La figura de Pedro Lemebel se empezó a masificar el 2019. Unos meses antes del estallido social, se convirtió en un fenómeno que se agigantó en lugares que iban más allá de lo literario. Poleras, documentales, imanes para el refrigerador, pañoletas, cuadernos y tazones decoraban las tiendas de una comunidad que veía en su prosa una forma de resistencia. El escupo que le tira a Luciano Cruz-Coke y las performances contra la dictadura se viralizaron con prisa y sin pausa. Lemebel dejó de ser un autor de nicho para transformarse en un referente tardío de la izquierda cultural del siglo XXI.
Este reconocimiento permite que Lemebel pase de la periferia al centro. Hay un desplazamiento de lo under a lo mainstream que genera cientos de preguntas y reacciones. ¿Moda y banalización o apertura a nuevos lectores? ¿Cuánto de pintamonismo puede haber tras el ensalzamiento de su figura? ¿Cosificación de su rebeldía o la posibilidad de llegar a lugares no literarios? ¿El nicho como crítica al poder o lo masivo para poner en jaque al capitalismo tardío?
En la mitad de este vendaval de cuestionamientos la editorial Planeta reeditó toda su obra. Portadas preciosas y coloridas (una deformación de las producciones originales) y prólogos de autores reconocidos (Cynthia Rimsky yMaría Fernanda Ampuero) están tomándose los escaparates de todo el país.
En la relectura de su obra, mi crónica favorita sigue siendo «Las orquídeas negras de Mariana Callejas (o El Centro Cultural de la DINA)» y mi libro favorito Tengo miedo torero. La prosa de Lemebel está muy lejos de envejecer.




