¿De quién es José Baroja? Un escritor entre Chile y México
Por licenciada Lucía Rodríguez
Hay escritores cuya pertenencia parece resuelta antes incluso de que alguien abra sus libros. Nacen en un país, escriben en su lengua, desarrollan allí buena parte de su trayectoria y, con el tiempo, son incorporados a una tradición literaria nacional que parece esperarlos desde el principio. La etiqueta resulta cómoda: escritor chileno, mexicano, argentino, peruano. Como si la literatura pudiera organizarse con la misma claridad con que se ordenan los mapas políticos y como si la biografía de un autor bastara para determinar el lugar que ocupará su obra. Sin embargo, las trayectorias literarias contemporáneas son cada vez menos obedientes a esas clasificaciones. Hay escritores que viven entre países, publican en distintos espacios, construyen lectores a ambos lados de una frontera y terminan escribiendo desde una experiencia que ya no puede reducirse al lugar donde nacieron. José Baroja pertenece, de manera particularmente visible, a ese grupo.
Baroja nació en Valdivia, Chile, en 1983, estudió en la Pontificia Universidad Católica de Chile y desde finales de 2018 vive en México. Su trayectoria inicial está vinculada con Chile, pero con el paso de los años México, y especialmente Guadalajara, ha adquirido una presencia cada vez más importante en su escritura. La propia Enciclopedia de la Literatura en México lo presenta como escritor, académico y editor «chilenomexicano», mientras que en su sitio personal todavía aparece como «Escritor chileno – Zapopan, México». La diferencia puede parecer un detalle menor, casi una cuestión de presentación biográfica, pero en realidad contiene una pregunta mucho más profunda: ¿qué determina la pertenencia de un escritor? ¿El lugar donde nació, aquel donde vive, la tradición literaria en la que se formó, las editoriales que publican sus libros, los lectores que los reciben o los territorios que terminan convirtiéndose en materia de su imaginación?
La pregunta resulta especialmente interesante en el caso de Baroja porque México no aparece simplemente como el escenario de una vida posterior a Chile. Poco a poco se convierte en parte de su obra. En 2019 publicó Cuentos de un escritor chileno en México, un título que todavía conserva una frontera bastante definida entre identidad y territorio: existe un escritor chileno que se encuentra en México y que escribe desde esa experiencia. Cuatro años después, en Sueño en Guadalajara y otros cuentos, la relación parece haberse transformado. Guadalajara ya no aparece solamente como el lugar en el que vive un escritor llegado desde Chile, sino como una ciudad incorporada directamente al título de un libro y, por tanto, al centro de su universo narrativo. El cambio puede parecer pequeño, pero permite observar un desplazamiento significativo: México deja progresivamente de ser el territorio de llegada para convertirse en territorio de escritura.
No se trata, sin embargo, de que un escritor abandone una identidad para adoptar otra. La trayectoria de Baroja parece bastante más compleja y, por lo mismo, más interesante. Sus libros anteriores ya habían desarrollado preocupaciones relacionadas con la precariedad, la marginalidad, la violencia cotidiana, la incertidumbre, las relaciones de poder y la vulnerabilidad de personajes que viven en los bordes de determinadas estructuras sociales. La llegada a México no elimina esas preocupaciones ni inaugura una obra completamente distinta; más bien las desplaza hacia otro escenario y permite que sean observadas desde una experiencia nueva. Chile permanece como memoria, formación y horizonte cultural, mientras México se incorpora como presente, experiencia cotidiana y territorio narrativo. En ese sentido, Sueño en Guadalajara y otros cuentos puede entenderse menos como una ruptura que como una ampliación de una obra que ya estaba interesada en los conflictos sociales y humanos que atraviesan la vida contemporánea.
Aquí resulta útil, aunque sea con cautela, la reflexión de Edward Said sobre el desplazamiento y la distancia. Said escribió fundamentalmente desde la experiencia del exilio y sobre las consecuencias culturales y políticas de vivir lejos del lugar de origen. No sería correcto trasladar sin más esa categoría a la experiencia de Baroja, cuya llegada a México no fue consecuencia de una expulsión política ni de una ruptura forzada con Chile. Sin embargo, existe en el pensamiento de Said una idea que puede ayudarnos a leer esta trayectoria: la distancia modifica nuestra relación con aquello que alguna vez consideramos natural. Quien se desplaza comienza a descubrir que las identidades, las fronteras culturales y las pertenencias nacionales son construcciones mucho menos estables de lo que parecen cuando se observan desde dentro. El desplazamiento no elimina necesariamente el vínculo con el lugar de origen; puede, por el contrario, volverlo más consciente y permitir que ese origen sea observado desde una perspectiva diferente.
Eso ayuda a entender por qué la literatura de Baroja no necesita elegir entre Chile y México. No estamos ante un escritor que haya dejado de ser chileno para convertirse en mexicano, sino ante alguien cuya experiencia de movilidad ha hecho que ambas referencias formen parte de una misma trayectoria. La denominación «chilenomexicano» resulta entonces útil porque intenta nombrar una realidad que la categoría nacional simple ya no alcanza a describir, pero también es insuficiente porque parece querer cerrar mediante una etiqueta un proceso que permanece abierto en la obra. La literatura, después de todo, suele ser más compleja que los formularios. Un escritor puede conservar una relación profunda con el país donde nació y, al mismo tiempo, desarrollar una nueva pertenencia en el lugar donde ha decidido vivir y escribir. Las dos cosas pueden ocurrir sin que una tenga que borrar a la otra.
La diferencia entre vivir en un lugar y escribir desde él es fundamental. Cualquier escritor puede situar un cuento en Guadalajara, describir una calle, mencionar un barrio o utilizar la ciudad como escenario. Otra cosa ocurre cuando el territorio comienza a modificar la imaginación narrativa del autor y cuando sus conflictos, sus habitantes, sus desigualdades y sus formas particulares de vida empiezan a formar parte de la estructura misma de los relatos. En Sueño en Guadalajara y otros cuentos, la ciudad adquiere precisamente esa dimensión. No es simplemente un fondo reconocible sobre el que se mueven los personajes, sino un espacio atravesado por tensiones sociales, relaciones de poder, precariedades y contradicciones. Guadalajara entra en la literatura no solamente como geografía, sino como experiencia.
Ese paso resulta relevante porque modifica también la relación entre el escritor y la ciudad. Una ciudad puede ser residencia sin convertirse en literatura; puede ser el lugar donde alguien trabaja, duerme, compra alimentos o atraviesa diariamente el tráfico sin que nada de ello produzca necesariamente una obra. Cuando la ciudad comienza a formar parte de la imaginación de un escritor, en cambio, deja de ser solamente una coordenada biográfica y se transforma en un territorio narrativo. Las calles, los espacios periféricos, los conflictos laborales, las relaciones humanas, las diferencias sociales y las experiencias cotidianas adquieren entonces una segunda vida dentro de la ficción. El escritor no posee la ciudad, por supuesto, ni puede hablar en nombre de ella, pero participa de una práctica mediante la cual una sociedad también construye las imágenes con las que se piensa a sí misma.
En este punto aparece una paradoja interesante: un extranjero puede comenzar a pertenecer profundamente a un lugar sin haber nacido en él. La expresión «extranjero en la literatura jalisciense», utilizada para aproximarse a la relación de Baroja con México, resulta sugerente precisamente porque contiene esa contradicción. Ser extranjero significa, en principio, estar fuera de una comunidad nacional; pertenecer implica formar parte de ella. Pero la literatura posee fronteras distintas de las que organizan los Estados. Un escritor puede haber nacido en otro país y participar de manera significativa en la construcción imaginaria de una ciudad, una región o una sociedad. Puede observar aquello que para otros se ha vuelto cotidiano y convertir esa observación en una forma de conocimiento literario. La mirada del que llega no tiene por qué ser necesariamente más verdadera que la del que siempre estuvo allí, pero sí puede introducir preguntas diferentes.
Algo parecido sucede con la recepción de una obra. Desde Chile, Baroja puede ser leído dentro de una tradición narrativa vinculada con su origen, su formación y las preocupaciones sociales que atraviesan buena parte de su producción. Desde México, en cambio, su obra comienza a adquirir otras resonancias, especialmente cuando Guadalajara y otros espacios mexicanos aparecen como territorios concretos de sus relatos. Ninguna de estas lecturas necesita excluir a la otra. Una obra puede ser simultáneamente parte de una tradición de origen y participar de una nueva escena literaria. De hecho, quizá sea precisamente esa doble inscripción la que permita comprender mejor lo que está ocurriendo con Baroja. No se trata de decidir si es «realmente» chileno o mexicano, sino de observar cómo una trayectoria literaria puede generar pertenencias superpuestas.
Durante mucho tiempo hemos aprendido a organizar la literatura mediante categorías nacionales: literatura chilena, mexicana, argentina, peruana, española. La clasificación tiene una utilidad evidente. Permite construir historias literarias, organizar bibliotecas, diseñar programas universitarios y establecer relaciones entre obras y contextos históricos. El problema aparece cuando esas categorías dejan de funcionar como herramientas y comienzan a funcionar como fronteras. La movilidad contemporánea de muchos escritores obliga a preguntarse si las literaturas nacionales siguen siendo capaces de describir adecuadamente obras que se producen en tránsito. Un escritor puede nacer en un país, formarse en otro, vivir durante décadas en un tercero, publicar en distintas ciudades y construir una obra cuyos personajes y escenarios atraviesan varias culturas. ¿Dónde debería colocarse entonces?
La trayectoria editorial de Baroja vuelve visible ese problema. Sus libros han circulado por Chile, México, Argentina, Perú y España. El lado oscuro de la sombra y otros ladridos apareció en Lima; No fue un catorce de febrero y otros cuentos, en Barcelona; y Sueño en Guadalajara y otros cuentos también fue publicado en España. Pero la circulación editorial, por sí sola, no explica la transformación de una pertenencia literaria. Lo importante es que los libros circulan junto con las lecturas que se hacen de ellos. Un libro publicado en Barcelona puede tener como centro una ciudad mexicana; un escritor nacido en Valdivia puede ser incorporado a una conversación literaria en Jalisco; un autor puede continuar siendo leído desde Chile mientras, al mismo tiempo, comienza a formar parte de la escena cultural mexicana. La pertenencia, en ese contexto, deja de parecer una propiedad fija y se convierte en un proceso construido entre el autor, sus textos, sus lectores y los espacios culturales que los reciben.
Quizá por eso tampoco sea suficiente definir a Baroja simplemente como un «escritor migrante». La expresión describe un desplazamiento biográfico, pero dice poco sobre lo que ese desplazamiento produce en la escritura. Tampoco basta con llamarlo «chilenomexicano», aunque la denominación tenga cada vez más sentido. Lo verdaderamente interesante es el proceso que ha hecho necesaria esa doble pertenencia. Baroja conserva el vínculo con Chile y, al mismo tiempo, construye una relación cada vez más profunda con México. No parece necesitar elegir entre ambos lugares porque su obra puede sostener la memoria del origen mientras incorpora la experiencia del presente. En lugar de resolver la tensión entre dos identidades, la literatura puede hacer algo más productivo: mantenerla abierta.
En ese sentido, la experiencia de Baroja puede inscribirse dentro de una literatura contemporánea que ya no necesariamente se construye desde un solo lugar. Escribir desde más de un territorio no significa tener dos identidades completas y perfectamente delimitadas, sino vivir y escribir desde la distancia que existe entre ellas. Esa distancia puede producir extrañeza, pero también una mirada particular sobre aquello que se deja atrás y sobre aquello que se encuentra al llegar. Said observó que la experiencia del desplazamiento puede alterar la relación con las certezas culturales precisamente porque obliga a mirar desde una posición que no coincide por completo con ninguna de las comunidades en las que se participa. En Baroja, salvando las enormes diferencias históricas y políticas entre ambas experiencias, esa posición intermedia puede servir para comprender la tensión que atraviesa su trayectoria.
¿Dónde termina una literatura y comienza otra? No necesariamente en la frontera política, ni en el pasaporte, ni en el lugar de nacimiento del escritor. Tampoco parece suficiente utilizar como criterio el lugar donde se publica un libro o el escenario en el que transcurre una historia. Tal vez la literatura contemporánea exija pensar en términos menos rígidos: circulación, experiencia, memoria, recepción, territorio. Un escritor puede pertenecer a varias tradiciones sin pertenecer completamente a ninguna, del mismo modo que una obra puede ser leída desde distintos países sin quedar reducida a uno de ellos. La literatura no elimina las fronteras, pero puede hacerlas más porosas y mostrar todo aquello que ocurre en los espacios que quedan entre ellas.
Por eso la pregunta «¿de quién es José Baroja?» no necesita una respuesta definitiva. Su interés está justamente en obligarnos a desconfiar de la necesidad de responderla. Baroja nació en Chile, y su formación y una parte importante de sus raíces literarias están allí. Pero desde hace años vive en México, y México ha dejado de ser solamente el país donde reside para convertirse en una dimensión de su escritura. Guadalajara, sobre todo, ya forma parte de sus libros. Cuando una ciudad entra de esa manera en la obra de un escritor, también comienza a modificar el lugar desde el cual ese escritor puede ser leído.
Quizá la pregunta más interesante, entonces, no sea de quién es José Baroja, sino qué ocurre cuando un escritor deja de caber por completo dentro de la literatura de un solo país. La respuesta no parece estar en escoger una nacionalidad definitiva, sino en reconocer la movilidad como una parte constitutiva de su trayectoria. Baroja no pierde una pertenencia para adquirir otra; construye una relación literaria en la que ambas experiencias se superponen, se contradicen en algunos momentos y se enriquecen en otros. Chile permanece como origen y memoria; México se ha convertido en presente y territorio narrativo. Entre ambos no existe necesariamente una frontera que deba resolverse, sino una distancia desde la cual la literatura puede mirar hacia los dos lados.
Tal vez allí se encuentre el lugar literario de José Baroja: no exactamente en Chile ni exactamente en México, sino en la experiencia de haber atravesado la distancia que los separa y haber convertido ese desplazamiento en materia de escritura. Su caso recuerda que las literaturas nacionales siguen siendo importantes, pero también que ningún mapa puede contener por completo la trayectoria de un escritor. Al final, un autor pertenece menos a un territorio que a las relaciones que su obra consigue establecer con ellos. Y cuando esas relaciones atraviesan una frontera, quizá la pregunta ya no sea dónde colocar al escritor, sino qué nuevas posibilidades de lectura aparecen precisamente porque no podemos colocarlo en un solo sitio.