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Inicio/Laboratorio UCEN LECTOR/El Raco
Laboratorio UCEN LECTOR

El Raco

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Por Lector
Enero 6, 2026 5 Min de lectura
Lecturas: 704

 

Por Claudia Jara

 

Nací en Bandera, al interior del Xenón, mi madre: una puta, mi padre: un cliente. Ahí me lo pasé, de mascota de las putas a guacho indeseable, de guacho a pelusa, de pelusa a lanza del río Mapocho. Era libre, un buen lanzazo y un lugar bajo el puente bastaban. Al tiempo llegaron los asistenciales, ceguera, hambre de calle, adopción, tenía trece años, y me llevaron a la casa del parrón, donde unos tíos adiestrados me esperaban. En la casa del parrón y de aguas estancadas la sangre se volvió fría, estúpida, sin neoprén.

Entré al liceo y conocí a otros cabros, les enseñé a robar, al acto en sí le llamábamos mirar;- ¡vamos a mirar! Volví a la calle, al puente, al río bañado en tolueno. Maté mi hambre de calle con un robo pistola en mano. El robo: cincuenta lucas y una noche en el Xenón con las mejores putas. El robo: un hombre boca abajo entre mis piernas. Esa fue mi primera ida a la peni. Tenía diecinueve años. Salí a los veintiuno y un parrón a punto de parir esperaba por mí.

Recorrí la ciudad, mi ciudad, abierta de par en par ansiando ser robada, la amé y la hice mía en cada esquina. Los faroles alumbran a dúo una silueta vestida de rojo, me acerco, le hablo al oído, solo un susurro bastó para hacerla mía y para que su vida estallara a un costado de la calle. Su nombre es Susana, mi guacha, mi mujer de la calle, yo soy Darwin, el guacho de la caleta.

Arrendé una pieza en Bandera, desde la ventana podía ver las putas entrar y salir del Xenón. Eso me gustaba. Comencé nuevamente con robos simples, de cuchilla en mano pasé a la pistola; mujeres solas y una buena cartera, viejos borrachos y uno que otro almacén de barrio. Pasaron los años y el parrón de uvas negras de la casa de mis tíos reclamaba sangre.

Hice lo mío, robar. En mis pupilas dibujé los pasos: mediodía en Santiago, una farmacia vacía, sólo un hombre adornando el mesón. Afilé las ideas, pero estaba en deuda con el Zanahoria, después de todo, él había pagado para que la Susana se hiciera el remedio; no más guachos ni carne fresca para robar. A lo lejos lo vi, el vaivén de su cuerpo, retorcido en el fondo de un vaso de vino tinto me hizo recordar la caleta, lo quería, pero sabía que era mejor robar solo. Entramos, una mujer exigía la dosis del día, un hombre nos miró de reojo. La Smith & Wesson se retorcía en mi bolsillo, olía la sangre. Tomé del brazo a la mujer y oprimí su cráneo, el Zanahoria trepó el mesón, pero su cuerpo se paralizó y cayó en medio del suelo, el río entero bañó mis entrañas.

Por un segundo supe que todo llegaba a su fin. Un disparo actuó sin premeditación, corrí en busca de las uvas en el tambor, subí a la micro, sin antes arrastrar una estela de muerte y escuchar el silbido del Raco. Miré de puntillas y sujetado de un alfiler mi cabeza dio tumbos, el neoprén aun seguía subtitulado en mi cabeza haciendo de las suyas.

La sangre corre, quema, punza. Sé que si no llego me desangro, solo como un perro guacho. Después de todo, me lo merezco. Porque soy un guacho de la calle, del puente, de la caleta, un lanza. Y qué. La ganancia: cien lucas y una herida a bala en el hombro. La ganancia: una mujer ensangrentada en el suelo y un hombre medio muerto a mitad de la calle. Si no fuera por ti, culiao, ahora estaría con la Susana en el mejor motel de Bandera.

La sangre se enfría, pero voy a llegar. La tía Meche es la única que me puede salvar. La micro se tambalea, y mi cabeza da tumbos. Es mejor trabajar solo. Si uno se muere, se muere solo, nada de testigos y si la cagas, la cagas solo. Pero estaba en deuda, no podía robar la farmacia solo.

El semáforo está en rojo, la muerte es de color rojo. Me gustaría sacar a la flaca a dar una vuelta al centro. La gente me mira – ¡Qué mirai, conchetumadre! – Un niño no se calla – ¡Callen a ese niño! – Una hilera de agujas sube por mi brazo.

-Es el Raco – me dice un viejo, lo miro – Es el Raco, el viento del sur, que anuncia la muerte – me dice el viejo.

– Para hueón, que me bajo.

Uno, dos, tres,… las llaves, no tengo las llaves. Mi tía abre la puerta, sin antes mirar por la ventana y poner la típica cara de horror que pone cada vez que me ve.

-Pase mijito, ¿qué le pasó? – Cínica.

-Tía: llame al tío – Mis pasos siguen las costuras del piso y me llevan al patio, allí está el viejo, moliendo uva para hacer chicha.

-Es el viento – me dice el viejo –, el Raco, que te trajo por acá. Me siento a su lado, saco unas uvas del tambor, están amargas, como mi sangre, están amargas. La sangre corre, quema, punza, mi tía trae unas gasas, me saco la camisa, la herida es profunda, como mi mirada, la sangre corre, quema, punza. El viejo me mira con recelo, sabe que tras mi mirada escondo la sangre de otros. Un silbido trepa las paredes, un silbido estremecedor: Es el Raco – dice el viejo. El Raco… – dice mi tía. Mataría por no volver a escuchar ese  nombre.

El viejo me mira con recelo, sus manos tiemblan, mi tía me pone gasas en la herida, la Susana me espera en Bandera. Me quito la camisa, escucho voces.

– Es el Raco – dice el viejo.

– Es el Raco – dice mi tía.

Tomé su cuello, agarré una a una las visiones del viejo, mientras ella gritaba despavorida ante lo inminente. Se los dije: mataría por no volver a escuchar ese nombre. La sangre del viejo se mezcla con el color de las uvas, los gritos se confunden en un solo eco. El tambor de uvas toma un color púrpura, espeso, nauseabundo.

Mi herida aún sangra, la de ellos se estancó, entre el silbido del Raco y el hedor de las uvas en el tambor.

Etiquetas:

Claudia JaraEl RacoLaboratorio de Escritura Creativa UCEN Lector
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