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Inicio/Colaboraciones/Matías Saá Leal: «”Ahora tengo un gato” nunca nació con la intención de convertirse en una plaquette, ni siquiera de ser publicado»
Colaboraciones

Matías Saá Leal: «”Ahora tengo un gato” nunca nació con la intención de convertirse en una plaquette, ni siquiera de ser publicado»

Francisca Gaete Trautmann
Por Francisca Gaete Trautmann
Agosto 12, 2026 12 Min de lectura
Lecturas: 26

 

Matías Saá Leal está pronto a estrenar su nuevo trabajo Ahora tengo un gato, el que será lanzado por La Raza Cómica. Esta plaquette habla sobre una pareja y un amor que comienza a desintegrarse, una relación descompuesta en la que un gato surge como un puente para mantener la comunicación. Una historia que hace reflexionar sobre la presencia, la ausencia, el cariño y la resiliencia. El lanzamiento de Ahora tengo un gato será el 20 de agosto en @laquiltra.cl

 

Cuéntanos de ti y de cómo fue escribir Ahora tengo un gato

Mi nombre es Matías Saá Leal. Actualmente escribo sobre libros y literatura para distintos medios, principalmente para La Raza Cómica, aunque también he colaborado con Lo Que Leímos, Origami, entre otras revistas online. Además, actualmente estoy escribiendo cuentos de ciencia ficción especulativa para la revista Imagi, de la editorial Imaginistas.

Es algo relativamente nuevo para mí y, cuando digo nuevo, es realmente nuevo: nunca había interactuado demasiado con ese mundo. Sin embargo, me ha resultado muy entretenido imaginar mundos distópicos, explorar otras posibilidades de la realidad y jugar con la corporalidad humana. También descubrí que la ciencia ficción es un espacio desde el cual se pueden abordar cosas que difícilmente podrían trabajarse de la misma manera desde el realismo o la autoficción. Ahí encontré una forma de hablar sobre la violencia social de manera más explícita y visceral, pero también de trabajar con la mutación del cuerpo cuando una persona atraviesa una depresión grave: algo que muchas veces no se ve a simple vista, pero que uno siente en el cuerpo.

También escribo sobre política y para Le Monde diplomatique, sin dejar de lado la literatura. En La Raza Cómica, donde apareció el texto del que estamos hablando, tengo la suerte de escribir sobre cosas que realmente me interesan. Por ejemplo, he podido escribir sobre fútbol desde una perspectiva social, familiar y también desde la entretención. También he tenido la posibilidad de entrevistar a autores contemporáneos que admiro mucho.

Esa es una de las cosas que más me gustan de la literatura y del periodismo: hacerle preguntas a escritores que están atravesando o escribiendo sobre cosas que, de alguna manera, yo también he podido sentir. Y muchas veces, al preguntarles, he encontrado respuestas que por mi cuenta no había podido encontrar. Así ocurrió, por ejemplo, cuando conversé con Joaquín Escobar, Jesús Raccoursier y Álvaro Blay sobre las contradicciones de ser hinchas de Universidad Católica, un club históricamente ligado a la burguesía, siendo nosotros de clase trabajadora y de izquierda. También cuando conversé sobre el duelo con Consu Ferrer y Sofi Troncoso, o sobre la contradicción de estudiar Literatura y no haber escrito un poema o un cuento durante los ocho semestres de la carrera. O cuando hablé sobre la soledad con Rodrigo Fernández.

Ese sería, por decirlo de alguna manera, mi lado de escritor y divulgador.

Como lector, en cambio, hice el camino largo. Empecé con los griegos y los clásicos, pasé por Kafka y Dostoievski, la filosofía existencial, los poetas malditos y muchas otras lecturas, hasta llegar a la literatura chilena y latinoamericana contemporánea en la universidad. Ahí he encontrado textos que me han marcado profundamente, como Correr solo, Soy Harold y Por qué son tan lindos los caballos.

Mi novela favorita sigue siendo Formas de volver a casa, porque es un libro que se hace muchas preguntas sobre la memoria, la familia, la identidad y, en el fondo, sobre quién tiene derecho a contar una historia. Esa es también una de las preguntas que intento explorar en Ahora tengo un gato: ¿quién tiene el derecho de contar una historia?

Escribir Ahora tengo un gato tiene un significado especial dentro de todos los textos que he escrito. Fue el cierre de una relación que, a pesar de su duración, fue muy importante para mí. Escribir el texto fue, de cierta manera, una despedida que no pude verbalizar.

A partir de ahí también nacieron nuevas obsesiones literarias. Una de ellas apareció cuando leí El amigo, de Sigrid Nunez. Quizás, sin ese libro, Ahora tengo un gato no habría existido. La novela trata sobre la muerte del mejor amigo y antiguo profesor de la protagonista, quien debe hacerse cargo de su enorme gran danés. Es un libro hermoso sobre la escritura, el duelo, la amistad y el amor hacia un animal.

No me atrevería a decir que escribir fue terapéutico. Lo que realmente me ayudó a salir de la depresión fueron los medicamentos, la terapia, mis amigos, mi familia y mi gato. La escritura hizo otra cosa: me ayudó a darle un orden a lo que sentía y, a partir de ese orden, a entenderlo un poco mejor.

En este fanzine-cuento hablas de Pandita, el gato que el protagonista se encariña, ¿cómo fue relacionar eso con su diario vivir?

Pandita es un gato hermoso que me hizo darme cuenta de muchas cosas. Es un gato ansioso y, por eso, aparece con la dona alrededor del cuello: se rasca cada vez que queda solo. El narrador empieza a reconocer en él algo que hasta ese momento no podía reconocer dentro de sí mismo. Los dos son ansiosos, los dos tienen problemas con la dependencia y los dos experimentan, de alguna manera, el miedo al abandono.

Por eso aparece también la confusión cuando la amiga del narrador le advierte que tenga cuidado con el encierro, con pasar demasiado tiempo en la habitación y con la ansiedad. Él cree que ella está hablando de Pandita, pero en realidad está hablando de él. Hay entre ambos muchas más similitudes de las que el narrador es capaz de reconocer inicialmente.

Al mismo tiempo, el narrador ve en Pandita una extensión de la mujer que ama. Esto ocurre por una razón bastante evidente: Pandita no es realmente suyo. Es el gato de ella y, por lo tanto, tiene una especie de fecha de caducidad en su vida, aunque el narrador no sepa cuándo llegará ese momento. Sabe que, tarde o temprano, tendrá que devolverlo.

Por eso Pandita también se convierte en una proyección del cuidado y del autocuidado. Al cuidar al gato, el narrador encuentra una forma de cuidar algo que está fuera de él, pero también de enfrentarse a aquello que no ha sabido cuidar dentro de sí mismo.

Pandita representa mucho más que una mascota. Es la forma que tiene el narrador de mantener a L. cerca, de conservar un vínculo y una comunicación que probablemente ya se habían agotado. Mientras Pandita está con él, todavía existe una excusa para hablarle, para preguntarle cosas, para compartir pequeños acontecimientos cotidianos. El gato funciona, entonces, como un puente entre dos personas que ya no saben muy bien cómo comunicarse.

Y quizás ahí está una de las cosas más importantes de este texto: Pandita refresca ese cotidiano con ella, pero también prolonga una relación que el narrador todavía no está preparado para dejar ir. Pandita termina ocupando un lugar intermedio entre la presencia y la ausencia: pertenece a ella, pero está con él; es una compañía concreta, pero también el recordatorio permanente de alguien que ya no está del todo

 

¿Por qué tocas temas como la depresión, escribir, la ausencia en Ahora tengo un gato?

Esos temas aparecen porque eran, precisamente, los temas que yo estaba viviendo en ese momento. Ahora tengo un gato nunca nació con la intención de convertirse en una plaquette, ni siquiera de ser publicado. Surgió como una sucesión de textos que iba escribiendo en mi diario, que en ese momento llamaba «diario de duelo». Con el tiempo, empecé a darme cuenta de que esos textos, que originalmente parecían fragmentos aislados, estaban construyendo una misma historia y que entre ellos existía un hilo que los conectaba.

El narrador atraviesa una depresión que no se explica únicamente por el duelo amoroso. También tiene que ver con algo más amplio: lo que significa hacerse adulto. Está la obligación de llegar siempre puntual al trabajo, cumplir horarios, pagar cuentas, sostener una rutina y enfrentarse a problemas que muchas veces no aprendimos a trabajar durante la infancia. También está el miedo a dejar ir, que termina atravesando prácticamente todas las relaciones del narrador.

Hay una imagen de Aicha Messina que me resonó mucho y que, de alguna manera, resume una de las cosas que me interesaba explorar en el texto. Ella plantea que cuando un perro juega con una pelota, no intenta apoderarse de ella: la devuelve constantemente. La pelota vuelve y vuelve, y quizás en eso consiste la alegría, no en poseer aquello que queremos, sino en poder devolverlo.

Al narrador le cuesta muchísimo entender eso. Le cuesta devolver la pelota. Quiere quedarse con las personas, con los recuerdos, con los objetos y con los vínculos, como si conservarlos fuera la única manera de impedir que desaparezcan. Y creo que buena parte de su sufrimiento viene justamente de ahí: de no saber todavía cómo dejar ir sin sentir que está perdiendo todo.

Por eso el duelo amoroso es solo una parte de la historia. El texto también habla de aprender a soltar, de la dificultad de crecer, de la ansiedad, de la soledad y de esa sensación bastante extraña de convertirse en adulto sin haber aprendido necesariamente cómo hacerlo. El narrador está intentando entender todo eso al mismo tiempo, y Pandita aparece en medio de ese proceso como una compañía, pero también como alguien que, sin saberlo, le enseña algo sobre el cuidado, la dependencia y la necesidad de dejar ir.

 

¿Cómo ves reflejado el amor entre amor de: pareja, familia, amistad y mascota?

Son tipos de amor muy diferentes, y eso es justamente lo que me gusta. Ahora que tengo un gato, literalmente, me doy cuenta de la necesidad que tenemos los seres humanos de tener al menos un animal en casa. Cuando voy a la casa de alguien que no tiene un perro, un gato o algún animal al que cuidar, pienso que es una casa a la que le falta algo; que, por decirlo de alguna manera, está vacía.

Me cuesta imaginar cómo sería mi vida ahora sin mi gato. Vivir sin un gato es un poco como vivir sin música: me costaría explicar exactamente qué es lo que falta, pero sé que faltaría algo. Despertar sin un ronroneo, sin esa pequeña responsabilidad de alimentar a alguien y saber que hay otro ser dependiendo de ti es algo que, lejos de pesarme, me llena y me hace feliz.

El amor romántico, en cambio, es mucho más complicado. Está lleno de complejidades lingüísticas. A veces pienso que, si llegáramos a entender completamente lo que un gato nos quiere decir, probablemente esa relación estaría acabada, jaja. Y eso es algo que muchas veces nos pasa con nuestras parejas: empezamos a interpretar cada palabra, cada silencio, cada gesto. Una sola palabra dicha al pasar puede herirnos. Hay una canción de Los Planetas que dice que «las palabras solo pueden hacer daño», y creo que resume bastante bien esa diferencia.

Con respecto a mi familia, no tengo demasiado que decir, en el sentido de que me apoyaron para estudiar Literatura y eso ya es mucho. También estuvieron preocupados por mí durante todo el período en que atravesé la depresión. A veces incluso pienso, medio en broma, que habría sido más fácil tener malos padres: así tendría a quién culpar por mis fracasos, jaja.

Ahí pienso en esa idea de Žižek sobre la responsabilidad. Él plantea, de manera bastante provocadora, que llegó a una conclusión disparatada al pensar que la gente en Checoslovaquia durante los años setenta y ochenta podía haber sido más feliz porque no existía demasiada democracia y, por lo tanto, tampoco existía el mismo nivel de responsabilidad individual. Cuando existe la posibilidad de elegir, también aparece la carga de hacerse responsable de lo que uno hace. Es mucho más fácil culpar a los comunistas de todo.

Y quizás ahí aparece una contradicción que también me interesa: cuando uno se concentra demasiado en ser feliz, probablemente termina perdiéndose. Como dice Žižek, la felicidad llega como un derivado de haber trabajado por una causa. Tal vez algo parecido ocurre con el amor, con la escritura y con la vida en general: cuando dejamos de intentar poseer aquello que queremos y empezamos a cuidar algo más allá de nosotros mismos, aparece una felicidad que no estábamos buscando.

 

¿Qué simboliza Pandita y Simón para el protagonista?

Pandita, en primera instancia, representa el último puente de amor que queda entre el narrador y L. Es aquello que todavía los mantiene unidos cuando la relación ya prácticamente ha terminado. Pero, a medida que avanza la historia, Pandita comienza a desprenderse de esa función simbólica y se convierte en un ser autónomo, con personalidad, carácter y sus propios traumas.

En ese sentido, Pandita se parece mucho a Apollo, el perro de El amigo, de Sigrid Nunez. Hay un momento en que ella dice que, a pesar de todo lo que Apollo ha sufrido, nunca ha insultado ni atacado a otro perro y que, pese a todo, ha seguido siendo amable. «Ha conservado su… humanidad», escribe Nunez. Me gusta mucho esa palabra porque, aunque estemos hablando de un animal, lo que está describiendo es precisamente aquello que muchas veces nosotros mismos perdemos cuando sufrimos.

Creo que eso es lo que termina representando Pandita: enseñarnos a ser tiernos a pesar de todo. A pesar del abandono, de la ansiedad, del miedo y de las experiencias que nos han hecho daño, todavía existe la posibilidad de no convertirnos en seres crueles. Pandita no supera sus traumas volviéndose más duro, sino conservando su capacidad de querer.

Simón, en cambio, representa otra cosa: la curiosidad, el juego y la posibilidad de comenzar nuevamente. Su llegada marca para el narrador el cierre definitivo de un ciclo. Hasta ese momento había estado viviendo con un gato prestado, un gato que pertenecía a otra persona y que, por lo mismo, también estaba ligado a una historia que ya estaba terminando. Con Simón aparece, por primera vez, un gato que es realmente suyo.

Por eso su llegada funciona como un nuevo comienzo. Si Pandita representa el vínculo con aquello que el narrador todavía no logra dejar ir, Simón representa aquello que comienza cuando finalmente puede abrirse a algo nuevo. Uno pertenece al pasado; el otro aparece como posibilidad de futuro.

Y quizás por eso los dos gatos son tan importantes para el narrador. Pandita le enseña a cuidar sin poseer y a conservar la ternura después del dolor. Simón, en cambio, le enseña que después de cerrar un ciclo todavía queda espacio para la curiosidad, el juego y una nueva forma de querer.

 

¿Qué quisiste decir con tu fanzine-cuento, ¿cuál es el mensaje que propones?

Nunca escribí con la intención de entregar un mensaje. En ese sentido, creo que fue una escritura bastante egoísta: escribí para mí y también pensando en la persona que amé. Incluso intenté cuidar y respetar su petición de no ser escrita. Pero el narrador termina llegando a la conclusión de que eso es imposible. Es como la metáfora que ocupa Eme en Formas de volver a casa: el narrador roba un banco y solo deja algunos billetes. Aunque intente devolver algo, ya tomó algo que no le pertenecía.

Creo que el mensaje, si apareció alguno, fue posterior a la escritura. Tiene que ver con entender que gran parte de la vida está hecha de pérdidas: perdemos parejas, mascotas, amistades, lugares, versiones de nosotros mismos. En cierto sentido, de eso también trata la mortalidad. De esa tensión profundamente humana que existe entre el duelo y las distintas formas en que se nos rompe el corazón.

 

¿Dónde podemos encontrar Ahora tengo un gato y, ¿cómo fue trabajar con La Raza Cómica?

Trabajar con La Raza Cómica y con La Quiltra Librería ha sido y sigue siendo increíble. Ambos espacios me han dado la libertad de ser lo que quiero como escritor y de recibir un «sí» a propuestas que probablemente no encontrarían el mismo espacio en otros lugares. Para mí, eso tiene un valor enorme.

Consuelo Ferrer, editora de La Raza Cómica, fue especialmente importante durante la escritura de este texto. Me compartió un PDF lleno de textos sobre el duelo que he ido leyendo de a poco y que me han ayudado muchísimo a pensar y entender lo que estaba escribiendo. También sus conversaciones y consejos fueron fundamentales para que pudiera terminar el texto.

Con La Quiltra ocurrió algo parecido. Antonia fue quien me propuso hacer esta plaquette, y gracias a ese gesto un conjunto de textos que originalmente nunca pensé publicar terminó convirtiéndose en una plaquette. Es una librería preciosa, además de tener una dimensión comunitaria que me parece muy valiosa: parte importante de su catálogo de libros usados se destina a la Fundación Huellas Unidas.

Y es justamente ahí donde pueden encontrar Ahora tengo un gato.

 

 

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La Raza Cómica
Francisca Gaete Trautmann
Por autor

Francisca Gaete Trautmann

(Santiago, 1985) Periodista de la Universidad Gabriela Mistral. Ha trabajado para revistas, televisión y medios online. Ha seguido cursos de escritura creativa. Le encanta escribir, escuchar música. Vive en Santiago.

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