudeza.

 

 

En El agua del río fluye invariable el amor aparece como una experiencia atravesada por el cambio permanente. ¿Crees que la poesía tiene la capacidad de registrar esos movimientos del afecto que muchas veces la narrativa o el pensamiento racional no logran captar?

En realidad, no hay otra forma de captar lo casi insólito del amor. La narrativa se esfuerza por crear mundos, que, a pesar de lo cercano a la realidad, son ficticios. Pero debo decirte que como físico y matemático, son tantas las posibilidades de ser, como de no ser. Es decir, el verdadero amor si lo encuentras y logras retenerlo, tiene pocas probabilidades, por tanto, son hechos que sólo caben en la poesía, no tanto abstracta, como real. Lo verdadero es poético, casi fantástico, así como el universo es incognoscible, por nuestras limitaciones. La verdad es inalcanzable, por eso la poesía es lo más cercano a nuestra vida racional, y asimismo a la verdad.

El libro construye una poética del flujo: el deseo, el cuerpo, la memoria y la pérdida parecen obedecer a una lógica similar a la del agua. ¿De qué manera esa imagen se fue instalando en la escritura hasta convertirse en el centro simbólico del poemario?

Si hay algo extraño en la naturaleza es el agua, existe desde que las estrellas comenzaron a explotar, es decir, para que haya agua es necesario explosión de supernovas con la creación de materia común, sólido-líquido-gaseoso, sin embargo, el agua siempre existe, no desaparece. El verdadero amor, es así de extraño, y nunca desaparece: es lo único que el hombre no puede olvidar.

El agua es vehículo de todo, el amor es como eso, fluyendo sin cambio, sólo de seres amantes, inconmensurable y eterna es el agua, cambiando de lugar, pero sin desaparecer jamás. Toda el agua del universo se creó y existe, el agua es tan antigua como las estrellas. El amor es como el agua. El amor entre los Quarks, Up y Down, engendraron todo lo que existe. Eso es física, pero es igual amor, el abrazo del agua sobre el cuerpo es una experiencia maravillosa, el roce de la piel de dos amantes en el agua es lo más excitante de la naturaleza.

En tus poemas el erotismo no aparece como un gesto ornamental, sino como una energía vital que atraviesa el lenguaje. ¿Qué lugar ocupa el cuerpo en tu concepción de la poesía amorosa?

En realidad, todo el amor es erotismo. Al menos, el amor entre dos personas, por ahí comienza, luego se extiende a otros ámbitos, pero el primer atractivo es animal y sexual. Por eso, en toda mi poesía, se busca resaltar un poco lo que algunos poetas quieren evitar, pero eso es matar lo esencial en pos de quedar bien y no refleja lo verdadero; el deseo de ver, acariciar, tocar, abrazar, besar, es permanente cuando se ama de verdad, es una necesidad del alma humana: si eso no está presente, yo creo que no hay amor. De hecho, las parejas que al final no congenian desparecen y luego pueden aborrecerse, como una especia de revancha por no tener lo que se desea, tanto el hombre como la mujer tienen esa necesidad. Si el atractivo del cuerpo no está presente, al inicio al menos, sólo hay una fantasía o una necesidad de estar con alguien que, a la larga, no perdura. El amor siempre necesita besar, tocar, abrazar, hacer el amor y el amor se hace con el cuerpo.

El libro se abre con un epígrafe de Rosabetty Muñoz: «Para estar aquí hace falta estar vencido». ¿Qué significa para ti esa idea de «estar vencido» al momento de escribir sobre el amor y la experiencia afectiva?

Ese epígrafe es muy importante. Rosabetty da en el clavo con este exergo. Quien no ha vivido, no puede ser vencido, toda batalla necesita triunfo y pérdida. En mi caso, el amor de mi vida era una última oportunidad de encontrar lo que todos buscan y que sólo algunos encuentran. Yo lo pude experimentar en mis años no tan jóvenes, pero mi dio toda la vida que hoy tengo, a pesar de que la lucha con fuerzas superiores -como dice uno de mis poemas- refleja que no hay fuerza capaz de derrotar el alma que ama: “somos conquistadores, zarparemos / a buscar en las cumbres del otoño / un cantar que me sale del sueño”. Es real este sueño, yo lo viví, y nadie me lo puede quitar, es mi alma la que se desplaza y vive siempre recordando lo sublime, desde una tocación de un lunar del rostro hasta el pezón de un seno hermoso; y al final, no tengo conmigo a mi amor, en sentido metafórico estoy vencido, pero aquí estoy, aun vivo y recordando hasta que muera.

A lo largo del poemario se percibe una conciencia muy clara de que todo vínculo está expuesto a la transformación o a la pérdida. ¿Crees que escribir sobre el amor implica también asumir su carácter inevitablemente frágil?

En todo, el riesgo de la pérdida existe. Los que no conciben que pueden perderlo todo, jamás triunfarán. Perderlo todo incluso es lo más probable. El ser humano es una entidad de cambio permanente: lo que hoy es sublime, mañana puede ser tedioso y aburrido. Cuando se explora el amor, se desconoce al otro en su totalidad, las parejas reales son muy raras. Incluso por mi experiencia, veo que el hombre y la mujer de hoy, son muy frágiles a la lucha; la guerra permanente de los afectos que se mueven vertiginosamente.

La mente no se prepara nunca para perder lo amado, pero si hay amor, son dos mitades que se unen para que haya uno: si no es así, el amor es efímero; y si es verdadero, eso implica compartir hasta los dolores del otro. Por eso amar es asombrase, un poco al menos, de que el otro te soporta; y que tú, igual, en todo momento, pues en el transcurso de la vida hay momentos donde la tolerancia y el apoyo hacen la diferencia.

Finalmente, si no hay pérdida absoluta del egoísmo individual, comprensión del otro en su totalidad con todos sus defectos, la pareja que dice amarse es como una copa que cae sobre el piso duro de piedra que es la vida.

La poesía no puede ser edulcorante, sino llama viva de la verdad de las diferencias individuales, y su plena conciencia del otro, su aceptación. «No hay amor sobre montañas de deseo», el deseo como fuerza inicial no debe morir, pero debe ceder paso a la comprensión, so pena de perderlo todo.

Algunos poemas parecen dialogar con nociones cercanas a la ciencia: corrientes, variaciones mínimas, sistemas que se alteran. ¿Te interesa ese cruce entre poesía y pensamiento científico como una forma de ampliar las metáforas del amor?

No puedo desintegrarme, mi mente es científica por naturaleza, y mi formación me exige el rigor. El lenguaje no puedo depurarlo, por más que es esencial si se pretende decir algo que es eminentemente científico, el amor es ciencia pura del pensamiento, lo que se desvía de eso, no es amor. No creo que todos los poetas deban ser científicos, pero sí sé que todo científico es como un poeta, si es investigador a fondo de este fenómeno que es el intelecto humano.

La mente es muy proclive a detener el tiempo, si se hace por extrapolación, yo diría que se puede recorrer todo el universo instantáneamente: es la magia del pensamiento, lo único que puede trasladarse sin moverse, «las montañas mueven los pies / pero se quedan en su lugar». Los depredadores fijan sus ojos en el vacío, todo, absolutamente todo, se puede detener; si viajas a la velocidad de la luz, recorres todo el universo instantáneamente, lo demostró Einstein, no yo. Al universo le importa un cuesco la mente humana que viaja tan lento, él viaja a la velocidad de la luz.

Creo que si hay poesía actual necesita mucho de ciencia. El mundo del futuro inmediato es ciencia y tecnología, hasta lo romántico se impregna de ciencia. Las imágenes poéticas impregnadas de ciencia, serán más entendibles a futuro.

En este libro el lenguaje mantiene una tensión entre intensidad emocional y contención expresiva. ¿Cómo trabajas ese equilibrio para evitar el exceso sentimental sin renunciar a la profundidad de la experiencia amorosa?

Si de algo estoy seguro es que el objeto del amor debe tener una correspondencia biunívoca con el sujeto. No he renunciado nunca a esta experiencia y, sin embargo, conscientemente el amor debe tener calma. En mi caso, el amor siempre está resignado a dejar ir, lo aprendí en la práctica, y eso lo reflejo en mi poesía. Si no es así, es un martirio de ambos. Nadie está obligado a estar, si se sometiera alguien no hay amor, es obsesión ridícula de uno, siempre es de uno, ya sea hombre o mujer.

La angustia de la posesión hace la vida imposible de los amantes. Veo muchas parejas actuales, muy jóvenes, donde el sometimiento es pan de cada día, al final, lo que parece idilio de dos es tortura insoportable. Finalmente, separación dolorosa. Si el amor es forzado, no es amor.  Si a pesar de ser sentimentalmente arrollador, no hay comprensión y equilibrio, la pareja se deshace, y en muchos casos de forma no muy agradable.

Creo que lo más profundo del amor es la lealtad, la complicidad, la aceptación incondicional de ambos. Cuando existe esto último, el amor no muere, pero es muy difícil de lograr todo esto.

A medida que el libro avanza, la voz poética parece desplazarse desde la experiencia inmediata hacia una mirada más reflexiva, casi contemplativa. ¿Cómo se produjo esa transición durante el proceso de escritura?

Cuando se ama hay que estar dispuesto a perder siempre. En todo momento no es posible dar un beso, un abrazo, tocar el rostro u otras partes que uno quiere; cada cosa debe poder realizarse sin traumas, a conciencia de ambos; imponer una situación es lo más traumático de cualquier pareja, aun si se gustan o se aman. Cuando escribo poesía no me resulta difícil hacerlo desde esa posición porque lo he comprendido, pero eso es experiencia. Actualmente es la fuente mayor de conflicto de cualquier amante con su antípoda.

Luego, observar cómo el objeto del amor funcionó, permite una visión más acabada de la verdad amorosa, y al final queda como historia sublime, que nunca muere, queda para siempre en la mente (de ambos) aun después de sufrir la pérdida. Con esa imagen uno escribe viendo una película ya vista, es como describir lo que quedó sembrado en el alma y que jamás será borrado

* En la última parte del poemario la figura de la ausencia adquiere un peso particular.

¿La memoria, en tu poesía, funciona como una forma de preservar lo vivido o como una manera de comprenderlo desde otra distancia?

Ambas cosas, memoria y preservación. Nunca olvido mis relaciones que me dieron algo y que me ayudaron a perfeccionar mi alma. Somos espíritu que mora un cuerpo y si ese espíritu no se alimenta, no encuentra el placer de vivir que es lo único verdadero. La inmensa mayoría de los enfermos están relacionados con esta carencia o con algún grado de sometimiento a otro que no es tu reflejo real. Cuando una persona logra desentenderse de algo o alguien que es su antípoda, se libera de tal manera que comienza a vivir de nuevo y sana todas sus enfermedades.

Este libro se publica en Chile bajo el sello Alamira Editorial, que ha comenzado a articular un catálogo latinoamericano desde el Valle de Colchagua. ¿Cómo valoras este tipo de proyectos editoriales que buscan tender puentes entre distintas tradiciones poéticas?

Creo que es una necesidad imperiosa de descubrir a los escritores que de alguna manera no están conectados con ese mundo. Es muy importante que se conozcan y en ese sentido Alamira realiza un gran trabajo. Las publicaciones descubren nuevas formas de ver la realidad, vivencias que abran las mentes de las futuras generaciones no como influencia muerta, sino como ideas para enfrentar lo que muchas veces desconocemos, siempre y cuando lleguen al alma del lector. Si se logra, se da un paso más en el dominio de la sombra.

Presentar un libro en un territorio distinto al propio —en este caso el Valle de Colchagua— implica también un encuentro con nuevas sensibilidades lectoras. ¿Qué impresión te dejó ese diálogo con el público chileno?

Amo a Chile con todo mi corazón, me siento chileno, hace mucho que estoy acá. Por mi profesión tengo grandes amigos y conozco a muchas personas que han estado y estarán en mi vida siempre. Converso mucho con mis alumnos, ellos se me acercan y yo feliz de poder dejar mi pensamiento y despertar su inquietud científica y literaria.

Me siento muy halagado, pues el día que se lanzó este libro vi un desborde de personas que hacía incluso tiempo que no veía. Y, sobre todo, muchos alumnos ya en media y en universidad.

Me asombra el deseo real de leer poesía de muchos, está en proceso la ubicación de este libro en librerías y otras plataformas, ojalá sirva de orientación a jóvenes. Su lectura no es difícil, aunque en algunos casos el ambiente de la poesía no corresponde a mi Chile querido; pero el amor no tiene islas, es de todas las fronteras y todos los idiomas.

El público chileno es ávido de buenas obras, aunque los autores de este, mi nuevo país, son verdaderos colosos de las letras. Me refiero a Gonzalo Rojas, que me encanta; Huidobro, y muchos que jamás mueren y que deberían ser profusamente estudiados. Hay que desarrollar talleres literarios en los colegios, así comencé yo, luego es como una necesidad de los niños y jóvenes escribir, hacer cadáveres exquisitos, depurar el lenguaje.

No sólo la tecnología será la que nos lleve al desarrollo. Sin un lenguaje extenso, la flor del desarrollo desaparece: innovar el lenguaje no es la estupidez de cambiar los géneros, sino describir fielmente lo que existe y las emociones humanas, so pena de convertirnos es simples máquinas que, por demás, ya comienzan a superarnos en muchas cosas.

Después de un libro que reflexiona sobre el amor, el deseo y la pérdida desde una perspectiva tan orgánica y fluida, ¿qué preguntas o inquietudes sientes que permanecen abiertas en tu escritura?

Creo que mi poesía no busca ni rebusca, sólo expone la experiencia de una forma descarnada y simple, con palabras que son muy comunes, a veces chocantes, pues no se limita al lenguaje común para formar palabras. «Hormiga trasegona de besos», me preguntaron qué significa ese concepto. Bueno, viene de trasiego, traslado, mudanza, trasvasar alcohol, pero en mi poesía quiere decir «la que entrega besos con el desespero de una hormiga». En el poema El primer día de mi muerte, la expresión “apago la sombra, me alumbro con el fondo de mis ciénagas”, es una expresión casi absurda, pero buscando bien no lo es: el muerto tiene conciencia de que no está en la luz, y para él, lo que prima es la oscuridad, visto desde los vivos. En mi poesía están muchos a quienes he admirado, entre ellos César Vallejo, Mallarme, Walt Witman, Gonzalo Rojas, y las innumerables obras que me he leído, incluyendo un poeta poco nombrado pero que para mí era un verdadero coloso del lenguaje y las imágenes más increíbles, Drummond de Andrade, poeta brasileño.

Tengo escrita una gran cantidad de poesías en décimas espinelas que, a pesar de que ya no son muy populares, son de gran impacto por su métrica cerrada y rima; décimas de contingencia y momentos capturados a solicitud que me han hecho y otras muy románticas. Tengo más de 50 poemas a una mujer santacruzana, que narra igual una renuncia y que son, a mi juicio, de una gran belleza y que puede ser una forma de ver cómo nace un amor, languidece y muere por puro azar del destino.

 

 

 

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