El fenómeno social del poder: qué vemos y qué creemos. El poder como opio social.

El fenómeno social del poder: qué vemos y qué creemos. El poder como opio social.

 

Recientemente, las calles, pasillos y espacios comunes, incluyendo el living de nuestra casa, ha estado encapsulando palabras y entonaciones que zigzagean entre lo que se quiere decir y lo que se quiere escuchar. Aquello provoca un choque instantáneo que se alimenta inevitablemente de la brasa caliente que se escupe en plena conversación. Tejiendo un poco más profundo esta idea, recordamos aquel ferviente espíritu movilizador que nos identifica como latinas y latinos, a pie de lucha o al menos, eso nos decían, reconocido por caer y levantarse en una constante danza a punta de pistola. Saqueada y golpeada, resucitada y acorazada. Aquella llama de esperanza que se nutre de la idea excitante de tener una vida digna y amable, pero por sobre todo, respetuosa, con toda persona que es parte del eslabón, del sistema y de todo lo que compone al colorido y sazonado continente.

Aquella fuerza la vemos en diversos momentos que se van regando con los años, y no sólo florecen cada cierto tiempo, si no que también endurecen sus raíces agrietadas de tanto golpe y remezón. Latinoamérica es reconocida por su intensidad, pero si nos adentramos con más detalle a esa chispa que caracteriza el trozo de tierra gigante que se acomoda al sur del mundo, se está bordando a punto cruz una variación, o quizás mutación, de la fuerza resistente que solía y suele, encender las brasas.

Viajando hacia la historia, recordando siempre que Chile fue un país golpeado a mano firme por una dictadura que no fue acotada, y que como otros países vecinos, enfrentó lo que se podría considerar una aberración sangrienta y tortuosa que estrujó cada esquina del país alargado para engrosar bolsillos e inflar pechos. Con ello en nuestra esencia, historia y ADN, que para algunas y algunos no es grato admitir pero que considerando nuestros traumas históricos, está presente esa huella post-dictadura, y que algunos ojos se niegan a ver, están ahí, algunas que otras sangrando y otras intentando salir de manera inconsciente. Tomo esta idea respecto a que, cuesta admitir que somos un país traumado, porque suena denso y extremo pero las cosas son complejas y alarmantes hasta el día de hoy. Se asume al mirar cuántos ojos en blanco y negro mirando desde la gran pared de vidrio del Museo de la Memoria y los derechos humanos en Quinta Normal, ojos que persiguen y que a más de a uno le han quitado el sueño y los sueños. Con aquella pared tatuada en fotografías de rostros arrebatados de la vida, se puede considerar que el trauma no sólo persigue a quiénes fueron perseguidos, sino también a quiénes no lo vivimos pero sí lo digerimos. La historia habla, y para algunas y algunos puede ser filosa pero es absolutamente necesaria en estos casos, ya que, en este ensayo, se abarca el efecto del poder no sólo en aquellas fuerzas uniformadas con punta de fierro, sino en las caras y voces que vemos y escuchamos en cada esquina de la ciudad.

El poder, altamente relacionado a los efectos especiales, a las fuerzas del mal posiblemente, a esa idea de un destello enceguecedor de alta tensión que puede destruir o también sanar, y muchas otras ideas que han acompañado nuestra relación con las películas, los libros de autoayuda, la mitología, el cristianismo y mil formas más, que traen a la vista esta idea de algo indescriptible y al mismo tiempo, potente, y que muchas veces se oye decir que tiene que ser usado para el bien y jamás pero jamás para el mal. Aquella idea del poder comienza a desdoblarse cuando ya no parece un concepto que se desenvuelve entre presencias de altos mandos, o esa idea de seres superiores, sino que toma un sentido bastante peculiar cuando aparece en los lugares y en las palabras de los espacios que usualmente recorremos. La idea del poder, que es más bien esa definición que cada persona le otorga, que puede ir desde una sensación hasta una imagen y que, con ello, se puede reflexionar respecto a diversas formas de reproducción de ésta, se sitúa en un espacio ambiguo que no corresponde ni a lo alto y ni a lo bajo. Ni adelante ni atrás, sino, al frente. Al momento en el que se decide elevar la línea horizontal de trato, o en mejores palabras, la jerarquía escogida.

Menciono esa palabra acompañada de «escogida’» porque la jerarquía usualmente proviene de aquellos lugares de poder, en los cuáles, la forma de vivir el día a día tiene como acompañante la posición «superior» a base de algún cargo en específico, una diferencia monetaria que dobla las expectativas, o simplemente el ambiente en el que un individuo se mueve. Tomemos de ejemplo, a un empresario el cual posee bajo su mando a más de cien empleados, el mismo empresario, en su casa, cuenta con servicios básicos cubiertos por individuos dedicados a eso, como la limpieza y la preparación de alimentos, la posición frente a su círculo de amistades, el lugar en el que se posiciona en su familia, y además, como lo percibe su propio núcleo, si es que convive con esposa e hijos. Así se forma aquella cadena de poder, que le otorga a este sujeto, la libertad de elegir no sólo sus caprichos, sino también elegir cómo manejarlo. Aquello trae consigo una voz que muta según el entorno, una entonación específica, porque sabemos que un empleado no tendrá la misma forma de expresarse ante su empleador como lo sería al revés. La jerarquía no se escoge, simplemente existe porque hay una línea que separa evidentemente una posición de la otra. Si profundizamos más, otro ejemplo de esta idea de «jerarquía que no se escoge», podría abarcarse desde el entorno familiar, al pensar en la evidente línea que persiste con los años entre la relación madre e hija o hijo. Se sabe culturalmente, que el factor «maternidad» o «paternidad» lleva consigo esa posición de poder frente a su descendencia, y en la cual, los hijos o hijas están bajo esta estructura de respeto y asentimiento. Aquella idea se reproduce culturalmente ya que también proviene de antiguas lecciones de la cultura china y japonesa, como también desde la perspectiva del cristianismo y los diez mandamientos. El respeto se torna esencial en el trato a mayores. Y así, existen más ejemplos, que consisten en la idea de acatar según la posición, de aceptar, y de intentar no revelarse. Posiciones en las que no se decide tener el poder pero qué en otros espacios, aparece la oportunidad de tomar por un momento, el sabor de lo que otros mastican, tragan y escupen día a día.

Pensando en esta idea, los aspectos del poder en la cotidianeidad varían según el entorno y las dinámicas de grupo. En el caso de los animales, y tomando de ejemplo el caso de los perros y sus dinámicas basadas en el instinto, los perros suelen indagar el entorno y usualmente, mostrarse en una posición sumisa o por el contrario, dominante, según dónde se posicione. Para especificar, esto quiere decir que tomando de ejemplo un canil de perros, dónde varios de ellos están jugando, olfateando, corriendo, etc, siempre está aquel que domina a gran parte de la jauría, ya que se muestra por momentos a la defensiva, ya sea mostrando los dientes a otros, ladrando o marcando territorio, en dónde otros perros comprenden la posición en la que se encuentran, y considerando que los perros no poseen una moral como nosotros, los humanos, en los que pueden decidir, reflexionar y adentrarse en la observación de los comportamientos, los perros por instinto asimilan quién es el líder y quién no. Así también después, otros de esos perros considerados «sumisos» repiten cierto patrón con otros perros, ejemplificándose como un círculo de poder. En ese espacio, se puede notar la diferencia entre el perro «mayor» y los que están simplemente compartiendo el territorio pero sin cruzar límites. Incluso, otros perros pueden seguir al perro «mayor», sin ser atacados y otros, se mantienen al margen al aceptar instintivamente la posición en la que se encuentran.

Pero entonces ¿qué sucede cuando esta idea de poder comienza a expandirse o más bien repartirse? Digámosle «idea de poder» porque la palabra parece subjetiva, como se mencionó al principio, el poder es complejo de definir pero trae consigo muchas ideas relacionadas. Cuando esta posición o incluso a veces hasta decisión, comienza a desenvolverse de maneras particulares, es cuando todo se vuelve aún más interesante. Si lo tomamos desde los antiguos estudios, los seres humanos estamos atraídos y de manera inconsciente por la mímesis. Es sabido que desde nuestros inicios, y no sólo de la evolución sino desde la infancia de cada persona, la imitación es esencial en el comportamiento que desarrollamos a lo largo de la vida. La imitación de lo que observamos, escuchamos, sentimos y percibimos en general, forma parte de cómo nos relacionamos desde muy pequeñas/os hasta la adultez. Observamos el patrón de movimiento, cuando aprendemos a caminar, y generamos sonidos, palabras y gestos específicos que adoptamos de nuestro entorno, convirtiéndonos así en una especie de «esponjas» vivas que acumulan información no sólo mental sino también física. El cuerpo trae consigo memoria, ligada por supuesto a nuestros receptores cerebrales y toda esa conexión grandiosa que genera que un recuerdo se perciba hasta en la piel. Por ende, la imitación, que es incluso muchísimas veces aparece de forma inconsciente, como adoptar un acento específico, o un gesto que viene de nuestros padres, o palabras particulares que adoptamos de amistades o de una pareja, y así sucesivamente, son pilar fundamental en nuestras relaciones sociales y también en nuestra cultura. Así también, como humanos, idealizamos y desde ahí también puede surgir la imitación. Observamos el entorno, ya sea en un círculo de personas o a través de una pantalla, e inconscientemente comparamos nuestras vidas o idealizaciones de vidas ajenas, indagando así en nuestro pensamiento cómo poder generar los mismos resultados, o incluso mejores, si imitamos acciones o formas de comportamiento de aquellas personas. Esta idea de idealización, es parte fundamental de nuestra huella cultural, siendo una sociedad que ha sido acompañada por décadas de la televisión, las figuras públicas, los anuncios en revistas, y considerando aún así, los porcentajes de habitantes chilenos/as que han sido víctimas de la «epidemia de soledad», que según algunas encuestas, aseguran que la televisión es parte esencial del día a día, viéndose así como un vínculo, una compañía artificial que no se separa mucho de nuestra realidad, como lo son los teléfonos y el internet.

En un país dónde la televisión ha tenido gran impacto, y no sólo ésta, si no también las pantallas en general, generan una influencia potente que libera diversas reacciones en la población. Todo aquello que vemos, es una idea de algo que podemos querer o que no queremos, o sea, en otras palabras, las pantallas nos muestran una idealización de la realidad que está en constante modificación según el contexto y la conveniencia.

Daniela Steffanie
Daniela Steffanie
Actriz, dramaturga y locutora viñamarina con mucha pasión por la escritura y las comunicaciones. Enfocada constantemente en la crítica política por medio del humor y la cotidianidad.

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