Por Pablo Lacroix,
Director de Editorial Oso de Agua
Publicado originalmente por Editorial Multitud en 1927, el libro Satanás de Pablo de Rokha resurge hoy bajo el sello de Editorial Oso de Agua, en una edición que busca restituir la fuerza telúrica y desafiante de su palabra. Esta publicación no es una simple reedición: es un gesto político y poético de rescate. En tiempos donde el mercado tiende a disciplinar el lenguaje y a depurar lo inasimilable, recuperar la potencia verbal y la materialidad furiosa de Satanás es reafirmar una escritura que insiste en existir más allá de las convenciones.
Como antesala a esta lectura, se presenta el texto completo “El padre violento”, escrito por Humberto Díaz-Casanueva y publicado originalmente en Revista Atenea, N° 221-222, 1968. Esta lectura, intensa y contradictoria, actúa aquí como prólogo a la presente edición, abriendo un umbral entre la crítica poética, la reflexión generacional y el temblor que provoca aún hoy la voz de De Rokha.
A continuación del prólogo, se incluye un fragmento que corresponde al inicio del libro: una irrupción desbordada y encendida, donde ya se anuncian los ritmos, las imágenes y los excesos que caracterizan a esta obra brutal y fundacional.
Satanás se publica en conjunto con Oniromancia / Los sellos arcanos, de Winétt de Rokha, como parte de la colección MULTITUD de Editorial Oso de Agua. Esta línea editorial rescata el legado político, estético y literario de autores vinculados a la familia De Rokha desde una perspectiva crítica y contemporánea. La publicación de ambos títulos fue posible gracias al financiamiento del Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2023.
La presentación oficial de estos dos títulos se realizará el domingo 1 de junio a las 14:00 h, en el Escenario Estación de La Furia del Libro 2025, ubicada en Centro Cultural Estación Mapocho, Santiago. Participan Patricia Tagle de Rokha (Fundación De Rokha), Igor Venegas De Luca (presentador de Satanás), Jessica Sequeira (presentadora de Oniromancia) y Pablo Lacroix (moderador). Entre los asistentes al evento se sortearán dos ejemplares de estos libros.
Como editor y director de Oso de Agua, celebro esta reaparición de un texto mayor de nuestra poesía con la certeza de que lo que aquí comienza no es solo una lectura, sino una confrontación. Bienvenido a Satanás.
Bienvenido a Satanás, Pablo de Rokha (Editorial Oso de Agua, Edición 2024).
* Libro originalmente publicado en 1927 por Editorial Multitud

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El padre violento
Humberto Díaz-Casanueva
Publicado en Revista Atenea, N° 221-422, 1968
Me gustaría releer la obra entera de Pablo de Rokha. Hay resonancias de su obra que me persiguen por años, fragmentos que asoman en las antologías y se encienden como regueros de pólvora que van a estallar en zonas enormes y vacías, expresiones salvajes que inclinan nuestra literatura hacia el dolor terrestre. Si en cualquier país extranjero añoro y elijo sustancias nuestras, la poesía de Pablo de Rokha, no obstante sus implicaciones, cobra impulso y mana. Gran poeta chileno destinado al asalto de la posteridad, su obra será desenterrada como un palimpsesto. No tendrá revestimiento formal, se habrá secado su espesa hojarasca y resplandecerá un fuego vivo bajo las palabras muertas. Y a nuestra generación, en lo que a él atañe, le atribuirán dos faltas: la pueril propaganda de los que componen su séquito y la fea pasión de los que lo niegan. No he tenido ocasión de tratarlo, pero su personalidad me atrae, su vida me conmueve y le tengo una gran simpatía. Yo digo lo que se me ocurre sobre él y no me importa lo que él piense o los otros.
Lo veo solitario y enhiesto, antiburgués y absolutamente convencido de sí mismo, con alardes de heroísmo, más fe que saber y ejecutado por su naturaleza carnal. Está condenado a no tener jamás discípulos, pero los jóvenes desfallecientes deberían consultar su trayectoria. El que imita su estilo realiza la hinchazón suprema. Ha traspasado nuestro idioma de palabras espesas, vegetativas, chilenas. En medio de su obra abigarrada hay imágenes que brillan con un sabor arcaico, inmemorial, pero profundamente suyas, indisputables. No me atrae el conjunto de lo que escribe, sino el fundamento, un ángulo, una pequeña gema incrustada en la gran montaña. Si veneramos la poesía y los suspiros que ella exhala en nuestra tierra, deberíamos preocuparnos más de él, aun haciendo caso omiso de él mismo. Lo veo rebozante de orgullo, muy provinciano, como un atleta trasladando cerros de arena negra. Me apena su manera de gesticular y palpo sus palpitantes gérmenes, sus agujas luminosas perdidas en un pajar sediento. Nadie como él ha llevado todo el légamo a la superficie. Todo lo brutaliza y prefiere las contracciones de su vitalidad a las significaciones de su extraordinario don. ¿Quién puede negar la autenticidad de este bárbaro aunque nos irrite su afectación?
Ha escrito algunos de los versos más hermosos de la poesía chilena y también algunos de sus versos más malos y vulgares. Me da la impresión de un niño sonámbulo con una fuerza excesiva que no sabe emplear para la fecundación espiritual por carencia de rigor estético, maduración abstracta y capacidad para la proyección de pensamientos puros. Las grandes cualidades de su obra radican en los impulsos de un primitivismo patético que no libera a través de la fantasía poética, sino que reproduce haciendo gala de arbitrariedad y banalidad. Da las notas iniciales de grandes temas, y luego gira en orbitas locas. Danza mostrando muñones voluntarios. Cuando piensa, yerra, y más todavía cuando postula, pero entre los gestos y las paradojas, algo bulle, algo permanece como un destello de extraña lucidez. Las potencias terrestres y somáticas lo inducen y recurre a invectivas satánicas y ritmos mágicos que derrocha en ambigüedades sin alcanzar la esfera de los mitos. No hay otro poeta más fundamentalmente chileno y popular después de Pezoa Véliz. Pero es la chilenidad agraria, báquica, pueblerina. Poeta de una peculiar disposición para fusionar los sentidos y el verbo con la materia viva y orgánica. Antiplatónico por excelencia, realista, materialista, cotidiano. Pero en ningún caso marxista. Cumple la extraña paradoja de cantar lo colectivo y maquinista desde el fondo de su yo desvalido.
El paisaje en que actúa es fosco, membranoso y dentro del paisaje está frecuentemente muerto, más bien cadáver que muerto. La representación de la muerte no alcanza en él categoría metafísica sino puramente plástica como en la imaginería popular medieval. Su negro individualismo de ángel caído entraña una furiosa teología negativa. Sus pinturas lúgubres denotan las fuerzas de disolución de su inconsciente y su constante presentimiento de la nada. Su infantilismo espectral trata de ocultar una naturaleza romántica como una isla de oro rodeada de sombra. Cuando descansa de su afán cosmogónico y reposa en su intimidad, dicta maravillosos versos de hondo afinamiento, tiernos, pensativos, voces epifánicas. Lirismo bíblico, dramático, embargado de una tristeza profunda y de una nostalgia esencial que expresa la melancolía del hombre eterno sobre la tierra. Del hombre primordial, del último hombre después de un diluvio, que impreca a los dioses y defiende su soledad humana. Pablo de Rokha discierne intuitivamente sus elementos y los funde con el hombre temporal de carne y hueso, lleno de contingencias y certidumbres humanas.
Es prisionero de su propia libertad y de su complacencia en combinaciones interminables con puros materiales brutos. No llega a extenuarse en un proceso de introversión y prefiere desplegarse en un flujo presurrealista, como si su intención no fuera revelar sino que espantar. Aunque es un artista de insospechados recursos, se hunde en un desierto líquido guiado por el propósito sacrílego del derroche. El pensamiento creador está humillado por una materia verbal que, por excesiva, produce debilitamiento. El signo más trágico de su grandeza es el ocultamiento de sus tesoros detrás de convulsiones y períodos verbales oprimentes. Leerlo, agobia; mas vale recordarlo, porque entonces se decanta el vino y quedan las llamas, los símbolos, las visiones mutiladas de este hombre trágico e impetuoso. Como si me hubiera apartado de un telescopio, retengo en mi imaginación su perspectiva humana, el dolor de su materia, sólo el pie de su ángel gigantesco. Algún día alguien habrá de espigar en su selva. El ramo que se obtenga será profundo y duradero: honra de la poesía chilena. Ha realizado una experiencia delirante, ha sido un precursor, un padre violento.

*
Satanás
Editorial Oso de Agua, 2024
Yo existo
¡ah!,
Yo existo sobre el día corriendo,
aquí,
pregunto mi dirección a las alondras del infinito más infinito,
canto, canto, canto,
agarrándome a los aeroplanos de mi voz, ¡oh!, de mi voz embanderada y americana,
o borneo, monologando, una gran palmera de volcanes,
abro los sétimos ojos encima de ese rodaje de láminas y triángulos indiscutibles,
refuto la argumentación desdentada del esqueleto,
y, tocando la canilla despavorida,
inicio el tiempo, amigos, inicio el tiempo,
el tiempo de los vocabularios y los siglos partidos en figuras;
A,
E,
I,
0,
U;
cuando la tarde inmóvil, como un toro, en la derrota
del gesto y del signo,
rodea de ciudades agonizantes el acordeón de los últimos sueños,
yo escupo, lleno de saliva la guatita de las estrellas, yo escupo,
pero yo escupo;
además, los lagartos empapelados me lamen la filosofía;
los frutos maduros del sol
lloran en mis teatros de azufre y sangre quemada,
y el problema de luto
me araña las entrañas de celuloide terrible
con los serruchos del jazz-band,
irremediablemente,
me araña las entrañas de celuloide terrible,
entonces, se me ríen las tripas,
se me ríen las tripas,
y se me ríen las muelas lo mismo que a los tontos y a los muertos,
a los parientes de adobe que hacen costumbres,
a la vieja mohosa que cuida los despoblados con su tristeza,
a los ataúdes sin candado,
a las emociones sin candado,
a los emigrantes sin candado,
a las botellas rotas y rojas encima del crepúsculo,
y a los crucifijos empeñados y espantosos
en el desván de los somieres y los colchones de las putas nubladas,
entonces, se me ríen las tripas,
se me ríen las tripas,
y se me ríen las muelas lo mismo que a los tontos y a los muertos,
empuño los látigos metafísicos
y me azoto el corazón,
agarro las palabras por la garganta y, aunque me muerden,
las voy domesticando,
y afirmo,
y niego,
y afirmo,
entonces, se me ríen las tripas
se me ríen las tripas,
y se me ríen las muelas lo mismo que a los tontos y a los muertos;
es la cosa lluviosa y sin título,
la angustia adoquinada, del color del periodismo y
del color del cementerio,
el limón de las agrias provincias,
la religiosidad colonial y tan española de los tejados enmohecidos como las medallas,
las brujas paridas de la fatalidad,
el petate indemostrable y los mantos usados y las niñas y las lunas usadas y los finados sin velas constantes,
los recuerdos coleccionados en alcancías;
por eso soy como la cuaresma y como la obscenidad amarilla;
así, altanero y abismado como los cipreses o como los poetas,
quebrado a la manera del riel violento,
con aburrimientos de termómetro de epopeya y de oficina,
blanco y negro, a planos totales,
lo mismo que la psicología del Buonarotti, o la moral colosal del fuego y del hierro,
y también, sí, también ¡oh!, matemático,
parecido a una discusión de los terremotos con los terremotos;
uno se compara a todo lo aciago, lo escuro, lo acerbo,
se define entre los naufragios,
y le sobra espanto capaz de vestir de herrumbe a toda
la alegría humana,
semejante a las águilas contradictorias,
vuelo en tirabuzones entusiastas y ofensivos en la tristeza,
quebrándome en umbrales insospechables,
o hago la caída acuarelada del avión sin desterrados;
agujerear lo absoluto,
dominar la tiniebla endurecida y el mar de azogue,
triplicar la voluntad,
y demostrar a “Dios” a carcajadas, como los pájaros,
geométrico y maquinal como las catástrofes:
meto mi alma en los bolsillos del mundo
y saco polillas y mates de verdades muertas,
me paro encima de mi esperanza,
aspiro a los rascacielos estrafalarios, al puente tirado de siglo a siglo,
y todos los versos se me cuelgan del corazón,
entonces mi cansancio dobla la cabeza,
y un signo inmóvil se remonta encabezando los presidiarios
y los vagabundos;
tribulación, horrenda tribulación del camino que quiere hacerse fin;
es, también, la acción dispersa y ahuecadora, es tal vez
un desequilibrio
que responde a arquitecturas perdidas;
solo la soledad me acompaña en este ardiente derrumbamiento
sin murallas,
destino de ametralladora quebrada, exactamente, de ametralladora quebrada, o mucho teatro en ruinas;
¡ay!, como perro loco aúllo a orillas de las noches peludas,
los gallos huidos cantan en la eternidad,
estiro los brazos de punta a punta de la tierra,
y muchos los ámbitos ciegos,
echan a volar desde mi figura incorruptible,
borneo agrios cantos, altos cantos de ladrones,
rodeado de mujeres agonizantes,
por eso goteo sudores de gente destruida,
sin embargo, mi voz es contentamiento,
congoja a electricidad, actitud patético-dinámica, con piedras azules,
violoncelo sin violetas,
emoción de máquina y de máscara, caricatura en bronces fatales,
mi gramática es alegremente lúgubre,
sí, lo mismo que el asesinato en las batallas,
pólvora con alcohol morado y polvoso,
opresión al espíritu de aquel que viviese al pie de la más alta cantina,
o se asomase al pensamiento desde el borde del mundo,
sobre los abismos, temblando, a la orilla, bien a la orilla,
y se resbalase de repente, sí, sí,
además, el dolor es durable como la mala comida,
dínamo a millones de actividades por segundo,
con la inminencia y lo espantoso de las revoluciones astronómicas,
mi corazón está ahí, girando,
porque yo soy el que espera el tren que no existió nunca,
y el que escucha todas las horas del cielo,
el condenado a la gotera que cae encima del cerebro, una a una,
sin embargo, querría, ¡ah!, querría todos los pescados del sol sonoro,
la nave inmóvil anclada encima de los sepulcros desaparecidos,
y el timón de las estrellas oceánicas,
para tocar la campana del genio,
en ese instante cuadrado y declamatorio de la poesía,
o ando vendiendo mi corazón de pobre enorme,
y mis espectáculos de girasoles, ¡ay!, con negros tremendos,
además, la llamarada vegetal del porvenir, además,
y el ejercicio en patines de alumbre o de aceite circulatorio,
la guitarra apolillada del aviador, tirada sobre los crepúsculos
y los telégrafos, impunemente,
avizorando los últimos;
entonces, cacarean las gallinas trascendentales;
pero yo no comprendo, yo no comprendo
cómo el diamante del día no corta aún el vidrio inútil
e impresionante;
timoneo mis buques piratas, y tus cielos tenaces y rubios, filosofía,
levanto las compuertas imaginarias,
y los cien tranques iguales avasallan la curva siniestra, persiguiéndose,
luego las ideas asesinadas,
la intuición escalonada en escalonado, verde-podrido, granate, tuerta, negra, ciega, con ocasos guillotinados,
el ademán de tempestad innumerable,
la conciencia aulladora, la clínica, lo polvoroso, lo derrengado,
y la voluntad del mueble durable,
el animal no usado, no,
la abulia, la inercia, la descomposición ilimitada y abarcadora;
ya viene llegando, la noche ¡ay!, la noche, la noche con
su ramo de violetas;
sí, eso es todo;
aquella gran honorabilidad de cordero clavada al alma;






