Por Manuel Peña Muñoz
Estando en España en 1977 vi exhibido en la vitrina de la gran librería Espasa Calpe de la Gran Vía madrileña, un ejemplar del libro Dulces chilenos (Editorial Pomaire, Barcelona) del escritor chileno Guillermo Blanco (1926–2010), a quien conocía por haber leído su novela Gracia y el forastero (1964) y el hermoso cuento «Adiós a Ruibarbo» que siempre me emociona. Sentí gran nostalgia al contemplar aquella portada que representaba una mariposa amarilla clavada con un alfiler en un insectario. Sin duda aquellos «Dulces chilenos» del título me transportaban al Chile de mi infancia y me evocaban los ricos «príncipes», empolvados y alfajores de manjar blanco que habían quedado muy atrás en mi memoria. ¿De qué trataría el libro?
Con los años vi una edición de la editorial Andrés Bello de 1977 de portada anodina, clásica de esta editorial. Tardé varios años antes de leer la novela, gracias a que me la envió el editor de la editorial Tierralavista, Juan José Jordán quien se ha destacado por rescatar novelas olvidadas para publicarlas en la editorial que dirige. Ya había reeditado en el 2020 Juego de sangre (1973) de Hernán Poblete Varas, una novela ambientada en Valparaíso de los años 60 que había quedado olvidada ya que su fecha de aparición en la editorial Pineda Libros no fue la oportuna. Además su título evocaba la crisis política de ese momento, de modo que salió rápidamente de circulación. Por suerte podemos leerla hoy día que ha pasado el tiempo y valorarla lejos del momento político en que apareció.
En esta oportunidad Juan José Jordán rescata Dulces chilenos ambientada en ese barrio pretérito del sector poniente del viejo Santiago con sus casas de murallones de adobe y sus ventanas con barrotes de hierro. En una de esas casonas de la calle Mesías viven tres viudas, Amalia y sus dos hijas: Elena y Marta, más una sirvienta llamada Benicia. Desamparadas de la fortuna y venidas a menos, estas mujeres aferradas a sus recuerdos y a pasadas glorias, se dedican a vender «dulces chilenos» en el salón de la casa convertido en pastelería del barrio. Allí, en ese espacio semi provinciano, se ordenan los frascos de caramelos y las vitrinas con sus dulces recién horneados que las mujeres sacan con sus tenazas y ordenan en bandejas de cartón ribeteadas de papel de encaje. Por ese ámbito misterioso van pasando los distintos clientes, hasta el cura de la cercana parroquia, el padre Eulogio, que se deja caer después de misa para pedir su «pecado»: un príncipe de betún blanco que se come en la misma pastelería y que nunca paga porque se lo obsequian.
El lector asiste a las conversaciones de las mujeres con los respectivos clientes. Hablan del tiempo, de las enfermedades, de la lluvia, del clima. Una cierta tristeza las recubre, la melancolía de un tiempo gris que fluye sin prisa ni esperanzas porque cada una de ellas guarda un secreto, una frustración o una pena. Cuando cierran la pastelería entran a la casona, cierran los postigos y allí se evitan unas con otras porque siempre están en perpetua disputa. Solo encuentran la paz cuando están solas en sus dormitorios rumiando sus errores o sus culpas. Guillermo Blanco registra sus rutinas: «Para el invierno, el brasero, bolsa de goma, leche caliente; para el verano, desayuno con fruta, refajo de seda, abanico; los sábados, el radioteatro de Leonor Pomares; los lunes… Cada época del año, cada día ojalá».
También observa con precisión los giros idiomáticos que emplean. Hay abundancia de diálogos, frases hechas, oraciones a medias. Parece que oímos hablar a esas mujeres mientras hacen labor de ganchillo o preparan el té de la tarde. Los domingos tediosos se encierran a escuchar ópera por la radio. Así evitan mirarse. Las persigue una angustia: la visita de un sobrino que viene a desestabilizarlas. Es la presencia masculina que trae nuevos vientos al caserón pues el muchacho pertenece a la Patria Joven, ese movimiento juvenil revolucionario de los años 60 en tiempos del presidente Frei en el que por primera vez se incorporaban mujeres a marchar a lo largo del país pidiendo cambios políticos y sociales.
Nada quieren saber las mujeres de esas nuevas ideas del Chile revolucionario. Prefieren encerrarse en sus mundos opacos como personajes de una obra de Federico García Lorca, ensimismadas en sus prejuicios e hipocresía, aferradas a un mundo que no quieren cambiar.
La novela es un vívido retrato de una familia chilena de clase media, especialmente de sus mujeres, tal como las describe José Donoso en Coronación (1957). Son ancianas beatas que rezan su rosario en dormitorios de techos altos que se llueven en invierno y que están en perpetuo conflicto con sus sirvientas. Pareciera que entrásemos en puntillas a esas habitaciones en penumbras a escudriñar sus rincones y a abrir los cajones de la cómoda o los baúles con olor a alcanfor donde guardan cartas, álbumes de fotos, jabones, mantillas de encaje y pañuelos finos, tapándose los oídos porque no quieren oír.
El retrato de la vejez femenina es un tópico recurrente en la literatura chilena de esta época. La han descrito los dramaturgos Alejandro Sieveking y Jorge Díaz en sus obras teatrales y posteriormente el narrador Antonio Ostornol, entre muchos otros autores obsesionados por la decadencia de las casas antiguas con sus muebles viejos, sus sillones gastados, sus cortinas desteñidas y sus papeles murales que envejecen junto a sus moradores.
La escritura de Guillermo Blanco imita el habla coloquial. Pareciera que el narrador nos estuviera contando la historia en voz alta. Así escribe: «y se perdía, se perdíiia entre las avenidas de árboles, a la sin rumbo». En otro párrafo leemos: Jcaminan por el Parque Forestal, y alrededor, alláaa, en el mundo, ven un par de niñeras empujando sus coches de paseo».
La novela pone sobre el tapete las continuas luchas generacionales de tiempos pasados pero también hoy día los ideales de los jóvenes chocan con las generaciones antiguas más conservadoras. La continua tensión entre los miembros de una misma familia pesa en esta novela como también los conflictos sin solución en la sociedad chilena. Estas páginas resultan conmovedoras y evocativas. Nos guían a un tiempo pasado donde viven personajes que quizás también conocemos. En suma, un excelente rescate literario y una lúcida aproximación a la sociedad chilena de viejos tiempos que tiene plena vigencia en la actualidad.
Manuel Peña Muñoz es escritor, profesor de castellano e investigador literario. Ha publicado libros de narrativa, entre los que destaca su novela Mágico sur, novela, Premio Gran Angular, Madrid, estudios literarios, cuentos y libros de poesía infantil de tradición oral. Recibió el Premio Pedro de Valdivia 2022 que concede la Asociación de Instituciones Hispánicas por su labor de difusión de la cultura, la lengua y la literatura española.
El libro estará próximamente disponible en Buscalibre y en algunas librerías como librería Imaginaria, café librería Laodisea.



