Por Francisco Ortega
Hay libros que se anuncian en voz baja. Libros que no llegan envueltos en declaraciones rimbombantes sobre «renovar la literatura chilena», ni se presentan como piezas narrativas diseñadas para alterar el canon. Y entre esas obras discretas, aparece una que funciona como un espejo inesperado: uno que nos obliga a mirar lo que usualmente evitamos. La voz de Blatt, de Claudio Tapia Ramírez, es uno de esos libros.
Como también lo fue Matapacos, su anterior obra… y presiento lo será la tercera que viene en camino.
Es natural, lo confieso, que al abrir una novela en la que una cucaracha «habla», la sombra de Kafka se asome de inmediato. Gregor Samsa es un eco inevitable. Pero pronto, muy pronto, descubrimos que La voz de Blatt no es una reescritura de La metamorfosis. No es un homenaje, ni su reverso, ni su «actualización». Lo que tenemos entre manos es algo más incómodo y también más urgente: una metamorfosis invertida, una anti-metamorfosis donde el cuerpo del monstruo no cambia… porque no lo necesita.
El libro abre con una escena íntima, casi doméstica en su banalidad: José Tomás se despierta con caña, sudoroso, en medio de un departamento silencioso. Va a la cocina en busca de agua y, entre el letargo y el mareo, escucha una voz que dice: «Parece que me vio». Ese momento —mínimo, cómico, absurdo— funciona como detonante de todo lo que vendrá. No es una epifanía, no es un anuncio sobrenatural: es una cucaracha comentando la situación con la naturalidad de quien lleva años observando a los humanos desde la periferia.
Si Kafka nos mostró a un hombre que se vuelve insecto para revelar la monstruosidad del mundo, Tapia Ramírez nos muestra un insecto que habla para revelar la monstruosidad del presente. Y eso cambia todo.
Porque Blatt —esta cucaracha educada por la casualidad— no es un símbolo del absurdo. Es una voz razonadora, ética, comunitaria. Una criatura que ha aprendido más de los humanos de lo que los humanos han aprendido de sí mismos. Cuando finalmente se muestra, el texto no lo describe como un cuerpo repugnante, sino como un sujeto que observa, narra y piensa. La repugnancia, por llamarlo de algún modo, no está en él. La repugnancia vendrá después, de otro lado.
Ese otro lado es José Tomás. Y aquí es donde la novela deja de ser cómica para volverse una radiografía del yo en el aquí y el ahora, sin ser una novela del yo. Por eso La voz de Blatt no es una nueva Metamorfosis: en Kafka, el monstruo se vuelve visible al transformarse. Aquí, el monstruo se vuelve visible precisamente porque no cambia, porque no ve, porque no escucha.
Y lo más lúcido de la novela de Tapia Ramírez es que quien sí escucha es Blatt. Blatt oye, procesa, compara, recuerda. Blatt comprende —y eso lo vuelve más humano que el humano.
Hay una escena particularmente poderosa, hacia la página 51, cuando José Tomás invita a Blatt a almorzar sushi y decide abrir su corazón. En un largo monólogo/diálogo lleno de risas, golpes de ego y una lógica torcida: confiesa cómo acosó a una chica, cómo manipuló a un exconvicto para destruirle la vida, cómo controla a su pareja bajo la excusa de «mentalidad ganadora». Mientras él mastica con la boca abierta, Blatt escucha, evalúa, mide. Y finalmente, en una valentía trágica, se atreve a decirle: «Lo siento, pero no te encuentro razón en lo absoluto». Blatt es acá el reverso de Pepe, el grillo de Pinocho. Pero donde este es la voz de la conciencia del muñeco y su ángel de la guarda, Blatt es todo lo contrario, es un puñetazo con patitas y caparazón.
Ese es el verdadero quiebre del libro. No cuando aparecen más cucarachas, no cuando lo fantástico irrumpe como un desastre hacia el final: la cucaracha que dice «no»; el humano que, al escucharlo, decide destruir. Es el privilegio asustado, la humanidad herida, la masculinidad frágil en la más espantosa de las metáforas. El ansia por acabar con lo diferente, el diferente. Cualquier semejanza con nuestro aquí y ahora es… es cualquier cosa menos casualidad, algo que un autor como Claudio Tapia Ramírez tiene más que claro. Y no solo por esta novela.
Hay en la novela, además, una ternura devastadora. Una que Kafka nunca le concedió a Gregor. Aquí el insecto piensa en sus iguales, los recuerda, los llora. La humanidad que se pierde renace en un insecto, pero no a lo Kafka, sino a la inversa.
Entonces, ¿es La voz de Blatt una metamorfosis? No. Y sí. Pero no de las que esperamos. No es la metamorfosis de un cuerpo. Es la metamorfosis del lector.
Es la metamorfosis de una tradición que ya no se limita a preguntarse qué nos hace humanos, sino qué nos deshumaniza.
Tapia Ramírez escribe una anti-metamorfosis, una metamorfosis en negativo, donde el insecto funciona como espejo invertido del presente: un presente donde el abuso se disfraza de normalidad; donde el privilegio habla más fuerte que la conciencia; donde el más débil es el que piensa, el que duda, el que recuerda; donde el más fuerte es el más pequeño moralmente.
Es esa inversión lo que vuelve la novela urgente, como dicen los críticos. Es ese eco kafkiano desplazado lo que la vuelve literaria.
Y es esa voz —la voz mínima de Blatt, escondida tras un mueble cochino de un departamento en Las Condes— la que nos recuerda que la literatura existe para decir lo indecible.
Subrayo. No estamos ante «una nueva metamorfosis». Estamos ante algo más provocador: Una metamorfosis del espejo. Kafka nos pedía mirar al monstruo para entender al humano. Tapia Ramírez nos pide mirar al humano para entender al monstruo. Vernos al espejo y no gustar de lo que vemos.
(Texto de presentación de la novela La voz de Blatt, de Claudio Tapia. Biblioteca Municipal de Providencia, diciembre 2025).





