Paradoja de la carne
Por Maura Santis Rebolledo
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Matemos al traidor.
Amarrémoslo, tirémoslo al fuego y veamos como el olor inunda la habitación. Olor cárnico, espantoso pero tan maravilloso. Un espectáculo que impresiona hasta a los más sádicos. Matemos al traidor.
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Veamos cómo su piel se despoja, se desaloja y lo deja tal cual paradoja: más delgado que una hoja. Sus manos están llenas de sangre, sudor y lágrimas. Manos ahora huesudas, sin rastro de vida alguna. Matemos al traidor, traidor maltratador, aunque él es el maltratado por una sociedad que solo buscaba matarlo.
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