Isabel Lemus: «Mi novela indaga en un terror más íntimo y cotidiano: el de la herencia familiar»

Isabel Lemus: «Mi novela indaga en un terror más íntimo y cotidiano: el de la herencia familiar»

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Isabel, Alguna vez fuimos niñas es tu segunda novela, un relato alejado de lo que fue tu debut con la novela de terror La caza del pecado, ¿qué puntos en común o diferencia tienen  ambas obras y qué significan para tu escritura?

Desde que comencé a escribir he sentido una curiosidad persistente por las múltiples manifestaciones del miedo y lo íntimo que puede ser el concepto de terror. Aunque creo que son libros absolutamente distantes uno de otro, supongo que algo de esa fijación es lo que da forma  las preguntas esenciales de ambas novelas. La caza del pecado explora el terror desde lo sobrenatural y la tensión narrativa, Alguna vez fuimos niñas indaga en un terror más íntimo y cotidiano: el de la herencia familiar, el miedo a repetir patrones de dolor y la fragilidad de la felicidad. Se explora cierta oscuridad, pero aquí es una oscuridad mucho más doméstica y emocional.

En cuanto a mi escritura, Alguna vez fuimos niñas es un libro bastante excepcional. Exploro  posibilidades y géneros si la historia me conquista lo suficiente. Ahora mismo estoy muy entusiasmada trabajando en en una ficción histórica de fantasía oscura, algo que no he hecho antes.

Alguna vez fuimos niñas es una suerte de cartografía familiar donde Ju, la protagonista, observa y conecta el pasado con su propio presente, ¿cuál es la motivación de esa búsqueda?

Si bien la muerte de su madre es lo que despierta la urgencia de descifrar el pasado, creo que la motivación viene especialmente de saberse a sí misma en una posición de plenitud tan poderosa que la hace capaz de mirar al pasado sin correr el riesgo de ser herida por él. Quizás, en otro escenario, Ju no tendría el valor de sumergirse tan profundamente en la historia familiar.

Esto es algo muy humano. El deseo de autocomprensión, de liberación, es tal vez una constante, pero tanto el contexto como nuestro momento personal van a decirnos qué tan profundo estamos dispuestos a mirar. Una cuestión de timing necesaria y de la que pocas veces se habla.

Una de las primeras reflexiones en la novela tiene que ver con la dificultad de mantener un estado de felicidad, de alcanzar algo en la vida y «lidiar con el afán de no perderlo jamás», ¿cómo aplica esto para la relación de Ju con el amor y el dolor?

Sí, en el personaje de Agnes —que delinea más que ningún otro la historia— está la idea de salvaguardar a toda costa lo que se consigue. La vida ha sido tan dura y tan precaria que el riesgo no es una posibilidad, y está tan segura de ello que lo transmite como una máxima. Es una forma de cuidar a quiénes ama.

Ju nunca nos dice si se desprende de eso, yo diría que no lo hace. En el libro como en la vida, hay miedos que se erradican y otros que se transforman con suerte en una conquista diaria. Vive su felicidad, la abraza, pero nunca habla desde el desarraigo o la desaprensión. Lo mismo con el dolor.

Ju es una mujer que parece haber alcanzado aquel estado de plenitud que sus antecesoras no pudieron conseguir pero la muerte de su madre la hace retroceder al pasado, a repasar su infancia, ir al origen de sus propios miedos, ¿qué descubre sobre la relación con su progenitora el hecho de revisar su historial familiar?

Es posible que uno de los descubrimientos más luminosos de retroceder en la historia sea abrazar dentro de ella misma una comprensión hacia su madre que antes no poseía. Que en momentos de diferencias abismales creyó que nunca podría poseer.

El miedo de Agnes a la vida, a la pérdida o a los hombres no era caprichoso, era una herida profunda heredada de una infancia donde observó en detalle todo. Comprender que el amor de Agnes fue imperfecto y a veces asfixiante porque era la única forma de protección que conocía es para Ju una nueva forma de contar la historia.

Un recuerdo importante para Ju tiene que ver con la expresión de afecto de una pareja, entendida por una de sus tías como el camino irrevocable al sexo ¿Cómo procesa Ju esa advertencia?, ¿De qué modo afecta a su vida adulta?

Ju vive esa advertencia de tía Sonia como una breve condena que la persigue en la infancia, pero la madurez y el contacto con el mundo exterior le permiten entender que hay muestras de afecto genuinas, que no necesariamente son manipulación masculina.

Luego, el fantasma de esa noción vuelve cuando escribe a Damian, y esto deja entrever que el trauma tardó más en disolverse de lo que ella misma creía. Puede que esta experiencia la vuelva hipersensible a la intención detrás del contacto físico, pero también la impulsa a reivindicar el placer y la ternura como algo propio, separado de la visión utilitaria y desconfiada de su tía.

Para Ju hay una elección consciente de la pareja, algo que parece ser una ventaja ante la imposibilidad de escoger de las mujeres de su historia familiar, ¿de qué modo salir del pueblo le ayuda a no cargar con esos dogmas?

Aunque salir del pueblo permite tener una visión más límpida y menos condicionada del clásico qué dirán de los lugares pequeños —que es realmente muy, muy liberadora—, creo que la mirada fundamental es más hacia dentro que una circunstancia inherente al cambio de ciudad.

Escoger el amor sin prisa, sabiendo exactamente el tipo de relación que se quiere construir, mirando esas características desde sus propias necesidades y no desde la sugestión del entorno, es algo que Ju construye en su mundo interior, cuestionando y rearmando.

La novela habla de madres, tías,  que a su vez fueron hijas, y  la única certeza es que todas construyeron un ADN de miedo, dolor y decepción que Ju recoge para reordenar su propia vida, ¿cómo procesa Ju la historia de su tía Camelia y el concepto del verdadero amor?

Para Ju, la idea del último pensamiento antes de morir tiene una relevancia única, tanto así que se transforma en la pregunta más importante de su vida. Y tiene sentido, porque hay algo de justicia autobiográfica en ese instante final de autenticidad. Ju se queda con la idea de que esa persona a la que tía Camelia dedica los balbuceos de su agonía indican la importancia en su historia; lo hacen sin duda su gran amor.  Sobre todo en una historia como la de ella, que es una historia llena de contraste despiadados en las bifurcaciones que fue tomando su vida.

¿Qué relación crees que existe entre la idealización del amor y el enamoramiento de la ciudad como salida para el  entorno de oscuridad y muerte que representa el pueblo?

Fundamentalmente —si no: únicamente— la elección en libertad. A veces es difícil de digerir para quiénes estamos en entornos como el de Santiago, pero en muchos pueblos es aún común no ver parejas gays de la mano, por ejemplo, o tenerlas como historia de fin de semana o «puertas afuera» del pueblo.

Visto así el lugar representa tradición, cierto control social y una identidad maquillada y agotadora. Sin embargo, como mencionaba antes, creo que el concepto de amor está enmarcado en una visión más íntima e introspectiva, donde el proceso de desprejuiciarse ante la crianza en lugares pequeños  ayuda pero no es lo esencial para avanzar.

La historia de Odeth es una fibra que conecta directamente con Ju y habla sobre la fragilidad humana al mismo tiempo que revela la fortaleza para abandonar un camino por amor a la familia, ¿qué produce en Ju ese balance final?¿cómo la historia de su abuela interpela su propia historia?

Además de revelar el miedo más profundo y tabú de Agnes, es para Ju una herida particularmente sensible: Odeth pierde el sueño de su vida cuando jamás debió perderlo, pero fue tan grande su vergüenza que nunca pudo recomponerse y volver a luchar por ello. Es complejo, doloroso y una gestión torpe pero muy humana del fracaso o las adicciones.

Sin embargo, al mismo tiempo —y esto es quizás lo más hermoso— ver esa personalidad regada aún por los rincones de la casa de infancia la hacen ver como una mujer con carácter, con metas y con un mundo interior muy rico más allá de su rol como madre o esposa. Y eso es inspiración pura para Ju, quizás uno de sus referentes de valentía más importantes.

La historia de Sofía habla sobre miedo y amor verdadero, el que a veces requiere de un sacrificio previo sin el cual no es posible construir la felicidad anhelada, ¿existe un punto en común entre la tragedia de Sofía y la relación de Ju con Luán?

El punto en común es la aceptación del sufrimiento como pago por una seguridad ficticia. Sofía acepta un matrimonio con un hombre «bueno»  y sacrifica su niñez y su cuerpo a cambio de un techo. Ju, con Luan, sacrifica su sensibilidad, su necesidad de comunicación y su felicidad emocional a cambio de una estabilidad superficial, aceptando la infidelidad y el silencio porque su madre se lo valida como «normal». Ambas viven un amor sin plenitud, basado en la resignación. La diferencia es que Ju logra romper ese ciclo, mientras que Sofía solo lo hace después de una pérdida irreparable.

 Ju se refiere a Damián como «el hombre que amo», como una reafirmación de voluntad y de restauración de todos los equilibrios, un propósito que las mujeres de su familia o no han logrado alcanzar o lo han hecho tardíamente y con mucho sufrimiento, ¿representa la felicidad de Ju algún triunfo para toda su constelación femenina?

No sé si puede considerarse un triunfo colectivo. Personalmente, como autora, creo que el destiempo es una tragedia irrevocable, y que la reparación simbólica es demasiado limitada. Pero sí imagino que las mujeres que amaron a Ju a lo largo de su vida serían honestamente felices con su felicidad; que un pedacito de cada una de ellas viviría el alivio de que los errores no se reiteren, suponiendo que en algún punto de sus vidas predominó el deseo de autenticidad. Es algo difícil de saber, que creo que entrega más herramientas a las mujeres próximas que a las que ya se fueron.

Finalmente, Alguna vez fuimos niñas instala un punto en común, la infancia de estas mujeres, todas complejas y finalmente todas unidas por la ansiedad, el temor, el dolor, la inquietud de convertirse finalmente en mujeres,  ¿qué es lo que Ju recupera de ese regreso al pueblo, que no es más que un regreso a las propias raíces y cómo funciona el final frente al mar como una reescritura del futuro?

La memoria cobra en ella un sentido diferente al ser compartida. Sobre todo: al ser vista y escuchada. Es ahí donde el regreso se transforma en una perspectiva totalmente nueva sobre los miedos y los recelos que han delineado su historia.

De alguna manera, Ju reinventa el sitio donde todas estas biografías difíciles se vivieron,  deja de ser la niña que temía las siestas y los silencios, para convertirse en la mujer que integra su pasado. El mar es el denominador común de muchos de los hitos memorables de su historia y de la de sus antecesoras y compartirlo, además de ser una necesidad, es sobre todo en este cierre un abrazo al aquí y el ahora, algo a lo que Agnes temía mucho y que Ju entiende como un tesoro en su historia con Damian.

Iván Martínez Berríos
Iván Martínez Berríos
Periodista, Licenciado en Comunicación Social y en Cine Documental. Editor en Plazadeletras, Lector.cl y Trazas Negras.

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