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Inicio/Entrevistas/Samuel Araya: «Ser ilustrador no es una carrera, es una maratón»
Entrevistas

Samuel Araya: «Ser ilustrador no es una carrera, es una maratón»

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Por Lector
Octubre 7, 2026 7 Min de lectura
Lecturas: 59

Desde Paraguay, y con una obra que transita entre el horror cósmico, el simbolismo y la literatura fantástica, Samuel Araya ha construido una trayectoria internacional que lo ha llevado a trabajar con editoriales y proyectos tan diversos como Tor Nightfire, Simon & Schuster, Wizards of the Coast, la banda Cradle of Filth y la Ópera de Seattle. Su trabajo, marcado por la exploración de lo desconocido y por una particular fascinación por el misterio, ha sido reconocido con importantes premios internacionales, entre ellos el World Fantasy Award en 2015.

Su aproximación a la ilustración parte muchas veces desde la incomodidad y la ambigüedad. En lugar de buscar respuestas o reproducir imaginarios establecidos, Araya apuesta por abrir preguntas, construir atmósferas y ofrecer interpretaciones personales de obras que ya forman parte del imaginario fantástico. Una mirada que alcanzó especial reconocimiento con sus ilustraciones para El gran dios Pan, de Arthur Machen, nominadas en 2024 al Grand Prix de l’Imaginaire.

Pero su recorrido también es el de un ilustrador que aprendió a mirar más allá de las fronteras de su propio país. Desde sus primeros contactos con comunidades internacionales en los albores de internet hasta su trabajo actual para importantes proyectos editoriales y culturales, Araya ha hecho de la internacionalización una parte fundamental de su carrera.

En el marco de la segunda edición de La Furia Ilustrada, que se realizará entre el 9 y el 11 de octubre en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), Samuel Araya participará en el conversatorio «Internacionalización de la carrera del ilustrador: mercados, redes y oportunidades», el sábado 10 de octubre a las 13:00 horas, en la sala C1. Antes de su participación, conversamos con él sobre el horror, la imaginación, sus procesos creativos, el lugar de Paraguay en su obra y, especialmente, sobre el largo camino que implica construir una carrera como ilustrador más allá de las fronteras.

¿Cómo surge tu relación con la ilustración a nivel internacional?

Los libros siempre fueron mi refugio así que crecí con la idea de ser ilustrador o escritor. En algún momento me golpeó la realidad de tratar de ejercer cualquiera de estos oficios en Paraguay, pero tuve la suerte de acceder a una pasantía donde tenía acceso a internet. Esto fue durante los primeros años del internet en Sudamérica. Encontré un par de comunidades angloparlantes donde me educaron en la profesión, un año más tarde, envié como 50 emails con portfolios a varias editoriales y empresas que publicaban juegos de rol, recibí dos respuestas y en ese momento sentí que se abrió un gran portal en mi vida.

Mi pregunta eterna era «se puede vivir del arte en Paraguay?» En ese momento se transformó en «¿Se puede vivir del arte en este planeta?».

Tu obra está muy vinculada al horror cósmico, el simbolismo y la literatura fantástica. ¿Qué encontraste en estos universos que hizo que se convirtieran en un territorio tan fértil para tu trabajo?

Pienso que el horror es el triunfo de la imaginación, el horror explora lo desconocido sin concesiones. El horror y lo fantástico también plantean un misterio, nuestra relación con ese misterio suele ser tratar de resolverlo, darle una cara, un nombre. Yo trato de hacer lo contrario. Sería una pena darle límites a lo infinito. Ese juego conceptual me fascina.

Admito que también hay una sensación de hacer algo prohibido cuando uno trabaja con el horror, y para bien o para mal, me encanta eso.

Hay algo muy particular en tus imágenes: consiguen ser perturbadoras sin depender necesariamente de lo explícito. ¿Cómo construyes una imagen que provoque inquietud o miedo en quien la observa?

Amo lo explícito y brutal, pero al final del día creo que el misterio es el elemento clave de todo lo bello en este mundo. La construcción del misterio es un proceso de descarte y de constante prueba y error. Trato de apoyarme en la interpretación personal de un texto, prefiero crear atmósferas antes que narrar una escena.

Has trabajado con autores y universos literarios muy distintos, desde Arthur Machen hasta proyectos vinculados al terror contemporáneo y la fantasía. ¿Cómo cambia tu proceso cuando ilustras una obra que ya tiene un imaginario tan poderoso? ¿Qué buscas aportar tú como artista?

Lo importante es no repetir lo que ya se hizo antes. Para mí, mientras más interpretaciones tenga una obra y estas sean más diversas, mejor. Establecer un canon es el enemigo, estoy exagerando obviamente, pero siento que existe una suerte de rechazo a la ambigüedad en estos tiempos y entiendo de dónde viene, porque vivimos en una era muy difícil, donde buscamos comfort y seguridad en el arte, pero el arte que prefiero es el que incomoda.

Mi aporte es la disonancia, la contradicción y una interpretación muy íntima. Hago un esfuerzo en examinar la obra desde diferentes lugares…no tan comunes. Para «el rey de amarillo» de Robert W. Chambers trate de interpretar el texto como si fuera un mensaje oculto de alquimia.

Trato de alejarme de la estética de Hollywood y del Videogame AAA, no tengo nada en contra de los dos, amo con toda mi alma el juego Bloodborne, pero es inevitable que obras tan masivas establezcan un canon de cómo se debe ver lo fantástico.

En 2024, tus ilustraciones para El Gran Dios Pan, de Arthur Machen, fueron nominadas al Grand Prix de l’Imaginaire. ¿Cómo fue el proceso de llevar visualmente una obra escrita hace más de un siglo y qué buscaste aportar desde tu propio imaginario?

Antes que nada, me encanta la obra de Machen, cuando me preguntaron que libro me gustaría ilustrar, no dudé un segundo en sugerir El gran dios Pan. El primer desafío fue reinventar la figura del Fauno / Sátiro. Esto fue difícil, principalmente porque Guillermo del Toro ya lo hizo de manera magistral en El laberinto del fauno, pero en El gran dios Pan hay un elemento femenino importante. La conclusión fue obvia, dotar al fauno con rasgos femeninos, una contradicción a lo establecido por la tradición.

Machen también habla mucho de lenguajes extraños en su obra, inicialmente pensaba en usar alfabetos mágicos, como el enoquiano, creado por el polimata John Dee. Pero al final del día, es un lenguaje que se puede leer y descrifrar, entonces pivote hacia algo más inescrutable, el arte moderno.  Me fascina la obra de Joan Miro, así que construí mi propio alfabeto mágico inspirado en sus formas extrañas. Estas letras mágicas están desparramadas por todo el libro.

Finalmente, siempre amé la fotografía victoriana, de tono sepia llena de reacciones químicas y texturas extrañas. En el libro juego con la idea de que el mal no puede ser contenido y rebasa, literal y metafóricamente los bordes de la imagen fotográfica.

Has recibido reconocimientos como el World Fantasy Award y la Medalla de Plata de Spectrum. ¿Cómo han cambiado, si es que lo han hecho, esos reconocimientos tu manera de entenderte como artista y tu relación con el mundo de la ilustración?

Me encantaría decirte que mi trabajo tiene valor, independientemente de ganar premios, pero la verdad es que soy humano, la validación de instituciones y personas me llena de una alegría y un amor inconmensurable. Trato de que no me afecte, ¡lo prometo!

Eres un artista paraguayo que ha desarrollado buena parte de su carrera trabajando para editoriales y proyectos internacionales. ¿Qué lugar ocupa Paraguay, su paisaje, su cultura o incluso su imaginario, dentro de una obra que muchas veces parece transitar por territorios sobrenaturales universales?

Mis abuelos solían contarnos historias fantásticas sobre la mitología paraguaya, principalmente para contenernos y asi puedan dormir la siesta en paz. Entonces la siesta se convertía en un tiempo donde el peligro acechaba, donde seres extraños salían a recorrer el mundo y fue mi primer acercamiento a lo desconocido.

Paraguay también es un país mayoritariamente católico recalcitrante, así que pronunciarme en contra de la religión sigue siendo algo muy importante para mí y mi obra, sin mencionar que me llevó a buscar todos los discos y libros mal vistos por la iglesia durante mi adolescencia, ahí descubrí el black metal y los cuentos de Lovecraft. Invertir la simbología sacra para lograr lo profano está muy presente en mi trabajo.

Admito con mucho pesar que el paisaje de Paraguay no es mi favorito, hay demasiado  color y calidez en el mundo subtropical y no es lo mío. Pero lo mejor de mi país es su fauna, todavía es posible encontrar anacondas amarillas o un lagarto enorme, el Teju Guasu, visitando los espacios verdes de Asunción y ni hablar de la cantidad de insectos con formas extrañas, mis favoritos son las arañas y los escarabajos.

Vas a participar en La Furia Ilustrada en un conversatorio sobre la internacionalización de la carrera del ilustrador. Cuéntanos si al pensar en esta actividad te retrotraes a los inicios de tu propia carrera. ¿Cuáles son tus recuerdos más relevantes?

Recuerdo el momento exacto donde di el paso a lo desconocido. Tenía una muy vaga idea de que significa ilustrar y mucho miedo, miedo a que mi trabajo no sea bueno, que no guste, que no le importe a nadie. También recuerdo el rostro de felicidad y orgullo de mis padres cuando recibí mi primer cheque. No los culpo, ellos estaban aterrados de que su hijo termine siendo el artista atormentado viviendo en total pobreza. Ellos no tuvieron una vida fácil y demostrarles que mi oficio podía tener un buen sustento económico fue un alivio y muy gratificante para todos

¿Qué mensaje podrías entregarles a quienes quisieran seguir un camino profesional como el tuyo?

Ser ilustrador no es una carrera, es una maratón.

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Furia IlustradaIlustraciónParaguaySamuel Araya
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